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Versace frente al monolito funerario del PP

Este lunes, 15 de julio, se dio una curiosa coincidencia de fechas: por un lado, era el aniversario del asesinato del diseñador Gianni Versace; por otro lado,  tuvo lugar la comparecencia de Rajoy tras la reunión con el presidente del Gobierno polaco, Donald Tusk.

Versace es recordado por reinventar el barroco aplicado a la moda y difundir el mensaje de que más es siempre mejor. La profusión de formas y colores daba lugar a un look recargado y sofisticado que no dejaba indiferente a nadie. ¿Se imaginan esa filosofía aplicada a las instituciones?

La diversidad en política

La idea de trasladar la máxima versaciana a la política resulta casi grotesca. Efectivamente, puede parecer que el exceso es peor que la simplicidad cuando se trata de las instituciones que gestionan el poder público. Y, sin embargo, un análisis más detenido de esa posibilidad nos muestra que nos confunde la imaginación visual.

Si la simplicidad implica limitación del número de alternativas, por más que imaginemos un sistema nítido, a la vista de todos, lo que estamos asegurando es que se centralizarán las decisiones y será más complicado vigilar al poderoso.

Por el contrario, la variedad institucional permite que exista el necesario juego de contrapesos, lo que los anglosajones llaman checks and balances. Variedad y competencia. Diferentes instancias que se midan entre sí, entre las que los ciudadanos elijan aquella más eficiente. Obviamente, eso implica estar dispuestos a asumir que la unidad nacional ha de depender de las actuaciones de los ciudadanos, no de las decisiones centralistas políticas.

La variedad institucional permite que exista el necesario juego de contrapesos

Mientras la centralización del poder permite que el legislador promulgue leyes como si no hubiera mañana y complique a su antojo el funcionamiento del sistema, sabiendo que la oposición no va a decir nada para poder hacer lo mismo cuando llegue el relevo, la competencia y variedad institucional asegura que cada unidad de decisión tendrá un funcionamiento interno más sencillo, que es la clave.

Aunque algunos analistas consideran que la competencia fiscal, por ejemplo, lleva a la desunión, creo que la identidad de la nación, si existe, está por encima de eso. No creo que quienes sacan su dinero buscando una mayor rentabilidad o que quienes instalan sus negocios fuera para pagar menos impuestos necesariamente amen menos su tierra. A menos que aceptemos que el patriotismo se define en términos económicos. En ese caso, si el secesionismo ofrece más beneficios económicos para los ciudadanos, como creo, es la opción más patriota.

Otra crítica al secesionismo es la ruptura de la unidad de mercado. Pero de la misma manera que existen empresas plurinacionales o multinacionales, existirán empresas que abarquen diferentes territorios del mismo país, España, mediante acuerdos privados, que exportarán o que ofrecerán sus bienes y servicios en el territorio nacional.

La otra cara de la moneda es que con unidades políticas más pequeñas, el ciudadano tendrá mucho más cerca al gestor de los recursos y, por esa razón, la posible tentación del corrupto se ve frenada por la proximidad disuasoria.

El monolito funerario del Partido Popular

La situación en la que nos encontramos actualmente es una prueba de lo que sucede cuando el sistema de partidos concentra el poder, permite la ocultación, la financiación irregular, y deriva en situaciones tan grotescas que solamente Berlanga podría parirlas en su imaginación genial. Y creo que no es un mal del PP. Es un mal sistémico de nuestra política. Eso sí, el partido al que han pillado es el PP.

Y tampoco creo que Pedro Jota esté actuando por el bien de la patria, por la misma razón que desconfío de quienes esconden sus intereses electoralistas detrás de la unidad de mercado, la solidaridad fiscal y cuyo pretendido patriotismo es pura conveniencia.

Pero no se trata de analizar las intenciones de El Mundo. Mucho más llamativa es la reacción del propio Partido Popular.

Mientras el lunes por la mañana comparecía en Génova Carlos Floriano reiterando que no hay nada que ocultar, Mariano Rajoy aprovechaba la rueda de prensa de la reunión bilateral Polonia-España para denunciar la actuación de Bárcenas como un chantaje al mismísimo Estado, frente al que el Gobierno se mantiene impertérrito y unido cual monolito.

Imagino a la troika como una institutriz con la ceja levantada pensando "¿Me vas a montar un verano a la griega?". La visión de unas elecciones anticipadas con un PSOE con la casa patas arriba, que pide la dimisión pero no presenta una moción de censura, una tribu de partidos pigmeos montando la fiesta, y con los nacionalistas relamiéndose en la esquina dispuestos a asaltar el panal, no es muy agradable. Y entiendo que frente a ella, y mirando a cámara pero dirigiéndose a la UE, Rajoy afirme que la estabilidad de la nación la avala su permanencia en su puesto mientras dure su mandato. Hay que tener cierta pasta para decir eso en circunstancias tan aciagas sin que te tiemble la barbilla. Yo no podría. A menos, claro, que Bárcenas mienta, o manipule la verdad, posibilidad que nadie en este país de santos inocentes se ha planteado.

No tengo ninguna fe en que esta profusión versaciana de escándalos de corrupción lleve a un planteamiento realista del sistema de partidos, de la vigilancia de las instituciones políticas, del desmantelamiento de una organización política de España que conduce a la obesidad mórbida del Estado y a un grado de intromisión en la vida de los ciudadanos cada vez más asfixiante. Lamentable, porque como vemos, además favorece el robo, la traición, la mentira y saca lo peor de cada casa a pasear.


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