Game Over

Entre la vergüenza y la tragedia

El pasado lunes 22 de julio Mariano Rajoy por fin dio su brazo a torcer y anunció que comparecería en el Parlamento para dar las correspondientes explicaciones sobre la presunta corrupción en el Partido Popular, cuyo nudo gordiano es Luis Bárcenas. “Creo que este es el momento adecuado para que yo explique la situación y aclarar las dudas de los ciudadanos”, dijo el presidente, con la mirada perdida y demostrar convicción alguna.

Lo de dar explicaciones en el Parlamento se le antoja a este gallardo personaje una excentricidad. En estos tiempos turbulentos, en los que todo hijo de vecino echa pestes de la clase política, lo mejor es confiar en los pactos secretos que llevan semanas, por no decir meses, cociéndose. Y olvidarse de espectáculos gratuitos de cara a la galería, porque estos últimos los carga el diablo y los tontos los disparan sin saber a dónde apuntan. A fin de cuentas, en el Parlamento no están los representantes del pueblo, sino aquellos que los jefes de los partidos designan con su dedo. Y así visto, nadie debería sentirse ofendido si el presidente pasa de largo.

Pese a todo, Mariano ha tenido que bajar de la montaña y prometer que dará su versión sobre las acusaciones que se han vertido durante semanas contra la cúpula de su partido e, incluso, contra su propia persona. Pero no lo ha hecho por exigencias domésticas, sino porque el escándalo había alcanzando velocidad de crucero más allá de nuestras fronteras. Es decir, quienes sostienen nuestra deuda estaban alarmados al ver cómo la marca España se cubría de roña. Y cómo el presidente se negaba en redondo a pasarle el plumero.

Eso sí, Mariano comparecerá pero ganando el tiempo que necesitan los estrategas del partido para preparar una oportuna puesta en escena con la que dejar el 'caso Bárcenas' en segundo plano y poner en valor la consigna de que  “España va mejor”, por obra y gracia de la Encuesta de Población Activa y otros datos económicos positivos que auguran, según ellos, el fin de la recesión.

Ha sido en mitad de este lío de imposturas y apaños cuando el tren Alvia 01455 descarrilaba fatalmente en la curva de A Grandeira, a escasos kilómetros de la ciudad de Santiago de Compostela. Y en un abrir y cerrar de ojos, por obra y gracia de los mass media, los habitantes de una pequeña aldea gallega se convertían en héroes. Y por extensión, todos los españoles. El país entero, en boca de los cronistas, se mostraba unido en la tragedia. Atrás quedaban por unos días, o al menos eso se ha pretendido, la crispación generalizada y el desprecio creciente hacia la clase política. El luto ponía punto y final a un curso político de espanto, al que sólo le resta la pantomima del uno de agosto, en la que a buen seguro Mariano demostrará seguir instalado en la creencia de que el pan todo lo cura. Y nos dará gato por liebre; es decir, brotes verdes a cambio de decencia.

En cuanto al ciudadano común, le invito a que haga una reflexión a cuenta de esta terrible tragedia. Si bien es cierto que la solidaridad de los lugareños de Angrois evidencia una empatía de la que carece la España política, no deberíamos lanzar las campanas al vuelo. Que la gente auxilie a sus semejantes es lo normal, lo que cabe esperar de cualquier sociedad sana o, en su defecto, de toda persona bien nacida. De hecho, esa empatía debería servir no sólo para ayudar a las víctimas de un accidente ferroviario, sino para hacer frente a todo tipo de problemas colectivos. Por ejemplo, para impedir que la clase dirigente haga de España su cortijo y que millones de personas se conviertan en víctimas de un modelo político inviable que descarriló hace ya tiempo. A fin de cuentas, las sociedades que sólo se mueven o conmueven a golpe de catástrofe, terminan siendo adictas a la tragedia.

Les deseo a todos ustedes un buen mes de agosto.


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