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Nobel de Economía 2013: gana mi candidato

Este año, los premiados con el Nobel de Economía han sido tres economistas, dos de ellos de Chicago (E. Fama y L.P. Hansen) y uno de Yale (R. Shiller), por sus estudios acerca de la determinación del precio de las acciones. Cada año, cuatro obsesos y muchos adictos a las apuestas, ponen su empeño unos y su dinero y olfato otros en tratar de adivinar quién se llevará el premio esta vez. Hay listas, quinielas, pistas... pero es muy difícil. Durante algún tiempo yo fui una de las del primer grupo. Mi candidato desde hace años ha sido Eugene Fama. Por fin, he acertado.

La empresa a estudio

Pero la razón por la que apostaba por Eugene Fama no era la misma por la que le han dado el Nobel. Este año, el Banco de Suecia ha premiado el esfuerzo por determinar el precio de las acciones a largo plazo, por la importancia que ello tiene en la planificación de las decisiones de inversión. Si bien es cierto que a corto plazo el precio es casi imposible de determinar, no sucede lo mismo a largo plazo, ámbito en el que se puede, al parecer, establecer ciertas pautas y tendencias. Pautas y tendencias, es decir, siempre en términos probabilísticos. Lo digo por los talibanes del determinismo y la predicción económica.

Yo leí a Eugene Fama en el doctorado, de la mano del profesor Manuel Santos Redondo, quien acababa de leer su tesis sobre la empresa y el empresario en la Historia del Pensamiento Económico. En concreto, estudié el extracto recopilado en el fantástico libro La naturaleza económica de la empresa de Louis Putterman. Se trata de una parte de su artículo Agency problems and the theory of firm, publicado originalmente en el Journal of Political Economy, allá por el año 1980. Y a pesar del tiempo que ha pasado, no creo que sus razonamientos hayan quedado obsoletos.

En él, Fama se planteaba el problema del riesgo moral que plantea la separación entre la propiedad y la gestión en la empresa. Si el gestor es propietario y, además, único accionista, y abusa de los recursos de la empresa otorgándose privilegios a sí mismo, se verá forzado a realizar ajustes ex post para compensar las distorsiones creadas por él. Pero si no lo es, le resultará más fácil aprovecharse, ya que los controles correrán a cargo de terceros. Por ello, es necesario identificar esas desviaciones ex post y establecer incentivos y controles ex ante, por ejemplo, en la determinación del salario, para evitar el riesgo moral.

El análisis de Fama sugiere los mercados laborales (en particular, el de gerentes) como mecanismo regulador del comportamiento fraudulento derivado de la separación entre propiedad y gestión. Y, a continuación, Fama propone un modelo formalizado en el que estudia la evolución estocástica del producto marginal del gerente, es decir, formaliza sus propuestas en un modelito estadístico sencillo y elegante en el que estudia el rendimiento del gestor en diversos escenarios.

El riesgo moral en la política

Más adelante le perdí la pista, sencillamente porque me dediqué a otra cosa. Pero la idea de que hay que prevenir de algún modo el riesgo moral de quien no se juega su dinero ha vuelto a mi horizonte a medida que me interesaba por el análisis político.

En el momento presente, con los ERE, Bárcenas y demás colgajos de corrupción, me pregunto, probablemente con toda ingenuidad, con qué mecanismo cuenta nuestro sistema político para evitar ese uso indebido de los recursos, o el bajo rendimiento fraudulento de nuestros gestores políticos. Porque no se trata solamente de que roben sin más y la justicia sea lenta, o que mire por el rabillo del ojo por encima de la venda para trucar la balanza. Se trata de que, igual que se le exige al gestor en la empresa, quienes manejan nuestra política hagan buen uso de los recursos propios que ponen a disposición de la nación, región o ciudad, ya que ese es el sentido de su puesto.

Obviamente, al imaginar la existencia de mercados de gestores políticos, me doy cuenta de que no hay un nutrido número de profesionales formados, dispuestos a batirse en la arena de la competencia como sí hacen quienes tratan de dirigir una empresa. Me refiero a una empresa media, de las de base, de esas miles de pymes que levantan nuestro país. No afecta a esos directivos, muchas veces políticos en retirada nombrados a dedo, de las grandes empresas del IBEX, las privilegiadas por provenir de antiguos monopolios o por estar al calor del poder.

La mitificación de la carrera política como aquella a la que uno se suma desde la más tierna juventud, en la que asciende a golpe de servicio al partido y cuyo fruto es un puesto en la Administración, el más alto a ser posible, para representar los intereses del partido al que le debes todo, fomenta que se haya institucionalizado el mal de males de nuestra nación. Nuestros supuestos representantes no nos representan, representan a sus partidos. Y así seguimos.


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