Game Over

2013, última bola de partido

Cumplido el primer año de gobierno del Partido Popular, Mariano Rajoy, arropado por los suyos, aprovechó un acto de partido para sacar pecho y afirmar que "los grandes pilares de nuestro compromiso electoral con el conjunto de los ciudadanos se están llevando a buen término". Para corroborar tan temeraria afirmación, aludió a la reforma del mercado laboral, las medidas dispuestas para hacer frente al déficit tarifario, la simplificación de algunos procedimientos administrativos, la Ley de transparencia y la puesta en marcha de un grupo de trabajo para diseñar la reforma de las administraciones. Sólo al final el Presidente se avino a reconocer haber tenido que tomar algunas decisiones impopulares. Eso sí, se ahorró ponerles nombre y apellidos. Pero es obvio que se refería a la subida de los impuestos, las baterías de recortes y el incremento de las pensiones por debajo de un IPC ya de por sí artificialmente descafeinado.

Un 2012 deprimente que da paso a un 2013 decisivo

Más allá de las valoraciones del Presidente, 2012 ha sido para el ciudadano de a pie un año siniestro, durante el cual, además del incumplimiento de las promesas electorales y el brutal choque contra la realidad de una sociedad anclada en las convenciones de una época ya finiquitada, ha pesado y mucho el distanciamiento del Gobierno de esa calle por la que deambulan sin rumbo casi seis millones de parados. Este divorcio entre opinión pública y Ejecutivo se ha visto agravado por la dedicación casi absoluta de Rajoy al tira y afloja con Bruselas, a cuenta de la reducción del déficit, el rescate bancario y el hipotético rescate financiero del Estado. A lo que no ha ayudado mucho la falta de ejemplaridad y los despropósitos en la política doméstica, como son, por ejemplo, el culebrón en que ha degenerado el control del déficit tarifario, el secuestro de la Justicia perpetrado por Alberto Ruíz-Gallardón con su abominable Ley de tasas judiciales y la escandalosa reforma del sistema de elección del CGPJ, que liquida definitivamente la independencia del Poder Judicial y da el tiro de gracia al sueño de la regeneración democrática.

En lo que se refiere a decisiones políticas más cercanas a la sensibilidad del común, tan frecuentemente rayanas en la demagogia y el populismo, queda en el haber de Mariano Rajoy el Real Decreto que paraliza los desahucios durante los dos próximos años y la creación de un parque de viviendas de alquiler a un precio social. Cataplasmas que sirven para poner de relieve el drama en que estamos inmersos y que son muy poca cosa en un país tan acostumbrado a la salvaguarda del Estado. ¿Cuándo se darán cuenta los ciudadanos que lo que ha hundido a este país y a ellos mismos es la creencia de que siempre habrá una puerta de atrás para huir de la realidad?

Mucho por hacer, por no decir casi todo

Siguiendo la estela del Presidente del Gobierno, la vicepresidenta primera, Soraya Sáenz de Santamaría, adelantó que en 2013 se producirá la liberalización de “determinados servicios” en Energía y en Telecomunicaciones. Hacen falta hechos y no apalabras, querida señora. Es obvio que urge una mayor competencia sectorial –que deberá ir acompañada pari passu de una racionalización de las administraciones públicas hasta ahora casi inédita–, en especial en los cuasi oligopolios de las petroleras, las eléctricas y telecos, que influyen y mucho en nuestra competitividad. Cosa harto difícil, habida cuenta de la estructura piramidal de la economía española y de los estrechos lazos que unen a los partidos políticos y las grandes empresas de estos sectores estratégicos. También es inaplazable poner fin a esa híper inflación legislativa de las comunidades autónomas, incompatible con la unidad de mercado. Y hay que denunciar que, a fecha de hoy, las Comunidades Autónomas sólo han cerrado 198 empresas de las 675 que tendrían que haber liquidado; que la Deuda Pública sigue desbocada y superará con creces en muy poco tiempo el 100% del PIB; que el ahorro de los españoles se está desplomando (22,9% de 2008 a 2011) y que España ocupa el puesto 136 de un ranking de 185 países en lo que se refiere a las dificultades para crear una empresa (informe Doing Business 2013). Así pues, optimismo a un lado, queda casi todo por hacer, querida Soraya.

2013 es pues, casi con toda seguridad, la última bola de partido; 12 meses cruciales en los que comprobaremos si Rajoy, por fin centrado en la política interna, está dispuesto a enfrentarse a los innumerables intereses creados, a los enemigos emboscados dentro de sus propias filas, a los soberanismos suicidas y a esas tentaciones del corto plazo, que reducen la política a la prestidigitación, a la demagogia y a la mentira. Entretanto el de Compostela deshoja la margarita y entiende que el mejor optimismo es el que nace por la vía de los hechos, los ciudadanos, por si tuviéramos poco de qué preocuparnos, habremos de cuidarnos de las tentaciones totalitarias, dentro de las cuales ha de incluirse en lugar destacado el órdago soberanista catalán, y los cantos de sirena de las ideologías enterradas bajo los escombros del Muro de Berlín. Nuestra lucha no es contra el Capitalismo, que, dicho sea de paso, no es ninguna ideología, sino contra la subordinación de la democracia a los intereses de unos pocos, sean estos un puñado de magnates, amplios colectivos o las castas políticas segregadas. Pues para todos ellos, los hombres libres son siempre un obstáculo.

Un punto de inflexión

2012 también ha sido el año en el que, por fin, nos hemos enfrentado cara a cara a la cruda realidad: la de un país al borde del colapso, sin crédito, con una Constitución desbordada por todos sus flancos y unas instituciones que piden a gritos ser reformadas. Por ahora, mal que bien, en un primer asalto el actual gobierno –con Draghi como aliado– ha evitado el rescate total del Estado. Rescate que, digan lo que digan, sería un desastre para el ciudadano de a pie –ahí está el ejemplo de Grecia–, ­y no tanto para ese establishment que ansía sea solicitado. Ahora ya sabemos que el acuerdo suscrito entre Merkel y Rajoy pretende retrasar para después de ese mismo mes de 2013 cualquier solicitud de rescate. Pero lo más importante es que este 2012 que ahora termina ha sido el año en el que, gracias a la presión de la opinión pública y a la existencia de los medios digitales, se ha roto el corsé del debate económico y ha salido a la palestra la reforma del modelo político, hasta ayer silenciada, que es el nudo gordiano de esta crisis interminable.

Sin embargo, para unos, esta reforma se reduce a la recentralización del Estado. Y para otros, se trata sólo de implantar un modelo federal que, a su juicio, pondría fin a los conflictos soberanistas y garantizaría una mejor gestión política de las regiones. Pero aún son pocos los que ven las reformas desde un punto de vista más amplio, ambicioso y, por qué no decirlo, responsable y pragmático. Es decir, como medio para transformar España en un Estado abierto, de libre acceso a la política y a la economía; de igualdad ante la ley y de igualdad de oportunidades. La llave hacia una sociedad mucho más equitativa, dinámica, flexible y, sobre todo, estable y resistente a los cambios de ciclo. De cara a 2013, habrá pues que seguir perseverando. Y para ello, cuento con ustedes, los lectores y opinadores de esta modesta columna. Ciudadanos dignos, inteligentes y capaces de ver más allá de sus narices.


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