Godivaciones

El día de mañana que queremos

El primer día de mañana dejará de ser otro día de la marmota más. No volveremos a mirar el dato de la prima de riesgo porque no estaremos en el mercado financiero. No nos dará crédito nadie porque tendremos una prima de riesgo entre 8 y 9. No habrá liquidez, por tanto. ¿Cómo lo sé? Miren lo qué sucede en Portugal o en Grecia. Los sindicatos, habrán perdido credibilidad: después de incendiar las calles y las expectativas de los menos favorecidos y de los más incautos, se agotarán, secos de financiación. Se les acabó eso del dinero público. En realidad, se les habrá acabado a todos los vampiros políticos.

El paro habrá aumentado en la medida que la actividad económica se habrá ido transformando en un recuerdo del pasado. Lo que va a quedar será un sistema productivo raquítico y un sector turístico muy deteriorado. ¿En qué me baso para suponer un futuro tan negro? En que la caída del PIB en Irlanda, el ejemplo más interesante (dicen algunos) llegó a ser del 7% cuando fue intervenida.

Porque este día de mañana, el de la intervención, es el que desean muchos de diferentes bandos. Unos, los que creen que si nos intervienen se tomarán las medidas necesarias y saldremos adelante. Los otros piensan que es una falta de dignidad pagar las deudas contraídas en la "fiesta" y que si nos negamos (al estilo argentino), se fastidian Alemania, Francia y el BCE, que son los principales tenedores de deuda soberana española. ¡Como si eso quisiera decir que ya nunca más vamos a devolverla!

Pero hay que recordar que, como no se cansa de repetir Daniel Lacalle, "la troika, el BCE y el FMI no rescatan, no regalan, solamente prestan" a cambio de un severo empobrecimiento de la nación "rescatada". Esos organismos no van a pararse a mirar las particularidades de España, de sus regiones, de su población. Van a trazar una hoja de ruta tan fríamente como se trazan las fronteras de los países tras una guerra: con escuadra y cartabón.

Otro mañana ¿es posible?

El otro día de mañana no será tampoco un día de la marmota más. No seremos más ricos. No tendremos un sistema productivo renovado y espléndido. Habrán cerrado más empresas. Habrá muchos funcionarios en paro. No seremos un país líder en subvenciones. Los impuestos serán muy altos. El gasto público estará congelado. Muchos jóvenes habrán emigrado. Pero probablemente seguiremos teniendo financiación y a una prima de riesgo algo menor que la actual. Quienes conserven el trabajo ya se habrán enterado de que esto no va a ser fácil, ni gratis, ni indoloro. Pero estarán dispuestos a apretar los dientes y seguir trabajando por un salario más reducido que el actual. Los partidos políticos habrán perdido contenido ideológico y habrán aprendido a dejar las patadas en la espinilla para el patio del colegio, para cuando el país salga de la UVI y del hospital. El sufrimiento será enorme, sí, pero no habremos perdido la credibilidad hasta el punto de que nadie nos fíe. Al menos, tendremos acceso al mercado financiero y habremos demostrado que tenemos los arrestos como para cumplir con los compromisos de deuda. Nos hemos pegado una fiesta de miedo pero asumimos con cierta dignidad los terribles efectos de la resaca: no ponemos perdida la casa de nadie, aguantamos y nos derrumbamos en casa.

Ese sería el caso del rescate interno, la propuesta de Daniel Lacalle. Ciertamente, este día de mañana implica demasiadas cosas. Capacidad de reflexión por parte de una sociedad que se echa a la calle porque han recortado el sueldo a los funcionarios. Coraje político por parte de un Gobierno que no es capaz de coger el toro de las autonomías por los cuernos. Ni siquiera acaba con las subvenciones a partidos políticos, sindicatos, patronal y fundaciones del tirón.

Voluntad política por parte del principal partido de la oposición que, mientras padece severas luchas internas, disimula en el Congreso de los Diputados afeando la conducta del Gobierno, y jalea las algaradas de la ultra izquierda. Pero también por parte de los partidos nacionalistas, actuales bisagras del panorama político, aunque eso supusiera un suicidio, porque su papel depende del pago a los proveedores de sus votos, y ya no hay más dinero para pagar.

La elección ha sido siempre nuestra

Hemos sido nosotros los que hemos permitido la degeneración del sistema de partidos, los que hemos permitido que nos mientan, los que hemos elegido a políticos de bajo perfil, los que hemos jugado a votar con miedo, y a derrochar el dinero de las subvenciones.

Ahora toca hacerse cargo de la factura. Por nosotros mismos o a la fuerza. El resultado será salir de ésta empobrecidos o salir devastados.


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