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Salir del euro como del Hotel California

Hotel California es la canción más conocida que el mítico grupo estadounidense Eagles grabó en 1976. Muchos años después, en la Vieja Europa nacía la moneda única actual, el euro. El parto, que duró desde 1999 hasta que se empezaron a acuñar monedas y emitir billetes en el año 2002, dio paso a una comunidad monetaria de muchos países de la Unión Europea y algunos no miembros. El sistema del euro se planteó como un recurso exitoso para hacer frente al dólar como divisa y para facilitar la coordinación de los intercambios y las políticas monetarias. Todo precioso... hasta que llegó la tormenta.

Puede ser el cielo o el infierno

Cuando el protagonista de la canción llega al Hotel California después de un largo viaje en coche por el desierto y es recibido por una bella mujer piensa “Esto puede ser el cielo o puede ser el infierno”. Esa era el pulso de los analistas en los años de introducción del euro. Por un lado, que se facilitaran los intercambios dentro de la Unión, el poner freno a la hegemonía del dólar o al menos intentarlo, sonaba como música celestial para muchos. Otros, sin embargo, se daban cuenta de que era un avance a medias. Sin una política fiscal coordinada aquello zozobraría a la mínima convulsión.

Esa fue la razón para que se firmara el Tratado de Maastricht. Los países se comprometían a no sobrepasar un nivel de deuda pública (que implicaba que se limitaba el gasto financiado por las generaciones venideras) y de déficit público (que trataba de impedir que los gobiernos se excedieran en el gasto anual para que se ciñeran a lo ingresado).

A lo largo de la primera década del siglo XXI, varios países se han unido al “sistema euro”. Más tratados, protocolos y acuerdos se han firmado, pero nada de ello ha impedido que la crisis financiera arrase con todo lo pactado. Cuando baja la marea se ve quién va desnudo.

Preparados para recibir pero no para despedir

Pero cuando se diseñó el sistema del euro, intencionadamente, no se consideró un mecanismo de salida, ni voluntaria ni por expulsión. En aquel momento había que sacar pecho e ignorar la posibilidad de fracaso. El problema ahora es que, como sucedía en el Hotel California, no hay manera de salir: somos prisioneros de nuestro propio mecanismo. Y de la misma forma que los jóvenes secuestrados en el Hotel trataban de matar a la bestia a puñaladas pero no podían, algunos economistas europeos se plantean si no sería mejor desmantelar el sistema euro para evitar la quiebra total y salvar algo. En una situación así es fácil sentenciar. El entramado de decisiones por tomar, de costes visibles e invisibles a priori es tan sofisticado, que cualquier cosa vale.

Aunque el Tratado de Lisboa establece que nadie puede ser expulsado del euro, el Banco Central Europeo puede cerrar el grifo de ayudas al país que incumpla las condiciones de Maastricht y las recomendaciones de la troika. Es decir, un país podría ser presionado para abandonar el euro. En ese caso, la situación tampoco está clara porque no hay procedimiento. Habría que pactar todo: el tipo de cambio, el tiempo de exclusión del Euro grupo, etc. Y debería ser aceptado por todas las instituciones europeas afectadas, además del país en cuestión. Eso requiere mucho tiempo.  Grecia y Alemania lo saben.

La calma previa a la tormenta

De ahí, probablemente, que todas las decisiones estén en compás de espera. En concreto las que se refieren a nuestro país. La cuestión es qué resulta más caro para la Unión Europea (recordemos que a nosotros también nos toca poner dinero en el Banco Central Europeo), que salga Grecia o que se quede. Y la cosa no es simple. Hay costes que se desconocen y que aflorarán sobre la marcha, consecuencias inesperadas, efectos secundarios imprevistos, que pueden elevar la factura y arrastrar a otros países.

¿Tiene la UE recursos suficientes para ayudar a Grecia, que no acaba de salir del hoyo, y a los que venimos detrás? De momento, no. Queda por articular el Mecanismo de Estabilidad Financiera, que ha de ser aprobado el 12 de septiembre por el Tribunal Constitucional alemán. Queda por definir cuánto tiempo más se le da a Grecia para que arregle su casa. Queda por decidir si se seguirá transgrediendo la lógica y el espíritu del BCE y se le consentirá que compre más deuda soberana de los PIIGS, o bien, cada país asumirá sus riesgos y pedirá oficialmente ayuda. En el caso de España, debemos esperar a los informes de la auditoría externa, que estarán para la segunda quincena de septiembre, pero nadie se cree que sea ese el único factor en juego. Rajoy sabe que en el Memorandum of Understanding que hemos firmado, además de condiciones  para la banca (para las cajas principalmente, incluida Bankia), las autoridades españolas se comprometen en los puntos 30 a 35 a reducir el déficit y a realizar reformas estructurales complicadas. Se dará cuenta de los avances cada tres meses a la troika. El marcaje será ceñido y en serio. Mucho mejor que el BCE nos eche gasolina al fuego aunque eso signifique que el agujero crezca aún más.

Pasado el tiempo del champán rosado en hielo y los espejos en el techo parece que la salida del infierno se aleja día a día. Welcome to the Hotel California.


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