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Ahorrar o consumir, ¿es esa la cuestión?

El lunes se dieron a conocer los datos macroeconómicos del INE. Todos buenos, como corresponde a una periodo de campaña electoral, y mucho más si, como en el caso de España, se trata de un proceso electoral, a diferente escala cada vez, pero al fin y al cabo, continuo de aquí hasta casi cerrar el 2015.

Una de las noticias que preocupa es que ha caído el ahorro de las familias e instituciones sin ánimo de lucro. La explicación que ofrecen los especialistas es que se debe a un aumento del consumo de ese sector de la población. Y, claro, si gastas, difícilmente puedes ahorrar. Esa afirmación nos conduce, en mi opinión, a dejarnos llevar por los cantos de sirena de la deuda como remedio y a una espiral sin solución.

Los españoles miramos con desconfianza a los inversores de fuera y muchos sienten su amor patrio lesionado como si invertir en España significara comprarla

Consumir o no consumir

La noticia nos dice que, a pesar del aumento de los ingresos de las familias e instituciones sin ánimo de lucro, el mayor consumo explica que la tasa de ahorro de este sector de la población haya retrocedido en el año 2014 hasta un 9,8% de su renta disponible, lo que significa una bajada de seis décimas respecto al año anterior y el nivel más bajo desde 2012.

Este mayor ánimo consumista es la alegría de los comerciantes que ven mejorar sus resultados. Así que parece que todo está bien. Tras años terribles, en los que los salarios han sufrido una pérdida de poder adquisitivo que ronda el 25%, cuando tenemos un poco de dinero en las manos lo gastamos y hacemos felices a los propietarios de negocios de bienes de consumo. Nada que objetar. Pero, siendo esto así, mirémonos en el espejo y repitamos en voz alta: “No somos un país de inversores”. Y abramos los brazos a los capitales que nos lleguen desde otros países sin ningún reparo. Eso sería lo lógico.

Por el contrario, los españoles miramos con desconfianza a los inversores de fuera y muchos sienten su amor patrio lesionado como si invertir en España significara comprarla. Lo entiendo. Puedo llegar a comprender esa extraña idea. Pero entonces, actuemos en consecuencia y seamos generadores de capital propio. De esta forma, no vendrán a invertir porque no habrá demanda de capitales, ya que los inversores españoles se ocuparán de cubrir esa necesidad. Siguiendo la lógica económica ¿qué hace falta para que se generen capitales? Pues ahorro y gente con poca aversión al riesgo y olfato empresarial.

Sin embargo, si la mentalidad de nuestra sociedad premia al consumidor y demoniza al capitalista, al inversor (que si nos estorba mucho pasa a llamarse especulador, que es casi sinónimo de Satanás), al que “crea” a partir del ahorro nuevos fondos para invertir, entonces este rompecabezas nunca va a cuadrar. Si consumir es un acto de amor patrio para con nuestros comerciantes, ¿no lo es también ahorrar e invertir? ¿Por qué entonces se les pone tantas trabas a los inversores y menos a los comerciantes? Y es entonces cuando la gente de a pie, normalmente aconsejada por los secuestradores de votos, te dice que los inversores ganan dinero, no son gente del pueblo, y muchas veces son abusones, pero el comerciante es el señor de la esquina y es alguien como tú. Lo cual es totalmente cierto y muestra uno de los aspectos colaterales del problema.

El inversor no tiene trato contigo ni te explica los sacrificios que hizo o a qué hora se levanta cada mañana

La economía sin cara

Esta gente de la calle ve la sonrisa de su tendero pero no la del inversor, aunque sea también un tipo normal, con ojos en la cara y con hijos adolescentes. No ayuda mucho que los medios de comunicación nos retraten al inversor engominado, o, si es mujer, saturada de bótox, ambos rodeados de lujos y comodidades. No todos los inversores son así, pero ¿y si lo fueran? El inversor no tiene trato contigo ni te explica los sacrificios que hizo o a qué hora se levanta cada mañana. Nosotros, la gente de la calle, solo sabemos que alguien puso dinero para construir este edificio, para montar este negocio, o que alguien compró acciones, invirtió en bolsa, gracias a lo cual otro encontró financiación para este negocio o aquel proyecto. Y entre tanta impersonalidad, identificamos al inversor con un logo, un acrónimo, una empresa o un banco.

Sin embargo, las sociedades ahorradoras, las que cuando mejora levemente el entorno gastan un euro y ahorran otro, esa gente que incluso cuando las cosas van muy bien piensan en el largo plazo, nos han demostrado en esta crisis que no criminalizar a los inversores o a los especuladores tiene sus ventajas.

En primer lugar, crecer sustentándose en el gasto en inversión es más sólido que crecer basándose en un consumo que hoy crece pero mañana quién sabe, de manera que el futuro de estos comerciantes es incierto.

En segundo lugar, tener capitales propios permite no depender de los mercados internacionales tan intensamente. Y la independencia en la financiación es un lujo al que creo que se debería aspirar. Nosotros, en cambio, aspiramos a no pagar la deuda, o a pagar menos deuda, a que nos rebajen el precio de la deuda para endeudarnos más.

Y así no se construye un futuro sostenible. Eso sí, seremos el país en el que siempre habrá alguien que pida otra tapa de gambas.


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