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Rajoy, triunfalista con la recuperación de España. Y las reformas, ¿dónde están?

“Hoy se habla de cuán grande será la recuperación en España”. Así de eufórico, de confiado, hablaba esta semana Mariano Rajoy ante un grupo de inversores y empresarios japoneses. NO discuto que un presidente fuera de su país debe resaltar lo bueno de su economía, la fortaleza de sus negocios y la capacidad de sus empleados... pero de ahí a lanzar las campanas al vuelo va un largo trecho.

Justo esta semana conocíamos los datos de paro del pasado mes de septiembre. Es cierto que es el mejor septiembre desde 2007, que se modera la destrucción de empleo, que ha terminado la temporada de verano y que muchos hoteles, restaurantes y chiringuitos de playa cierran o adelgazan su plantilla ante el frío del invierno... pero también es cierto que aún la economía española no crea empleo.

Hay además dos datos alarmantes. Uno: el número de afiliados a la Seguridad Social es en 2013 el mismo que teníamos en 2002. En aquel año los cotizantes a la SS apenas superaban los 16 millones. En septiembre de este año las afiliaciones bajaron en más de 22.000 hasta cerrar el mes en 16.305.445. El problema es que a día de hoy hay seis millones más de personas a las que mantener en nuestro país: pensionistas, parados, niños... educación, sanidad, dependencia... menos gente aportando y más gente demandando. ¡Esto no hay país que lo soporte, ni económica ni tampoco socialmente!

La otra alarma la da el número de contratos temporales. 4 de cada 10 contratos son por unas horas. Más contratos temporales, menos indefinidos y más precariedad en el trabajo. Esto tampoco hay ni país ni sociedad que lo aguante.

Pero por si esto fuera poco, España soporta una destrucción de riqueza, de empleo y un desplome de la inversión sin precedentes. Desde la segunda mitad del año 2007 y hasta el pasado mes de julio la economía española se ha desplomado un 5,3%, se ha destruido un 17% del empleo y la inversión ha caído un 38%. Las cifras son aterradoras, ?y lo peor? Que Rajoy y sus ministros se han instalado en la complacencia: que si vamos por el buen camino, que si hemos dejado atrás la recesión, que es imparable nuestro ánimo reformista, bla, bla, bla... la música sonará bien en Moncloa pero en la calle ni el taxista, ni el camarero, ni el tendero atisban a ver cuán grande será la recuperación. Y para colmo me troncho cuando escucho hablar al Gobierno de las reformas.

De las que ha puesto en marcha la más ambiciosa y acertada ha sido la del mercado laboral, que aún necesitaría dar un paso más al frente para abaratar la contratación. También fue acertada la financiera, aunque aún queda un buen trecho por recorrer. Pero, ni la Ley del Mercado Unido, ni la Reforma de las Administraciones, ni la reforma fiscal, ni la de las pensiones... todas ellas no son reformas y sí simples apaños para no desangrarse por los votos y aguantar el tipo ante nuestros socios de Bruselas hasta las próximas elecciones. Queda mucho y el tiempo juega en contra porque mientras se demoran esas dichosas reformas –más por falta de convicción que de valentía, me temo- sube el paro, se desploma el consumo, se frena la inversión y nos asomamos a un laaaaarrrrgo estancamiento económico. ¡Ojalá me equivoque!


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