Game Over

Para que el sol prevalezca

En junio de 2013, John Huxtable Elliott (Reading, 1930), prestigioso historiador e hispanista, Regius Professor Emeritus en la Universidad de Oxford y Honorary Fellow del Trinity College y autor, entre otros libros, de The Revolt of the Catalans o Empires of the Atlantic World: Britain and Spain in America 1492-1830, se quedó estupefacto al conocer el contenido de las jornadas tituladas España contra Cataluña, organizadas por el Centro de Historia Contemporánea de Cataluña

Consultado sobre cuál era su opinión respecto de ese simposio, Elliott, que como buen británico es un tipo flemático, respondió lacónicamente: "No vale la pena ni hablar de ello. Solo con conocer el título ya sé que no me interesa. Es muy poco histórico y no tiene ninguno rigor. Es un disparate".

No solo el título del simposio le dejó de una pieza. También el prólogo de la circular, cuyo lenguaje chusco, casi abertzale, degradaba Cataluña a la categoría de mera colonia, como si los catalanes fueran lelos y no estuvieran integrados en la sociedad española como iguales sino como esclavos. Y también, como si las élites catalanas no hubieran influido en el devenir de la nación española, aportando –en ocasiones, imponiendo– su visión y dando forma, o deformando, al Estado-nación que hoy conocemos. En definitiva, España era Esparta. Y los catalanes, sus ilotas.

No es de extrañar, por tanto, que Elliott, con su enciclopédico conocimiento, no solo de la historia de España en general, sino de Cataluña en particular, se sintiera profundamente decepcionado. No era para menos. Había dedicado cincuenta años de su vida a arrojar luz sobre esa cuestión crucial para la comprensión de España que es la unidad y la diversidad, y la unidad en la diversidad, dejando constancia de que las relaciones entre la Corona y sus diversos territorios se basaban en acuerdos bilaterales y en leyes muchas veces no escritas. Y también, que las guerras dinásticas no podían en modo alguno entenderse como conflictos nacionalistas, porque una cosa era la institución de la monarquía, sus valedores y los intereses particulares de estos. Y otra distinta la principal y más compleja de todas las instituciones: la sociedad española.

Que John Huxtable Elliott se mostrara disconforme con el relato independentista no era imprescindible, desde luego, pero sí definitivo, en tanto en cuanto dejaba claro quiénes habían perdido la cabeza. Y es que Elliott no solo es un hispanista brillante (quizá el más brillante de los últimos tiempos), empírico y exquisitamente minucioso, sino que además cuenta con la ventaja de observar España desde dos perspectivas distintas: la del estudio de su historia y la del conocimiento de su presente. 

Testigo de excepción de una transformación sin final feliz

La primera vez que Elliott pisó tierra española fue en junio de 1950, como miembro de un grupo de doce estudiantes que cursaban su primer año de licenciatura en la Universidad de Cambridge. Y aunque quedó impresionado por la amabilidad de casi todo el mundo, le llamaron la atención las profundas cicatrices que habían dejado la Guerra Civil y el retraso económico de un país que parecía más próximo a la España de 1840, descrita por George Borrow, que a esa Europa occidental, que se recuperaba de la devastación de la Segunda Guerra Mundial. Estas impresiones iniciales se vieron reforzadas con posteriores visitas en 1954, 1955 y 1956, años en los que preparó su tesis doctoral sobre la rebelión catalana de 1640.

Muchas fueron las anécdotas que Elliott vivió en la España del franquismo. Como aquella en la que, mientras esbozaba una acuarela del castillo de Simancas, se le acercó un campesino desconfiado, convencido de que aquel joven extranjero era un espía francés (como "sombras de la era napoleónica" catalogaría más tarde ese suceso). O esa ocasión, en la que, de visita en la capilla de un convento de Castilla la Vieja, una monja, tras averiguar que él era protestante, le reprendió por profesar una religión auspiciada por un monarca impío y polígamo como Enrique VIII. O cuando, de visita en Cataluña, preguntó en catalán a un guardia de tráfico y éste le contestó irritado: "Hable la lengua del imperio".

Pero no todo fueron anécdotas anacrónicas. Elliott también fue testigo de excepción de la emergencia de una sociedad más tolerante y abierta, que con el tiempo iría cristalizando. Hasta que en la década de 1970 se desencadenó una transformación sin precedentes.

Sin embargo, no fueron las negociaciones a puerta cerrada de un puñado de herederos del franquismo y políticos asimilados lo que hizo posible que durante un tiempo la libertad y el progreso estuvieran al alcance de la mano –esa es la versión de la España oficial heroica que hoy hace aguas por todas partes–, sino que el verdadero motor del cambio fue sociológico, de base. Y su ingrediente más valioso fue la renuncia de las personas corrientes al monólogo que había convertido España en una nación dividida, ensimismada, anacrónica y enferma de sectarismo.

Lamentablemente, la ausencia de una verdadera cultura democrática, y la creencia de que el voto lo es todo, permitió a la España oficial dar gato por liebre, y suplantar la democracia formal por una dictadura de partidos travestida de Estado social, con derechos y prestaciones "gratuitas" con las que comprar el silencio del pueblo. A partir de ahí, todo, absolutamente todo, incluida la integridad territorial, quedó al albur de los opacos manejos de los grupos de poder que se habían repartido el Estado.

Si los dirigentes pierden la cabeza, el pueblo ha de usar la suya

Hoy, la mala noticia es que la democracia formal aún no ha llegado. Pero también hay otra buena, que no todo en la Transición fue mentira, pues la capacidad de los españoles para dialogar, ser generosos y mantenerse unidos fue verdadera. Cualquiera que haya vivido las décadas de 1970 y 1980 sabe que es cierto.

Bastaría pues con mirar a nuestro pasado inmediato para descubrir que solo la unión transversal, generosa y desideologizada, nos permitirá colocarnos a la vanguardia de las democracias. Cierto es que semejante demostración de valor e inteligencia no parece que vaya a llegar de la mano de los nuevos partidos políticos (de los viejos, ni hablamos), demasiado débiles y personalistas como para ser cooperativos y enfrentarse al régimen frontalmente. Deberá ser el común quien, evitando caer en el separatismo, el populismo bolivariano, el sectarismo y el monólogo, termine imponiendo esta agenda.

Difícil pero no imposible, al menos no para Elliott. De ahí que nos dejara este recado: "Corresponde a los mismos españoles decidir en qué tipo de España han de vivir. Ojalá sea una España abierta, generosa y tolerante, que se inspire en lo mejor de su pasado y no en lo peor. Ya ha habido bastante sombra en su historia y, como alguien que ama y admira este país, espero fervientemente que el sol prevalezca".


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