Game Over

Ese veneno llamado sectarismo

Sucedió hace ya unos cuantos años, en el transcurso de una de las innumerables guerras que asolan a Somalia. Un corresponsal destacado en la zona deambulaba por las calles de Mogadiscio en busca de un reportaje cuando, de pronto, la visión de una venerable anciana somalí sentada en plena calle llorando en silencio le sobrecogió. Su rostro, cincelado por el sufrimiento, se le antojó una espléndida metáfora de la tragedia de la guerra. Y embargado por esa pietat tan propia del superhombre occidental, no dudó en acercarse a ella y preguntarle si anhelaba la paz. La anciana, apuntando sus ojos al cielo, respondió sin dudarlo que no había nada en este mundo que deseara con más fuerza. "Lo daría todo por la paz", sentenció.

Animado por la respuesta, el periodista continuó conversando con la mujer hasta que, conocedor de los planes de la ONU para la resolución del conflicto, se decidió a hacer la siguiente pregunta: "¿Para lograr esa paz aceptarías un gobierno en el que estuvieran representados todos los clanes en conflicto?". La anciana, hasta entonces afable y relajada, se revolvió y le dirigió una mirada furibunda. "¡Jamás! Antes prefiero una Somalia ahogada en sangre que perdonar a uno solo de mis enemigos", dijo. Contrariado por la respuesta, el corresponsal se apartó de ella bruscamente. Aquella agria contestación le hizo comprender que Somalia estaba condenada a una guerra eterna.

La prodigalidad del sectarismo

Es evidente que, salvando las enormes distancias que nos separan de estados fallidos como Somalia, el sectarismo está presente en otros países a priori mucho más desarrollados e, incluso, en apariencia democráticos. Y España es uno de ellos. A buen seguro si preguntáramos a muchos conciudadanos si estarían dispuestos a hacer grandes sacrificios para terminar con la crisis, no pocos responderían afirmativamente. Sin embargo, si a continuación les sugiriéramos enterrar sus diferencias y hacer causa común con sus adversarios para promover reformas políticas beneficiosas para todos, su buena disposición inicial desaparecería instantáneamente.

Unas veces a flor de piel y otras aparentemente aletargado, el sectarismo nos ha acompañado durante décadas. Pero, en nuestro caso, este secular problema va más allá del tradicional enfrentamiento entre derecha e izquierda, dando lugar a numerosas variaciones. Muestra de ello son la irreconciliables cuitas entre religiosos y anticlericales, centralistas e independentistas, estatistas y liberales, aficionados a las corridas de toros y antitaurinos, y muchas otras que me dejo en el tintero. De hecho, en nuestro país no hay sectarismo, por testimonial que sea, que no alcance en algún momento de su existencia categoría de polémica nacional.

Llegados a este punto, ni que decir tiene que casi todos los sectarismos son alimentados regularmente por los partidos políticos. Incluso son propagados, cuando no ideados, por las diversas facciones que pugnan por el poder. Lo cual ha convertido España en un gallinero, donde los problemas fundamentales, aquellos que afectan a la viabilidad de nuestro Estado-nación, son reemplazados constantemente por acaloradas polémicas. Y las trifulcas esperpénticas florecen sin descanso al calor de las más bajas emociones.       

A pesar de todo, antes de la llegada del verano se había propagado en la sociedad, o al menos en múltiples lugares de ésta, la idea de que los graves problemas que afligen a España eran de naturaleza institucional y que, por lo tanto, tenían solución si se abordaban desde la racionalidad. Desgraciadamente, la inevitable laxitud que siempre acompaña a la pausa estival parece haber apagado momentáneamente ese prometedor destello. Y España, después de la pausa estival, vuelve a ser el habitual gallinero. 

La trampa del no-pensamiento

Esta recaída coincide en el espacio y en el tiempo con los redoblados esfuerzos de la clase dirigente por imponer una nutrida agenda de polémicas en las que prevalece ese no-pensamiento tan apegado a la víscera. Así, mientras los ciudadanos, gozosamente, se enfrascan en apasionadas discusiones a cuenta de cualquier asunto, el sueño de lograr una verdadera democracia languidece olvidado por todos. Circunstancia que es aprovechada por el establishment para, en privado, reconocer abiertamente que nuestra democracia es bastante mejorable, incluso muy pobre e ineficiente. Una generosa concesión que, sin embargo, sirve para, a renglón seguido, afirmar que lamentablemente el sectarismo del pueblo español no permite pensar en mayores alegrías. Literalmente: "Tenemos la democracia que nos podemos permitir. Ir más allá sería una temeridad".

Pensar y creer no son lo mismo

La idea de que una verdadera democracia sería una catástrofe, porque dejaría en manos de un pueblo ignorante y sectario las más altas cuestiones de Estado, es una falacia. La democracia clásica, la de verdad, tiene unos mecanismos de selección y control mucho más exigentes y eficientes que los propios de regímenes no democráticos o pseudodemocráticos como el nuestro, lo que ayuda y mucho a mantener el sectarismo a raya. Y por si esto no fuera suficiente, es el único sistema conocido capaz de garantizar la convivencia entre el Estado y la sociedad abierta, evitando la injerencia de la nación política en la sociedad civil, lo cual a su vez impide, entre otras cosas, que los gobernantes alimenten discrecionalmente con dinero y favores a las organizaciones sectarias que les son afines.

Quizá algún día maduremos como sociedad y nos demos cuenta del enorme daño que nos hacemos a nosotros mismos cuando olvidamos lo importante y nos dejamos gobernar por el prejuicio, las creencias, la animadversión ideológica y el corporativismo. Construir una España moderna y próspera, de verdad democrática y justa, pasa por enterrar el sectarismo, ser generosos y promover reformas elementales que posibiliten la instauración de una verdadera democracia. De no hacerlo, deberemos apechugar con una España empobrecida, dividida y mema, al albur de una clase dirigente desconsiderada e irresponsable. En definitiva, estaremos condenados a esa otra guerra eterna entre la estupidez y la ignorancia.


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