Game Over

La transformación del periodismo

Estamos en 2015, es decir, ya hemos consumido década y media del Siglo XXI. En estos quince años los cambios tecnológicos se han sucedido vertiginosamente y la sensación general es que estamos incursos en un gran proceso de transformación, una montaña rusa cuyos vagones cada vez circulan a mayor velocidad. El mundo cambia, y lo hace en gran medida para disgusto de una parte importante de la sociedad que mira con recelo y con gran preocupación cómo las viejas reglas del juego empiezan a desmoronarse.

Es el modelo político español un sistema agotado, un muerto viviente que por alguna extraña razón aún se mantiene en pie

Mientras las sociedades más abiertas, aquellas con sólidas y arraigadas convenciones democráticas, con instituciones más neutrales y acostumbradas a primar la competencia en detrimento del favor, asimilan de mejor o peor grado los shocks, otras más cerradas se resisten de manera contumaz. Condicionadas por órdenes políticos y sociales cerrados y renuentes a los cambios, en estas últimas las viejas reglas prevalecen. Tal es el caso de España, país todavía a merced de un orden viejo siempre dispuesto a neutralizar cualquier proceso de transformación.

Es el modelo político español un sistema agotado, un muerto viviente que por alguna extraña razón aún se mantiene en pie. Pero no es el único zombi. En estrecha simbiosis con él, como las bacterias que se alimentan de un cadáver, sobreviven a duras penas e inasequibles a los cambios sectores fundamentales, algunos de ellos claves a la hora de mantener la ficción de que, pese a todas sus disfunciones, España progresa adecuadamente. En efecto, estoy hablando del periodismo.

Internet como oportunidad

Para quienes como un servidor ha recalado en el periodismo procedentes de otros sectores, llama poderosamente la atención la difícil relación que no pocos periodistas mantienen con Internet. Muchos de ellos, y también numerosos gestores, ven la Red como un entorno perverso al que se han visto abocados por culpa de la evolución tecnológica y del mercado; un ecosistema hostil y, a ratos, incomprensible en el que proliferan las amenazas para la profesión y para la rentabilidad de los diarios. Es decir, ven Internet como una amenaza y no como una oportunidad para revitalizar el noble oficio de informar.

En España no es inusual escuchar de boca de un redactor experimentado que las redes sociales son un engorro de escasa utilidad. O a un gerente afirmar sin rubor que los malditos agregadores deberían pagar por enlazar contenidos, pues es incapaz de entender que cada vez que un agregador enlaza una de sus noticias le está proporcionando a modo de compensación una importante audiencia adicional. Tampoco es una rareza que los periodistas estén ausentes de las redes sociales o que los que sí están presentes infrautilicen sus cuentas. Incluso, para los más estupendos, obviar las redes sociales es, además de un alivio, una demostración de suficiencia.

Cierto es que gracias a Internet, aparentemente, no es condición imprescindible ser periodista para informar, analizar y opinar. Y que los blogueros competentes pueden acaparar un importante volumen de tráfico en detrimento, se supone, de quienes son profesionales de la información. Además, los agregadores y las redes sociales no hacen sino acrecentar la sensación de fragilidad del sector al descentralizar el flujo de información y sustraer su control a un selecto grupo de portales. Para remate, cada vez es más numeroso el público que accede a las noticias sin pasar por las portadas de los diarios digitales, y entra dentro de lo posible que dentro de unos años invertir en una estructura web convencional sea algo en desuso.

Es comprensible que algunos lleguen a pensar que el periodismo está abocado a un cambio de paradigma, cuando no a la desaparición

Visto todo lo anterior, es comprensible que algunos lleguen a pensar que el periodismo está abocado a un cambio de paradigma, cuando no a la desaparición. Al fin y al cabo, el viejo y hermético ecosistema, donde no había lugar a interferencias y los periodistas vivían relativamente a salvo de la injerencia del profano, donde los grandes grupos controlaban el flujo de información y el público se limitaba a elegir un diario u otro o a sintonizar un canal u otro dentro de una oferta muy limitada, ha pasado a mejor vida.

Hoy el público no se limita a seleccionar un periódico de entre un puñado de cabeceras, para luego leerlo tranquilamente en su casa o en la cafetería, sino que accede a la información a través de diferentes dispositivos, en cualquier momento y en cualquier lugar. Es decir, no está aislado en el “exterior”, esperando pacientemente a que la información le llegue ya seleccionada y envuelta con un lazo. Vagabundea dentro de Internet, donde el flujo de información es infinitamente mayor que en el ecosistema tradicional. Y no solo selecciona contenidos sino que los atomiza, discrimina, propaga e, incluso, modifica, subsana o completa, ayudado por buscadores y agregadores e integrándose en las redes sociales y la blogosfera.

Pero no hay que dramatizar. Es mucho más que improbable que el periodismo vaya a desaparecer. De hecho, en mi opinión, ni siquiera está abocado a un cambio en sus reglas fundamentales, tal y como algunos visionarios apuntan. Tan solo ha de reaprender la forma de relacionarse con el público. Por más que existan blogueros extraordinariamente hábiles, nunca informarán más y mejor que un diario con profesionales competentes y especializados. Lo que sucede es que los primeros se han adaptado mucho mejor al nuevo entorno que los segundos. Así pues, la solución es comprender y asumir las nuevas reglas.

Camino a la perdición

Todo lo anterior, por más que a muchos les inquiete, es de prever que se subsane, a base de arduos y duros procesos de prueba y error, en cuanto las anquilosadas estructuras jerárquicas y decimonónicas quiebren y dejen paso libre a otros modelos mucho más descentralizados y dinámicos: verdaderas startup de la información. Sin embargo, lo que es verdaderamente preocupante es que el periodismo viva esclavizado al viejo modelo político y que camine de su mano por la senda de la perdición. Que España no sea un país “normal”, con unas instituciones neutrales y solventes, donde cada agente cumpla su función. Y que, en consecuencia, carezcamos de una economía abierta y dinámica, donde florezcan las empresas. En definitiva, lo grave es que el nuestro sea un sistema de acceso restringido, donde las empresas fuertes y solventes ­–esto es, los anunciantes– no abunden,  y los consumidores, en gran medida instalados en la precariedad y la incertidumbre, no estén muy dispuestos a pagar por contenidos, máxime cuando desconfían de los medios de información.

Si hay una profesión que para sobrevivir necesite que España se transforme en una sociedad de verdad abierta, esa es la de periodista

Hasta cierto punto es comprensible la resistencia a la transformación, en tanto que ésta siempre conduce a lo desconocido. El miedo a los cambios es parte de la condición humana. Sin embargo, cabría esperar una mentalidad mucho más valiente, abierta y pionera en sectores que, quieran o no, viven instalados en la frontera de la innovación y cuyo cometido es vital, tal cual es el caso de los medios de información. Además, si hay una profesión que para sobrevivir necesite que España se transforme en una sociedad de verdad abierta, esa es la de periodista.


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