Godivaciones

España tiene TDA

En las últimas semanas, la sociedad española se ha mostrado completamente distraída, pendiente, en especial, del recambio real, el mundial de fútbol y, cómo no, el tiempo que hace. Lo raro es que no haya salido a la palestra algún meteorito a punto de chocar contra el planeta. ¿Y lo relevante?

Lo relevante y lo accesorio

¿Quiere eso decir que lo relevante para los españoles es si reina Juan Carlos o Felipe, si la selección de España es eliminada del Campeonato del Mundo o si el bochorno que nos azota es normal en este tiempo de solsticio de verano? No necesariamente.  Porque, siendo estos tres hechos de diferente naturaleza y rango, tienen la misma limitación: no nos va a sacar de la atonía inversora, ni van a evitar que usted y yo no lleguemos a fin de mes (de nuevo), no van a impedir que quiebren empresas o van a proporcionar millones de puestos de trabajo.  Y, sinceramente, visto lo visto, eso es lo relevante.

Porque es cierto el simbolismo político y el momento histórico que implica que el jefe del Estado sea Felipe VI y que no haya pasado nada, es importante comprobar que somos un país encantado de tener casi diez mil aforados y que sería muy hipócrita rechazar solamente el aforamiento real cuando hay cerca de siete mil jueces aforados, por no hablar de políticos locales y demás privilegiados, ciudadanos de primera, inmunes por la gracia un privilegio al que ni ellos pueden renunciar. Aunque lo cierto es que ni el rey saliente ni el entrante gobiernan, ni tienen potestad para tomar decisiones muy relevantes sin el asentimiento de los que de verdad mandan: los políticos.

También es cierta la debacle de una selección de fútbol que concita lo peor y lo mejor de nuestra sociedad: el triunfalismo pueblerino y la unidad de los españoles frente a un rival. Con lo difícil que es aunar opiniones y gustos en este país, dentro de lo que cabe, había cierto consenso a la hora de animar a la selección, salvo algún escéptico sin gusto por el fútbol que, normalmente, era (éramos) severamente reprendidos. Perfectamente comprensible.

Y finalmente, está el eterno tema de conversación: el tiempo. Comentamos si hace frío en invierno, si hace calor en verano, si hay viento o no lo hay. El tiempo es siempre un punto de referencia en las charlas entre mis conciudadanos.

Pero más relevante que todo eso, el paro, el cumplimiento del objetivo de déficit, la reforma fiscal, la activación de la inversión a partir del fomento del ahorro, me parecen temas en los que debían estar fijas nuestras miradas y nuestra atención. Y ese es el problema.

La España trastornada

El problema es que nos centramos en la solución al paro y entonces el rey abdica. Y ya tenemos motivo para distraernos. Se van los inversores y Pablo Iglesias estornuda. Y, de nuevo, encontramos un recurso fantástico para cambiar de tema. La Comisión Europea se preocupa porque cree que este Gobierno está poniendo en peligro el cumplimiento del objetivo de déficit (que significa que nos empobreceremos y nos costará más caro salir de la atonía económica) y entonces nos eliminan del Mundial. Y todos olvidamos el roto en el bolsillo presupuestario del Gobierno del Partido Popular y pasamos al sesudo análisis de las capacidades de nuestros casi cuarentones jugadores. Somos como los afectados por el Trastorno de Déficit de Atención (niños o adultos), pero sin el componente de hiperactividad, más bien al contrario, somos como el alumno que desconecta , en el que brota con fuerza la hiedra de la apatía, hasta paralizarle por completo. Al final nadie hace nada ni respecto a los temas económicos ni respecto a los distractores (realeza, fútbol y tiempo meteorológico).

Más allá de lo cuestionado que está el diagnóstico del déficit de atención, solamente hay que leer la definición de trastorno en psicología para darse cuenta de lo que hablo. Un trastorno remite a un patrón de comportamiento asociado con un malestar, un impedimento, o con un riesgo grande de sufrir dolor, discapacidad o pérdida de libertad. En ese sentido, el comportamiento de los españoles en su conjunto no puede ceñirse más a la definición. Lo que me escuece especialmente  es el creciente riesgo de un dolor en aumento en el bolsillo de la sufrida clase media y de una pérdida de libertad que se dispara ante nuestra incapacidad para poner remedio y, muchas veces, de darnos cuenta de lo que nos está sucediendo y de su alcance. 


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