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Lo que va de Rato a Dinamarca

Decía Elliott que los movimientos de protesta suelen surgir en la nación política cuando la distancia entre la imagen idealizada de la “comunidad” y la realidad aumenta hasta lo intolerable. Y que cuando tal cosa ha sucedido en la Europa moderna, han sido los movimientos de protesta desde arriba, y no los movimientos populares, los que han provocado la “mutación en el Estado”. No obstante, añade, el verdadero problema surge cuando estas iniciativas pierden el paso frente a otras manifestaciones de descontento, simultáneas o complementarias, que tienen su origen en injusticias religiosas, fiscales o sociales y que son protagonizadas por la sociedad en general. (Y aquí Elliott cita a Bacon) “Entonces se da el peligro, cuando los poderosos esperan hasta que se enturbien las aguas, para manifestarse”.

El ineficiente modelo institucional, la arbitraria planificación económica y unas organizaciones informales fuera de control parecen desenvolverse al margen de la sociedad

Salvando las distancias, la referencia no puede ser más oportuna en la España actual, en la que el ineficiente modelo institucional, la arbitraria planificación económica y unas organizaciones informales fuera de control parecen desenvolverse al margen de la sociedad, generando un profundo descontento. Por más que la clase dirigente confíe en la secular actitud contemplativa de los españoles para trasladar la engañosa idea de que la situación, pese a todo, no es tan grave como pudiera parecer y que bastará con una mejoría económica para salir del apuro, el grado de desquiciamiento en el que se haya sumida la nación es tal, que, en efecto, como apuntaba Fernando Díaz Villanuevaen este post, uno puede llegar a la conclusión de que el problema no es solo de orden económico, ni solo político, sino que es de orden filosófico.

Y algo de cierto hay en tal observación, pues diríase que en España hemos llegado a un punto en el que no hay ni una sola convención correcta que sea compartida por la mayoría. Y, al carecer de anclajes fundamentales, estamos siendo arrastrados por un torbellino de ideas finalistas, deslavazadas, inconexas y tan disparatadas como incompatibles entre sí. De hecho, por carecer carecemos incluso de una idea de España que podamos expresar sin caer en la confrontación.

La imagen que los españoles proyectamos hoy es tan compleja, tan caótica y difusa, tan llena de aristas y recovecos, que ni poniéndonos frente a un espejo somos capaces de reconocernos. Ante esta falta de identidad, es lógico que busquemos modelos en los que inspirarnos. Así, se comprende que de un tiempo a esta parte las referencias a Dinamarca sean una constante. Desgraciadamente, si bien la idea de imitar a los daneses puede parecer sugerente, en la práctica es un imposible. Y es que el hecho de que Dinamarca sea hoy sustancialmente mejor que España no se debe en lo fundamental a su modelo político y económico, que, por otro lado, no puede ser trasplantado tal cual, sino a las convenciones que lo posibilitaron. Y sin estas convenciones, importar determinadas soluciones será colocar el carro delante de los bueyes.

No se trata de que los españoles nos convirtamos en daneses sino que tomemos de ellos algunas de sus convenciones

Así pues, no se trataría de que los españoles nos convirtiéramos en daneses sino que tomáramos de ellos algunas de sus convenciones, en especial aquellas que les han permitido evolucionar hasta llegar a beneficiosas peculiaridades que en España son inimaginables, como, por ejemplo y por mencionar lo más práctico, que las relaciones entre sindicatos y patronal se basen en la cooperación y no en la confrontación, o que el mercado laboral sea totalmente flexible, lo que redunda en un reparto más equitativo del trabajo y, por tanto, de la riqueza, y evita la odiosa división entre trabajadores de primera y trabajadores de segunda; es decir, entre ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda.

La debilidad de las leyes frente a la fuerza de los incentivos

Tal y como explicaba Juan Manuel Blancoen este otro post, en España cada vez son más las voces que claman por un proceso constituyente, por la redacción de una nueva Carta Magna que subsane los errores de la actual carta otorgada. Pero, como añade Blanco, quizá esto tampoco sea suficiente. Enla historia abundan las reformas constitucionales que, pese a haber sido realizadas con la mejor de las intenciones, fracasaron estrepitosamente. Y es que, en efecto, hay marcos legales que funcionan en unas sociedades pero que, sin embargo, no funcionan en otras. La cuestión es averiguar el por qué.

