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Los taxistas reclaman represión frente a los invasores

Me confieso usuaria habitual del taxi. Confieso también tener especial cariño y empatía con los taxistas. Me cuentan, muchos de ellos, su vida: penas incluidas. Ilusiones. Pasan largas horas de espera en los aeropuertos, en los hospitales, en las puertas de los hoteles... Con la crisis los clientes han mermado, la gasolina ha subido y los impuestos se han disparado. El ayuntamiento reaccionó con una mayor intervención: regula el número de taxis que están en circulación, -las licencias se dan con cuenta gotas y cuestan la friolera de 150.000 euros a día de hoy, antes de la crisis llegaron a los 250.000- las horas que trabajan, los festivos que libran y las vacaciones de verano que se toman. También el cambio de un embrague, de una bombilla o el paso de la ITV. Justifican la regulación diciendo que reparten el trabajo y evitan que los taxistas se echen todos a la calle a la caza y captura de un cliente que cada vez opta más por el metro y autobús buscando el ahorro.

A los taxistas les crecen los problemas. Pensaban que con la regulación, todo se iba a solucionar y ahora... ahora se han encontrado solos. Han aparecido nuevas aplicaciones móviles: rápidas, baratas y adaptadas a los nuevos tiempos. Los taxistas están que trinan porque les están comiendo el terreno: ahora les han quitado entre un 5 y un 10% del mercado, pero esto va a más. Dicen que son unos intrusos, que no son conductores profesionales, que no ofrecen seguridad al cliente y que no pagan los impuestos que ellos soportan. Aseguran los taxistas que estas plataformas incumplen la legislación laboral, tributaria, de transporte y de trafico y que carecen además de un seguro de accidentes que cubra al cliente. El Ayuntamiento calla y a día de hoy no ofrece ninguna solución a la irrupción de estos competidores incontrolables. Los taxistas se enrocan y reclaman represión contra los invasores.

En Uber, la aplicación que les hace la competencia, dan palmas con las orejas. Antes sólo unos pocos les conocían y ahora se han hecho famosos. ¡Menuda campaña de publicidad les han hecho los taxistas con sus gritos y pancartas! Uber ha aprovechado y ha tirado los precios un 50% y ahora muchos clientes dicen: taxi o Uber?

Lo que está pasando con los taxistas deja claro, al menos, dos cosas. Uno, que la excesiva regulación no es la solución que necesitaba el sector. Me decía esta misma mañana un taxista –bastante enfadado y resignado con la situación- que la libertad les traerá más competencia y menos clientes. Yo insistía en que el mercado se debe regular solo, que el taxista es el que debe salir a trabajar si considera que hay clientes y le merece la pena. El me reprochaba: “si queremos libertad entonces nos ponemos todos a vender bocadillos de tortilla de patata en plena Gran Via de Madrid, y le hacemos la competencia a los restaurantes, burguers y los pans&companys”. No es tan simple.

Y dos: no se le puede poner puertas al campo. Es normal que los taxistas se quejen, pero falta realismo y sobra victimismo. Tienen que adaptarse a los nuevos tiempos, si no lo hacen tienen todas las de perder. Ha ocurrido por ejemplo con las empresas de telefonía que han visto cómo ha emergido el whatsspp y ha cambiado la forma de comunicarnos. Los usuarios buscamos rapidez, calidad y bajos precios. Es la tendencia y es el futuro. La tecnología suma valor y añade oportunidades. Hay que saber aprovecharlas.


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