Godivaciones

Los caminos de la felicidad son inescrutables

A menos de un mes de las elecciones los políticos arrecian y esculpen en el aire sus eslóganes con más o menos donaire. Bueno, en realidad con ningún donaire, ni sentido de la estética, ni de la originalidad. Desde Rubalcaba afirmando que no va a prometer nada que no pueda cumplir (supongo que mantendrá un largo silencio) hasta Rajoy asegurando que va a devolver la felicidad a los españoles.

Los medios de comunicación próximos al PSOE y demás partidos adversarios y las redes sociales han hecho toda la sangre posible del compromiso del candidato popular. Verdaderamente, quiero pensar que ha sido una metedura de pata de un asesor principiante, que no se le ha ocurrido a él... ¿qué podemos esperar que se le ocurra ante una emergencia nacional después de esta muestra de imaginación? Sin embargo, esto no es nuevo y es muy serio.

Tal y como me comentaba el otro día Josep M. Brunet, ya en la Constitución de Cádiz de 1812 se estipulaba que el deber del gobierno era asegurar la felicidad de la Nación. En concreto, en el artículo 13 del Capítulo Tercero se afirma: El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen. Y ahí se montó el lío.

¿Qué podemos esperar de un pueblo (el nuestro) cuya Constitución más “liberal” pone en manos del gobierno la felicidad de la nación? Para empezar habría que preguntarse qué es exactamente eso, porque la nación es una abstracción; quiero suponer que se refiere a la felicidad de los españoles. Pero aún así, pretender velar por la felicidad de todos es una boutade. Volvemos a las extravagantes ideas del filósofo de principios del siglo XIX Jeremy Bentham y su cálculo felicítico, “la mayor felicidad para el mayor número”. No hay que olvidar que el mismo autor fue el inventor del Panóptico, un modelo de cárcel en la que todo se vigilaría desde un punto desde el cual el vigilante no sería visto. Bentham llegó a pensar que sería aplicable también a las empresas. Me produce escalofríos.

Pero volviendo al desafortunado exabrupto de Rajoy, creo que es de un cinismo subido que los demás partidos se mofen de la frase cuando podría perfectamente haber estado en la boca de cualquiera de los demás candidatos, tal vez con la excepción del Partido de la Libertad Individual. La idea de que la felicidad de los individuos no está en sus manos ni es su responsabilidad sino que depende del gobierno es algo que lamentablemente han asumido ciudadanos y políticos en nuestro país. Los ciudadanos le reclaman a los representantes electos que les aseguren unas supuestas condiciones “dignas” de vida, sin pararse a definir qué le confiere a una casa o a una educación la cualidad de “digna”. Y tampoco se paran a analizar si esos políticos utilizan medios viles e indignos para mantenerse en el poder mientras mantengan esas prebendas, subvenciones y rentas. Como si la felicidad fuera una moneda de pago a cambio de un puñado de votos.

El estado de felicidad es casi indefinible, es más mental y anímico que material y es absolutamente subjetivo. Y (si existe) es responsabilidad de cada uno y no depende del colegio al que vayas, el dinero que tengas o el número de cuartos de baños que tenga tu casa. Es cuestión de ajuste de medios y fines. Así que para facilitar que la mayoría pueda ser feliz lo mejor que podían hacer los políticos es desalojar la esfera privada que han invadido y devolver la responsabilidad individual a los ciudadanos.

No puedo evitar asociar las aportaciones de Bentham a la realidad y me da la sensación de que los políticos mientras te prometen felicidad sueñan con vigilar a los ciudadanos sin ser vistos y controlarles en un inmenso Panóptico no sin antes despojarles de la cartera.


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