Godivaciones

Los bárbaros siempre están en la frontera

Mientras Mariano Rajoy practicaba senderismo, sus compañeros de partido declaraban ante el juez por una u otra cuestión y la mayor parte de España hacía chistes en el chiringuito de la playa o en el bar del pueblo sobre el Cameron de la Isla y la inminente invasión británica, he tenido la oportunidad de encontrarme con una de las caras menos conocidas de la realidad de millones de personas, la cara olvidada por la España del siglo XXI. Se trata de una situación que aún enfrentan al otro lado del Atlántico: la vida en la frontera.

La corrupción y las instituciones

El entorno es un seminario internacional en la ciudad de Bogotá al que tuve el honor de ser invitada. Tras una charla de temas monetarios de Lawrence White y otra de George Selgin, le tocó el turno a María Pía Paganelli. La profesora nos entusiasmó a todos con su disertación acerca de Adam Smith y cómo uno de sus logros había sido ligar la filosofía política con la teoría económica, con la moral y con la ley. Yo comenté con mi amigo y vecino de asiento lo que me sorprendía que, en la ronda de preguntas,  los estudiantes preguntaran mucho más a la profesora Paganelli sobre temas relacionados con la moral que a los profesores que habían tratado cuestiones monetarias y bancarias. Le comentaba que los alumnos universitarios españoles habrían preguntado más acerca de esos temas ligados a la economía. Y entonces, Eduardo, mi amigo, simplemente contestó: "Es que aquí hay una enorme preocupación por la corrupción". Por supuesto, ese "aquí" quería decir Colombia, Guatemala y LATAM en general.

Me quedé pensando en que esa preocupación es común. Al fin y al cabo la terrible situación de corrupción que vivimos en España con el affaireBárcenas, los ERE, el año terrible de nuestra casa real, y todas las imputaciones y sospechas nos preocupa. Pero mi arrogancia europea no pesa más que la realidad de estos países. Cuando se estudia la creación de su banco central, cuando se camina por la calle, cuando se comenta con los colegas los porcentajes de economía sumergida, la definición de los derechos de propiedad, te das cuenta de lo que ellos no tienen y ansían y nosotros sí tenemos y no valoramos: un orden institucional sólido.

Ese orden institucional que nuestros políticos tienen por costumbre mentar en vano, usar de bayeta para limpiar sus corruptelas. Porque no llegan más que a eso. No hay un "que parezca un accidente" o una cabeza de caballo en la cama de nadie, hay tres trajes, cuatro sobres, unos cursos de formación a cargo de sindicatos y partidos políticos. Poca cosa. Y, sin embargo, lo que está generando es muy importante y muy peligroso. Los ciudadanos perdemos la fe en la justicia, nos reímos de la Constitución, tan mal utilizada para justificar cualquier cosa, no valoramos ese orden, no lo cuidamos. Está tan manoseado que resulta difícil de reconocer entre la mugre política. 

La frontera de la barbarie

Y fue justamente Eduardo Mayora, mi amigo, quien en sus ponencias académicas y en las conversaciones fuera del congreso me hizo ver cuál es el peligro. Nuestro sistema proviene del Derecho Romano. Le somos deudores de demasiadas cosas como para darnos cuenta de lo bueno y de lo malo, le debemos la civilización. Ellos desarrollaron un sofisticado entramado de normas, conceptos y fundamentos para que hubiera convivencia entre los ciudadanos romanos. Además del portentoso ejército, era el derecho la defensa contra la barbarie. Es el derecho (diferente del conjunto de leyes que se sacan de la manga día sí día también nuestros gobernantes) lo que nos diferencia de los salvajes, de los liberticidas, son esas bases las que mantienen a los bárbaros al otro lado de la frontera.

Sn embargo, no basta con establecer ese derecho, no hay que dormirse, los bárbaros, siempre están al acecho, en la frontera. Y para el profesor Mayora y para mí, esa frontera delimita la vida en libertad. Por eso, hay que vigilar día a día que los fundamentos de la libertad estén intactos y preservarlos.

Pero la diferencia entre mis amigos guatemaltecos, colombianos, mexicanos, brasileños, argentinos, panameños, con quien compartí ese seminario, y nosotros los españoles, es que ellos sienten el aliento del lobo en el cogote. De ahí la urgencia. De ahí la seria preocupación por la corrupción que les come, por encontrar el camino que les mantenga dentro de la frontera y que aleje a la barbarie bolivariana de sus instituciones. De ahí el compromiso serio y valiente del grupo de amigos de diferentes países que me he encontrado y que se sorprendían cuando explicaba lo difícil que es hablar de libertad en España.

Nosotros, españoles, europeos, soberbios, en lugar de tener presente la herencia que nos ha traído la civilización, permitimos que el derecho se convierta en un puñado de normas arbitrarias, que la ley se transforme en mandato, y que las instituciones sean el circo nuestro de cada día. Y el lobo viene y nos come.


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