Godivaciones

La economía a hombros de gigantes

Una de las reclamaciones más habituales de nuestro siglo XXI es el de la desigualdad económica. Queremos saber qué la genera y acabar con las fuentes de desigualdad. En este deseo se proyecta la empatía de cada cual con quienes no han tenido la suerte de nacer en un país privilegiado como España. Pero da la sensación de que la lucha no es fructífera, o no tanto como podría ser. Y, escuchando a unos y otros parece que empujar, empujamos, pero no hacia el sitio correcto.

Por la misma razón que el médico no goza con la enfermedad de los demás pensando en que tiene el trabajo asegurado, tampoco hay malvados ricos que se ríen de los más miserables de la Tierra

¿Quién se alegra de que haya pobres?

Por la misma razón que el médico no goza con la enfermedad de los demás pensando en que tiene el trabajo asegurado, tampoco hay malvados ricos que se ríen de los más miserables de la Tierra mientras, desde sus mansiones, trocean con cubiertos de oro todo tipo de manjares. Hay ricos que hacen mucho bien y pobres que hacen mucho mal. Por supuesto que hay gente menos empática que siente simplemente indiferencia frente al dolor, la pobreza o la injusticia. Pero la falta de empatía, de solidaridad, de caridad (una palabra estigmatizada injustamente), de generosidad se dan entre personas de diferentes procedencia. Cuántas veces no habremos oído decir a una persona que habiendo salido de lo más bajo ha alcanzado una modesta cuota de bienestar al observar a sus prójimos cercanos pasarlo mal: “Que se fastidie que a mí también me ha costado mucho llegar donde estoy”,.

Quienes creen que el individualismo consiste en esa actitud se equivoca. Y quienes acusan al liberalismo y, por ende, al capitalismo basado en él, de fomentar esa actitud, miente. Porque no hay una actitud menos solidaria que enseñar a la gente que lo bueno es vivir a costa del resto. No hay nada que perjudique más a la gente sin recursos que conceder privilegios. Y una concesión a dedo a una empresa, o a un sindicato, o a una persona, son maneras de exacerbar la pobreza ajena dentro y fuera de mi país, y están muy alejadas de la solución de libre mercado.

El final de la desigualdad

Cuando uno estudia los fundamentos del intercambio desde el punto de vista de la teoría económica entiende perfectamente que tenemos diferentes deseos y necesidades y que esa es la base del intercambio. La igualdad en este aspecto implicaría que no podríamos intercambiar si a todos nos hace falta lo mismo, de la misma manera y con la misma intensidad.

Ya contaba David Hume que para que un país se enriquezca con el comercio es mejor que sus vecinos sean ricos que no países pobres sin capacidad de compra

También es cierto que, porque hay personas con más riqueza que yo, pueden pagarme una renta por mi trabajo, pueden comprar mis bienes y puedo mejorar mi condición de vida y la de mis hijos. Ya contaba David Hume que para que un país se enriquezca con el comercio es mejor que sus vecinos sean ricos que no países pobres sin capacidad de compra. Los países rodeados de vecinos ricos (de gigantes) tienen mucho más fácil el mejorar su situación que si estuvieran en medio de una región deprimida y sin posibilidades.

No obstante, se da en el mundo un grado de desigualdad que espanta. Mientras unos tiran la comida, otros mueren de hambre; mientras unos tienen varias residencias y pueden pagar varias carreras a sus hijos, que nunca aprenden lo que vale un euro, otros no pueden planificar más que de hoy a mañana, porque es lo que da de sí sus ingresos. Yo soy liberal, o incluso ultra liberal, liberal radical, si prefiere, y me repugna que pasen esas cosas. Y no por eso soy menos individualista. Yo también quiero acabar con la desigualdad, con la pobreza y quiero que la sociedad sea meritocrática. ¿Cómo lo logramos? Ahí es donde aparecen los problemas.

Donde no hay o no funcionan esas instituciones, entre las que destacaría las judiciales, se genera un agujero negro por donde se cuela la riqueza

Cortar por arriba o por abajo

La cuestión es por dónde atajamos el problema. Podemos empobrecer a los ricos o enriquecer a los pobres. En la primera opción, usted, bienintencionado y buena persona, quiere quitarle riqueza a los más favorecidos y redistribuirla a los menos favorecidos. En teoría está muy bien, excepto porque lo que está eliminando no es la fuente de la pobreza, sino de la riqueza. En el segundo caso, se trata de encontrar el modo de que quienes no tienen tanto como yo, puedan tenerlo, o que me superen. Eso no me va a hacer más pobre a mí. Probablemente, yo también me beneficie de su progreso. ¿Cómo se consigue? Lentamente. No es un proceso fácil porque se trata de la consolidación de instituciones que enmarquen la libertad individual. A saber: el libre mercado, el cumplimiento de los contratos y la defensa de la propiedad individual. Donde no hay o no funcionan esas instituciones, entre las que destacaría las judiciales, se genera un agujero negro por donde se cuela la riqueza, y además se cristaliza una mentalidad en la sociedad que saca partido del engaño y de la corrupción.

El mejor o peor funcionamiento de este marco tiene mucho que ver con que la economía sea próspera, o que sea un desastre y se llegue a un Estado fallido. Recordemos que los populismos, las tiranías, las dictaduras son más propias de economías pobres que ricas. ¿No es más lógico acabar con la pobreza que con la riqueza?


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