Para explicar esta circunstancia, se ha recurrido hasta la saciedad al argumento de la idiosincrasia de los pueblos, a su devenir cultural e, incluso, a la genética. Así lo explicitó Ortega y Gasset cuando, en España invertebrada, alude a los visigodos germanos alcoholizados de romanismo que, en plena decadencia, llegan dando tumbos a España. O Max Weber, que en La ética protestante y el espíritu del capitalismo justifica las diferencias en el desempeño económico entre unas comunidades y otras en base a si son católicas o protestantes, es decir, en función de su religión, quedando resumida su “ética de la responsabilidad” en el proverbio de que los protestantes comen bien mientras los católicos duermen bien. Un argumento este último, el religioso, que Acemoglu y Robinson se encargan de desmontar en Por qué fracasan las naciones.

Lo que determina la conducta de una sociedad no son las leyes vigentes sino las pautas de comportamiento que los individuos interiorizan en su proceso de adaptación al orden social

Para desechar definitivamente las “teorías fatalistas”, una de las claves nos la da North al distinguir entre organizaciones formales e informales y señalar que, en la práctica, las segundas pueden imponerse a las primeras. Y es que lo que determina la conducta de una sociedad no son las leyes vigentes sino las pautas de comportamiento que los individuos interiorizan en su proceso de adaptación al orden social. Que son los incentivos reales (sean estos moralmente aceptables o no), más que las normas formales, los que influyen en nuestras decisiones, y también las expectativas que tengamos respecto a lo que harán los demás ante determinadas situaciones u oportunidades. Son, por lo tanto, las organizaciones informales (partidos políticos, lobbys, sindicatos, patronal, asociaciones profesionales, cuerpo funcionarial, etc.) las que finalmente imponen las reglas mediante las que cualquiera puede ser promocionado, ascendido o expulsado del juego. De esta forma, y no por la vía de la singularidad o la maldad intrínseca, se explica lo sucedido con Rodrigo Rato y con infinidad de personajes relevantes, cuyos “méritos” estamos conociendo hoy gracias a algunos medios de información, y de otros muchos aún anónimos, pero cuyos nombres tarde o temprano aflorarán. También se explica así la decrepitud de los grandes partidos políticos, de la Justicia y, en general, de las instituciones, desde las más elevadas a las más elementales, y las sospechas cada vez más fundadas de que la corrupción es la esencia de nuestra nación. Incluso podemos explicar en no pocos casos nuestra conducta particular.

Así pues, regenerar una sociedad no es tan sencillo como promulgar nuevas constituciones o “girar con frenesí la manivela del BOE”. Las leyes por sí solasno convierten la perversión en virtud. Tampoco la ingeniería genética, salvo que nos parezca una buena idea vivir en un mundo de clones. Y menos plausible parece aún que podamos transformarnos en daneses, por más que fotocopiemos cada una de sus recetas económicas. Una sociedad como la nuestra, que ha interiorizado reglas perversas, es refractaria a cualquier medida finalista contraria al orden informal establecido.

Lo que sí puede hacer de España una nación más equitativa y solvente, más justa y eficiente, es empezar por el principio; esto es, instaurar las convenciones correctas

Lo que sí puede hacer de España una nación más equitativa y solvente, más justa y eficiente, es empezar por el principio; esto es, instaurar las convenciones correctas. Por ejemplo, que la Democracia no es un sistema de poder sino un sistema para controlar al Poder; que las instituciones deben ser neutrales e impersonales; que lo importante es lo que uno conozca y no a quién conozca; que más allá de la disyuntiva de si el Estado es necesario o no, lo prioritario es que éste no desborde determinadas líneas rojas; que lo que hace cada uno en su ámbito particular también cuenta; en definitiva, que el orden social se asiente sobre convenciones claras y sólidas: infranqueables en la medida en que serán compartidas y preservadas por la sociedad. Porque, en contra del pensamiento dominante, un puñado de convenciones correctas valen mucho más que la mejor educación posible. De hecho, como señaló Paul Johnson, la Alemania de la década de 1930 era la nación mejor educada del mundo y, sin embargo, alumbró el nazismo. 


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