Godivaciones

Las culebras del verano: vallas y pateras

Desconectar de las noticias del país una semana y tratar de retomar el hilo informativo nunca fue tan sencillo. Los dejà vu lastimosamente se abren paso en este agosto y dejan regueros del pasado a golpe de valla y pateras. Hasta Froilán repite, esta vez con un cabezazo a su primo y una amenaza con un pincho moruno.

La valla africana

Como un telón nunca lo suficientemente elevado, se extiende la doble valla a lo largo de doce kilómetros, rodeando la ciudad de Melilla. No es la original, fabricada con alambre biselado que cortaba seriamente la carne humana, ni tiene espino en lo alto de los seis metros que ha de trepar quien quiera saltársela. Pero sí incorpora sensores de movimiento, de ruido, cámaras, centralización de la información. Entre una y otra de las dos vallas, hay un entramado que complica más la cosa. Y aun así, el de julio fue el tercer intento de traspasar la valla por parte de unas seiscientas personas. Casi doscientos lo consiguieron.

Nos encanta pensar que se trata de una huida romántica buscando libertad porque eso nos sitúa en el lado bueno. Somos un país libre. Pero lo cierto es que más allá de la leyenda, la realidad nos dice que es gente que viene atraída por lo que les cuentan: el Estado español te mantiene, de una manera u otra. Y esa idea, que a muchos les hace sentirse santos, como cuando eras pequeña y el mareo del incienso te hacía sentir un poco más buena, es una trampa saducea. Llevamos una década asistiendo al salto de la valla (de Melilla o de Ceuta) o a la llegada de pateras. Una década mirando a los ojos a hombres, mujeres y niños que llegan buscando lo que sea. Pero no se ha solucionado el tema. A revés, los inmigrantes ilegales amenazan a la Guardia Civil con tirar a niños por la borda o prender fuego al bote.

En el fondo del asunto están nuestras dos palabras favoritas: estado asistencial.

Asistidme a mí también

Lógicamente, ya puestos, asistidme a mí también. Eso es lo que deben tener en mente los que se retan la ley española y tratan de colarse de cualquier manera. ¿Y la solución? Yo no soy muy fan de los papeles, los controles estatales, la burocracia y demás, pero tampoco lo soy de mantener a todos con el trabajo de unos pocos de manera coactiva. No entro en qué muchos y qué pocos, me limito a reseñar la característica esencial del juego: la coacción. La situación es que no hay para todos, que hay grupos de personas que lo pasan especialmente mal, y que hay un gestor central que decide quién lo pasa mal, en qué cantidad, cuánto aportas tú y cuánto aporto yo. No se trata solamente de lo que se queda el que parte y reparte. Lamentablemente los tribunales no ayudan a evitar ese vicio. Se trata del hecho en sí de que haya una mente superior que decida a quién y cuánto, mientras trabajas y pagas, trabajas y pagas...

Quienes se rasgan las vestiduras con quienes planteamos el tema de las fronteras y del estado asistencial, están invitados a montar campamentos de acogida, proporcionar trabajo, financiar los gastos sanitarios y educativos de los africanos que vienen a España. Y que conste que vienen como iríamos nosotros si estuviéramos en su lugar. El acento está en nuestro sistema, no en su actitud, perfectamente racional.

El problema es que España es una economía con problemas de déficit suficientes como para seguir asistiendo a todo el mundo. Ni podemos mantener a nuestros parados, ni es sostenible el sistema de pensiones de nuestros mayores, ni podemos permitirnos muchas cosas. Cosas que tampoco nos podíamos permitir antes y que han ayudado a que el batacazo haya sido morrocotudo. Cosas propias de advenedizos, de paletos con dinero. Ni podíamos, ni podemos.

Alternativas a la mente superior estatal

¿Y entonces, qué? Pues entonces se deportan los inmigrantes ilegales, sobre la marcha, sin mediar palabra. Eso o se abren todas las fronteras de todos los países. Porque hay que recordar que los demás países europeos no están muy por la labor de acoger a todo el mundo y a proporcionarles una asistencia que no podemos pagar.

Las personas funcionamos con incentivos. Si anuncias que hay canapés gratis ten por seguro que se va a llenar el evento. Si pones trabas, irán los verdaderamente interesados.

España no puede seguir haciendo el paripé de mandar a la Guardia Civil si el mensaje no es claro: "No hay para todos".

Es complicado ser del sur y saber que los que están al otro lado del mar viven en condiciones terribles. Es aún más complicado decirles que se vayan una vez que están aquí. Pero también es difícil encajar las cifras de familias con todos sus miembros en paro, las colas en los comedores de Cáritas, la gente desahuciada, las empresas cerradas o la imagen del niño acercado a la borda de la patera como si lo fueran a lanzar, y los mecheros en alto mientras los inmigrantes increpaban a la Guardia Civil. No es la manera. Yo no puedo financiar la inmigración ilegal, si tú puedes, adelante, pero no me obligues.


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