Godivaciones

La disidencia creativa

Este fin de semana he participado en el Free Market Road Show que organizan el Austrian Center y el Liberty Fund junto con organizaciones locales, en Madrid el Instituto Juan de Mariana y en Barcelona el Instituto Mises. En una de las conversaciones entre conferencia y conferencia, más entre amigos que otra cosa, uno de los participantes, un cruzado de la libertad que ha participado en la vida política de su país, me preguntaba por qué no entrar en política. Yo le explicaba que, en las presentes circunstancias, me resulta imposible porque no hay candidatura independiente en Madrid y no pienso participar en un sistema como el actual; le contaba que la política en la que participo es la de la divulgación, a partir de esta columna, de mi actividad en el Instituto Juan de Mariana y que poco más puedo hacer. Otra de las participantes me decía que tal vez yo no doy el perfil político: no soy nada diplomática, más bien al revés, y no tengo esa habilidad que es tan necesaria en la vida política que consiste en compadrear o en dar una de cal y una de arena, yo soy mucho más torpe. Pero ella insistía en que se puede emprender la lucha política de manera indirecta.

Buscar la influencia social no el poder

Mi amiga Shari, que dirige un programa de liderazgo, me explicaba que no se trata de olfatear el poder para pegarse a él y tratar de vender tus medidas políticas en el mercadillo de los grupos de interés. Eso es lo que a mí me repugna porque acabas cediendo tus principios a costa del dinero de los demás. Por eso, cobijándome bajo las alas de su enorme paciencia y generosidad, me contó que se trata de identificar quiénes son los influyentes sociales, no los poderosos. En cada comunidad, barrio, grupo, hay líderes naturales que marcan al resto con su ejemplo y de esa forma crean opinión. Esos son los interlocutores a los que debo dirigirme y explicarles mi punto de vista.

Yo pensaba en mi entorno y en mi sociedad española y me preguntaba quiénes son los influencers, como ella los llamaba. Dónde están esas personas relevantes con cuyo ejemplo se nutre la moral social. No están en los programas de gritos y cotilleo, ni en los debates políticos, ni en las noticias de los telediarios, ni encaramados al escaparate de la política. Lo digo con todo mi respeto, conozco políticos honrados, showmen honestos y gente que grita en la televisión pero no son inmorales, sin embargo, en general, esas no son las incubadoras del ejemplo moral. Donde sí creo que están esos interlocutores influyentes es en la sombra del anonimato, del trabajo callado, por su familia, por su futuro, de muchos españoles. Y pensando en José, Bárbara y Shari, me apena darme cuenta de que son los mismos que pagan impuestos por un mal servicio público, son los que ahorran y dejan de gastar, a diferencia de nuestros dirigentes, los que dejan sus niños a los abuelos para trabajar y pagar los rescates bancarios, los agujeros que han dejado aquellos políticos de entonces, los intereses de la deuda que siguen vendiendo estos otros políticos. Mis supuestos interlocutores están cansados, tan frustrados como yo y es muy probable que no me presten el más mínimo interés. ¿Cómo recuperar el entusiasmo? ¿Cómo volver a creer que se puede?

Golpe a golpe, verso a verso

Shari me preguntó cuál es la reforma esencial más importante que creo que debe emprenderse para sanear el sistema. Se me ocurren la despolitización de la justicia, la rendición de cuentas de los políticos, la reforma del sistema electoral... son ejemplos de reformas esenciales desde mi punto de vista. Y Shari insistía en una que sea posible cambiando una ley, que represente un objetivo concreto, querido por la gente y contra algo injusto; algo libre de color político. La reforma del sistema electoral, la ley de partidos, la ley de la función pública (de manera que el funcionario sea contratado, como todos).

Si se cambia el sistema electoral, los partidos políticos pequeños no se verán perjudicados, habrá más diversidad y más donde elegir. Si se cambia la ley de partidos (y de sindicatos y fundaciones) y dejan de ser subvencionados por todos, quedaría claro el grado real de compromiso político, sindical y social de la sociedad. Y nos ahorraríamos un dinero que no nos sobra. Si conseguimos que los funcionarios tengan un contrato no vitalicio, no tan a largo plazo, aumentaría su eficacia, disminuiría el absentismo, los mejores competirían de manera más clara por los puestos, se renovarían las plantillas. Y con eso no digo que los funcionarios sean malos, digo que se evitarían situaciones indeseadas por parte de unos trabajadores que cobran del dinero que pagamos todos, también aquellas personas que no pueden darle a sus hijos una vida mejor porque pagan unos impuestos muy altos.

¿Se lograría desde la sociedad civil alguno de estos objetivos? ¿Alguien estaría dispuesto a estampar su firma por ello? ¿O es más moderno firmar una petición en Change.org para denunciar cuestiones populistas, o no populistas pero demasiado locales? ¿Van a meterse en el barro los partidos políticos de nueva creación y se van a unir para conseguir el cambio de una ley, una sola al menos? ¿O van a temer por su supervivencia política y van a preferir ir a lo suyo no vaya a ser que alguien les confunda?


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