Godivaciones

No somos ángeles

El filósofo escocés Adam Smith explicaba en sus Lecciones de Jurisprudencia (1766) que al establecer reglas de justicia y asegurar que el ajuste  de los incentivos institucionales lleva a las personas a cumplir esas normas, sin importar si se trata de individuos sin ética, reduce el riesgo derivado de que no somos ángeles.

Efectivamente, si fuéramos ángeles, actuaríamos movidos por la fe al tener la certeza de que nadie nos iba a engañar. Pero  al ser simplemente humanos, elegimos con quién nos relacionamos basándonos en la confianza.

El riesgo moral de cada día

La confianza en sentido estadístico depende, entre otras cosas, de la percepción que tenemos de la evidencia empírica. La fe no depende de la evidencia, hay certeza a priori. Así que una vez perdida la confianza es necesario recuperarla por la fuerza de los hechos, no de las promesas, las intenciones o las palabras.

En una sociedad como la nuestra en el siglo XXI, compleja, numerosa, acelerada, las relaciones económicas y no económicas serían un caos si no hubiéramos encontrado una manera de compensar los riesgos de ser engañados que nos encontramos a cada paso. Si tuviéramos que asumir toda la desconfianza fruto de todas esas ocasiones, la sociedad sería un caos y la vida en ella, una utopía.

Pero existen, como decía Smith, unas normas y unas instituciones que aseguran que si alguien me estafa será castigado, y si yo no cumplo mi palabra, también lo seré.

Gracias a la Justicia y a las instituciones que incentivan a los miembros de la sociedad a respetarla, puedo comprar en una tienda de desconocidos un artículo en el que hay una indicación de que ha sido fabricado en Inglaterra por personas desconocidas, y no se me pasa por la cabeza que me estén timando. Lo normal es que responda a la composición y calidad que pone en la etiqueta.

De esta forma, se reduce la desconfianza que nuestra compleja sociedad podría tener en potencia sin lesionar la libertad individual excepto si se delinque.

Porque se trata de instituciones que incitan a cumplir, sin coaccionar, las normas que aseguran el respeto a la libertad ajena, a su vida, su propiedad y el cumplimiento de los contratos.

Para Adam Smith, la convivencia en una sociedad civilizada genera efectos inesperados y positivos para los ciudadanos. La costumbre de respetar estas leyes y vivir de acuerdo a estas instituciones provocará un sentido del deber espontáneo en el individuo y se producirá un efecto socializador, y así, al cabo de un tiempo, no será necesario vigilar el comportamiento de los miembros de la sociedad tan exhaustivamente.

El deterioro de la Justicia

Pero ¿qué sucede si se da el fenómeno opuesto? ¿Qué pasa cuando no se propicia el cumplimiento sino el incumplimiento de esas normas que aseguran la vida, la propiedad y el cumplimiento de los contratos como base de las relaciones económicas?

En buena lógica, obtendremos el efecto contrario. Por un lado, las instituciones de Justicia, alejadas de su finalidad original, bloquearán la confianza de los ciudadanos que, cada vez más, tenderán a bien incumplir ellos también las normas, bien a tomarse la justicia por su mano, bien a ambas cosas.

Y no solamente eso, las consecuencias inesperadas positivas cambiarán de signo y la lección que se aprenderá de manera inconsciente será que el que no roba es tonto, el que no incumple es un panoli y que la justicia está al servicio del poder.

Para recuperar esa confianza perdida, no valdrá ya con palabras repetidas, discursos bienintencionados o promesas de regeneración. Solamente la fuerza de los hechos podrá devolver la percepción de que se está a salvo a la sociedad. Y si se consigue, será necesario revisar el edificio podrido en el que se convirtieron esas instituciones judiciales.

Este es el camino que están siguiendo nuestras instituciones. Es la ruta que, lamentablemente, nos marcan algunos de nuestros países hermanos del otro lado del Atlántico y es el gran drama de nuestra sociedad.

No hay regeneración de la democracia, de la política, de la educación, la sanidad, o de cualquier aspecto de la vida en sociedad que no pase antes por una profunda revisión y limpieza de nuestras instituciones de Justicia, los incentivos que generan y los comportamientos indeseables a que dan lugar.

Porque no hay ángeles en la Tierra. 


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