Godivaciones

Capacidad para aburrir al personal

Mientras Fitch nos rebaja la calificación, nuestros políticos, en plena campaña electoral, hacen alarde de su capacidad para aburrir al personal.

Las razones de Fitch parecen claras: una enorme deuda externa, las cuentas autonómicas deficientes y una perspectiva de crecimiento menor al 2% hasta el 2013 como mínimo. La exposición de la economía española a las variaciones en los tipos de interés, la necesidad imperiosa de un ajuste de los presupuestos de las autonomías y el lastre que supone una tasa de desempleo mayor del 20% sustentan la recalificación de la agencia de rating europea. 

Sin embargo, nuestros políticos están demasiado ocupados como para coger el toro por los cuernos. El PSOE sigue tratando de convencernos de lo bien que lo ha hecho y de lo malos que son quienes nos cuentan que el emperador anda desnudo. Izquierda Unida propone medidas económicas como la “fiscalidad ética” que nos llevaría a una economía de siglos pasados. El Partido Popular, seguro de su triunfo, esboza medidas sin terminar de definirlas, no sea que se chafe la victoria, y continúa con su táctica de subrayar en fosforito los fallos y las renuncias del partido que aún gobierna. Los partidos nacionalistas, como siempre, intentan medrar para seguir siendo necesarios sea quien sea el ganador de las elecciones. Y las formaciones políticas más pequeñas tratan de capear el temporal de impedimentos que nuestro esclerótico sistema electoral pone para que tengan un mínimo de representación en el Parlamento de la nación.

Ninguno de los argumentos de Fitch son nuevos, son más de lo mismo, pero no he leído a ningún político que ofrezca un paquete de soluciones para paliar la desconfianza que genera nuestra economía desde hace ya demasiado tiempo.

Los discursos políticos, por el contrario, son pesados por previsibles, nada novedosos, y los ciudadanos necesitamos otra cosa.

¿Cómo se restaura la confianza de los mercados internacionales? Seguramente con firmeza y un proyecto a medio-largo plazo coherente. Y eso es lo que falta. Ninguno se atreve a decir la verdad: vamos a recortar el llamado Estado de Bienestar, nos vamos a ver afectados todos y lo vamos a pasar mal hasta que las aguas vuelvan a su cauce.

Sin embargo, lo que se ve desde fuera, además de a los indignados apalancados durante meses con la bendición de las autoridades en medio de las plazas públicas, es un país en el que suceden cosas como el escándalo del ayuntamiento de Parla. Tal y como relata el Financial Times, la quiebra del municipio del cinturón industrial de la Comunidad de Madrid no es un caso único. Durante los años de bonanza los bancos y cajas financiaron los desmanes de los ediles más manirrotos. Y llegado el momento actual, con la crisis de liquidez y crédito de nuestro sistema bancario, con la delicada situación de las cajas, los déficit de aproximadamente 8.000 municipios ponen encima de la mesa la terrible realidad: no hay dinero para pagar al personal. Si se tratara de empresas privadas desaparecerían. Pero siendo corporaciones públicas están exentas del veredicto del mercado y la competencia. El caso es que se libran aunque no gratuitamente: alguien paga. Eso sí, no serán los políticos aficionados al gasto excesivo del dinero ajeno quienes sufran las consecuencias. No salir reelegido no es lo mismo que apoquinar para cubrir los rotos financieros. El dinero saldrá, en última instancia, y como siempre, de la sufrida clase media.

Y, paradójicamente, es la misma clase media que clama por no tocar el Estado del Bienestar. Pero ¿qué es el estado del Bienestar? Una de las mejores campañas de marketing de la historia reciente según la cual el Estado, con el dinero de todos, debe asegurar una vida digna para todos. El problema es que el dinero con el que se financia no es de “todos” sino de la clase productiva y que nadie ha definido exactamente qué significa “una vida digna”. En el fondo no se trata de que los más necesitados sean avalados por los que generamos riqueza, sino de que los grupos de presión favorecidos por el político de turno se financien con el producto del trabajo de unos cuantos, sean artistas de dudoso éxito, colectivos dispuestos a vivir del cuento o gente que realmente necesita un empujón para salir adelante. Y ahí a los políticos se les ha ido la mano: están acabando con la gallina de los huevos de oro.

La perspectiva futura pasa, si un milagro no lo remedia, por una subida de impuestos, recortes presupuestarios, vacas más flacas aún. Los ciudadanos le echaremos la culpa a los políticos, o al chachachá, pero nadie asumirá su responsabilidad, ni el bolsillo del alcalde de Parla, ni los gestores de las cajas, ni quienes miraron al techo mientras todo eso sucedía.


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