Game Over

La sociedad culpable

Desde que los efectos de la crisis afloraron con toda crudeza y, con ellos, la España política se dio cuenta con estupor de que sus vergüenzas estaban a la vista de todos, incluso de aquellos que se negaban a verlas, extender el concepto moral de “culpa” más allá de las altas instituciones, involucrando por activa y por pasiva a esas otras más elementales, como puede ser la familia y, desde ahí, a cualquiera que pasara por la calle, ha sido una constante. 

Cuanto más evidente se ha ido haciendo la corrupción del modelo político, mayor empeño ha habido por parte de la clase política en desplazar la responsabilidad a la sociedad española

En efecto, cuanto más evidente se ha ido haciendo la corrupción del modelo político, cuando incluso los prohombres hasta ayer mitificados se han visto involucrados en los escándalos más bochornosos, mayor empeño ha habido por parte de la clase política en desplazar la responsabilidad de tanto desafuero a la sociedad española en su conjunto.

Desde el propio Gobierno, a lo largo de esta legislatura, se ha propagado todo tipo de acusaciones, casi nunca sustanciadas de forma convincente. Al más puro estilo del "calumnia que algo queda", se ha asegurado que 200.000 trabajadores estafaban al sistema de salud obteniendo fármacos de manera gratuita mediante la cartilla sanitaria de un familiar pensionista; que hay entre nosotros demasiados consumados maestros que engañan a las compañías aseguradoras con siniestros amañados; que el fraude fiscal es una constante, en especial entre los empresarios, profesionales liberales y autónomos; y, para terminar esta breve muestra, la última, que uno de cada cinco parados y el 10% de los ocupados cobran en negro. En definitiva, que somos –los de “abajo”– el vivo retrato de la desvergüenza. Y que, entonces, de lo otro vayamos a reclamar al maestro armero.

No se trata de negar la veracidad de informaciones tan oportunas como sensacionales, sino evitar caer en la trampa de tomar el todo por una parte. Porque el hecho de haya quien engañe a la compañía que asegura su automóvil no implica que tal cosa sea ni mucho menos una práctica extendida. Como tampoco puede tomarse como evidencia inapelable que, según un determinado estudio, la mayoría de españoles tengan el convencimiento de que los autónomos defrauden por sistema al fisco. Al fin y al cabo –he aquí la trampa– se trataría de una percepción y no de una evidencia. Y es más que posible que tal percepción sea errónea (afuerza de ser amplificada por reiteradas “informaciones” al respecto) y, por tanto, que la cifra real de defraudadores sea bastante menor de lo que algunos quieren que pensemos.

El caso es poner en cuestión los mimbres con los que, en teoría, se hace ese cesto más grande que llamamos instituciones, es decir, lo ya sabido, que los políticos no vienen de Marte

El caso es poner en cuestión los mimbres con los que, en teoría, se hace ese cesto más grande que llamamos instituciones, es decir, lo ya sabido, que los políticos no vienen de Marte sino que proceden del mismo lugar que el resto de los mortales. Así pues, si la sociedad es manifiestamente corrupta desde su base, deberíamos ser comprensivos con los escándalos que se producen, un días sí y otro también, en las alturas.

Esa sería una idea, pero no la más importante. La fundamental es que el fallo no estaría en el sistema, es decir, en nuestro modelo político tal cual está concebido, sino que sería la idiosincrasia de este pueblo el origen del problema. Por lo tanto, lo mejor sería no exagerar en las soluciones. Bastaría, pues, con hacer una renovación “sensata” y comedida de los agentes políticos, algunas reformas controladas (por ejemplo, la omnipresente reforma tributaria para que el Estado, o el pesebre, no quiebre) y cambiar algunos incentivos, para que la crisis política y económica desaparezca. En definitiva, se trataría de vendernos una maniobra reformista bastante prudente que, de una parte, limitaría su impacto en la clase dirigente y, de otra, mantendría en lo sustancial el actual statu quo y sus poderosas inercias.

Sin embargo, el argumento que la sustenta: que la sociedad española y sus instituciones más elementales, tal cual es la familia, contribuyen decisivamente a la corrupción del sistema es una falacia de libro. No se sostiene porque a todas luces, por más que exista una parte sustancial de la sociedad española que dependa de los enjuagues políticos, del dinero del presupuesto y del favor y la picaresca, o que crea que con más Estado se acabará el problema, resulta evidente que es abajo, en la sociedad llana donde ha tomado fuerza la idea de que no podemos seguir por este camino. Pero, por más que el ciudadano común intuya que el desastre está a la vuelta de la esquina y que algo hay que hacer al respecto, su obligación no es guiar a los políticos, sino que han de ser los políticos los que le guíen. Al fin y al cabo, el españolito de a pie no puede dedicar tiempo y esfuerzo a resolver problemas institucionales sin que su economía doméstica se resienta y su familia le ponga de patitas en la calle. Desgraciadamente, y este es uno de los más graves problemas, líderes, lo que se dice líderes, tenemos muy pocos o ninguno. De hecho, la extrema precariedad intelectual de nuestras “élites”, su falta de competencia y entereza, resultan mucho más que alarmantes.

No se puede generar un ecosistema perverso y luego afear al hombre de a pie por adaptarse y sobrevivir como buenamente puede

Así pues, es el modelo institucional español el que, de arriba abajo y no de abajo arriba, ha hecho que actuar de forma correcta tenga un coste tan elevado que muy pocos estén dispuestos a asumirlo. Son las más altas instituciones, suplantadas por organizaciones con intereses particulares, las que han hecho que, desde el político con ínfulas hasta el funcionario de la escala más básica, ninguno se atreva a ir en dirección contraria, porque todos tienen la certeza –las expectativas– de que nadie va a hacerlo, porque estas son las reglas del juego.

En un sistema tan degradado, que castiga a quien hace lo correcto con la segregación y la pérdida de oportunidades, carece de sentido acusar a las familias de actuar de forma poco ejemplar y arremeter contra el común por no tomar decisiones contrarias al orden informal establecido. No se puede generar un ecosistema perverso y luego criticar al ciudadano de a pie por adaptarse para sobrevivir como buenamente puede.

Así pues, mejor no seguir por ese camino. España necesita un cambio tan profundo, un golpe de timón tan arriesgado, que mejor trabajar para que los españoles se quieran a sí mismos, en vez de denostarles para darle un aire que no se merece a la actual clase dirigente. Si queremos y exigimos ser mejores, toca dar ejemplo, bajarnos del púlpito y marchar hombro con hombro con el denostado populacho.


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