Game Over

La traición de la clase media

En uno de los vértices que conforman el nuevo triángulo empresarial del madrileño barrio de Las Tablas, se encuentra el llamado Distrito Telefónica, sede de la conocida multinacional española. Un complejo de nada menos que 370.000 metros cuadrados, de los cuales 140.000 están edificados.

Allí, junto a 13 edificios de oficinas, en los que trabajan 12.000 empleados, hay una policlínica, una óptica, una farmacia, sucursales bancarias, una tienda Movistar, un despacho de loterías y un mini Corte Inglés de 1.000 metros cuadrados, además de gimnasios, cafeterías y guarderías. 

Por si todo lo anterior no fuera suficiente, la operadora y el consorcio de transportes de la región de Madrid alcanzaron un acuerdo para llevar el Metro hasta el distrito. Y a tal efecto se construyó una estación en el interior mismo del complejo. Para lo que Telefónica aportó, dicen, 14 millones de euros.

La frontera invisible entre clases medias completamente distintas

Más allá, hacia el Suroeste, cerca de este complejo coexiste otro ecosistema, también con edificios de oficinas, algunos ocupados por empresas de cierto tamaño y otros compartidos por infinidad de pequeñas y medianas empresas. Desgraciadamente, para quienes trabajan allí, la estación de Metro que Telefónica “proporcionó” a sus empleados se encuentra demasiado lejos, a unos 30 ó 35 minutos andando. Por lo que, para ir y venir del trabajo, hay que recurrir al automóvil, dar vueltas y vueltas en busca de aparcamiento y, si no se tiene cuidado, recibir alguna que otra denuncia de los chicos del Ayuntamiento. En cuanto a cafeterías, pocas. Y gimnasios, centros comerciales o guarderías, que se sepa, ninguno.

Difícil saber el número de personas que trabaja en ese otro “distrito”, pero no es descabellado imaginar que al menos sea un cifra cercana a la del Distrito Telefónica. En cuanto a los perfiles de quienes están a un lado y al otro de esa imaginaria frontera, son muy parecidos: similar educación, habilidades equiparables y aspiraciones en línea con la clase media. 

En estos tiempos el totalitarismo no se confía ya a las fallidas ideologías fuertes, sino a las gelatinosas ideologías débiles, promovidas por el poder de las comunicaciones

Pese a todo, se trata de dos clases medias distintas. Y es que quienes tienen contratos indefinidos en los grandes oligopolios españoles y, también, los que están en la nómina de las Administraciones Públicas, ocupando plaza de inspector de Hacienda, abogado del Estado, profesor, médico, enfermero o auxiliar administrativo, no sólo han tenido su puesto de trabajo asegurado durante estos casi ocho años de crisis, sino que además disfrutan de numerosas prestaciones. Incluso, a los más afortunados, les llevan el transporte público a la puerta. Mientras que los que están en ese sector cada vez más testimonial, el sector privado puro y duro, han de buscarse la vida. 

Y allí, en Las Tablas, como en un laboratorio a pie de calle, se puede apreciar con nitidez esta realidad: la existencia de dos clases medias muy distintas. La clase media de quienes viven al amparo de un Estado corporativo, constituido por las Administraciones Públicas y las corporaciones protegidas por los legisladores. Y la clase media de quienes están a la intemperie, al otro lado de esa frontera invisible. 

El triunfo del Estado y las ideologías gelatinosas

Si la nuestra fuera una sociedad de verdad abierta, basada en la libre competencia, el mérito y el esfuerzo; sin barreras de entrada, trabas ni cortapisas, donde las relaciones impersonales se impusieran desde las propias instituciones, que tales diferencias existieran, en vez de un agravio, sería un acicate. Pues todo hijo de vecino sabría que tendría su oportunidad para llegar arriba o, al menos, lo más arriba posible. Y la cima no sería un minúsculo club de alterne, como ahora, reservado a unas numerosas minorías, sino un espacio amplio y libre, donde habría sitio para muchos, aunque no para todos, porque la vida es y será siempre imperfecta. 

Pero España no es una sociedad abierta. Y, por lo que parece, tiene muy pocos visos de serlo algún día. De hecho, las grandes partidos, los que ocupan o han ocupado el poder anteriormente y los que aspiran a sucederles, tienen, en esencia, un discurso demasiado parecido. En todos ellos hay una compulsión estatista, con constantes guiños a esas clases medias que de una forma u otra conforman orgánicamente el Estado, bien sea desde dentro del propio Estado, bien desde la corporación que recibe el favor político. Y por más que apelen a esa abstracción que llaman “clase trabajadora” –que no es más que la tercera clase media en discordia, la aspiracional–, saben bien que donde el poder se gana y se pierde es en el campo de batalla de las clases medias, especialmente en el de aquellas que más dependen del BOE.

Ello explicaría que la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, una vez lanzada la consigna de que lo peor de la crisis había pasado, se apresurara a deshacerse en elogios hacia los funcionarios, por los grandes sacrificios que, a su juicio, habían realizado. Cuando resulta que han sido las pequeñas y medianas empresas, microempresas y autónomos, los que se han comido el marrón del ajuste, perdiendo en muchos casos hasta la camisa y soportando un paro superior al 25%. Sin embargo, la reducción salarial y la pérdida de alguna que otra paga extraordinaria, quebrantos que sin dudar habría aceptado el hombre de la calle con tal de evitar verse abocado a la indigencia, eran, para esta abogada del Estado en permanente excedencia, el mayor acto de heroísmo que habían visto sus ojos. Y todos, incluso aquellos que dormían debajo de un puente, debían estar agradecidos.  

Y es que la diferencia entre los viejos partidos y los que vienen empujando está, en todo caso, en que si bien los primeros abogan por mantener una separación formal, aunque ficticia, entre el Estado, los grandes negocios y los intereses de grupo, es decir, entre lo público y lo privado, y mantener con un hálito de vida a la clase media, para parasitar de ella; los segundos quieren un Estado absoluto, en el que cualquier separación, incluso la más sutil, desaparezca.

Como decía Magris, en estos tiempos el totalitarismo no se confía ya a las fallidas ideologías fuertes, sino a las gelatinosas ideologías débiles, promovidas por el poder de las comunicaciones. Pensamiento sin sustancia o, en su defecto, oportunistas puestas al día de lo viejo, a mayor gloria del nihilismo, del fin de los sistemas de valores y de los propios valores. De ahí que hasta la clase media haya terminado por parasitarse a sí misma.


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