Game Over

La revolución inevitable

El pasado mes de octubre, el analista político, periodista y ganador de un Premio Pulitzer Chris Hedges (Vermont, 1956) publicaba en la web Truthdig un artículo que, bajo el título Our Invisible Revolution, advertía de que las ideas que hasta ahora habían sostenido a los gobiernos occidentales y el capitalismo global estaban empezando a ser cuestionadas por una amplía mayoría de ciudadanos, los cuales contemplaban escandalizados cómo los nuevos oligarcas, amparados por la clase política, se dedicaban al saqueo con total impunidad.

Aunque, por ahora, la caída del actual modelo capitalista global no parece muy inminente, puesto que, en opinión del articulista, aún no existen alternativas lo suficientemente sólidas, Hedges avisa: “Una vez que la yesca de la revuelta se ha acumulado, como lo ha hecho en Estados Unidos, una insignificante chispa enciende fácilmente la rebelión popular. Ninguna persona o movimiento puede encender esta mecha. Nadie sabe ni dónde ni cuándo sucederá la erupción. Nadie sabe qué forma tomará. Pero es evidente que una revuelta popular se está acercando".

La asimetría entre el poder financiero y las democracias

En efecto, el mundo parece haberse vuelto demasiado pequeño e inestable. Las nuevas tecnologías, la presunta homogenización de los mercados y el surgimiento de corporaciones transnacionales cada vez más poderosas, unido a la debilidad de los gobiernos nacionales y la corrupción política, están instalando en la mente del ciudadano común la idea de que los Estados, y consiguientemente las naciones, se han degradado hasta un punto de no retorno y quizá haya que echar abajo el sistema en su actual configuración.

El capital, viajando de un extremo a otro del globo a la velocidad de la luz, y la computarización de las transacciones monetarias, una de cuyas más llamativas singularidades es el Trading de alta frecuencia, dan prueba de la existencia de una asimetría muy peligrosa entre las sofisticadas herramientas de las que disponen los agentes financieros y los arcaicos e ineficientes mecanismos que velan por el cumplimiento de los principios democráticos y sus leyes. Así, mientras el capital cuenta con la poderosa tecnología para maximizar sus beneficios y desplazarse a velocidad de vértigo, las democracias, siempre a remolque de los acontecimientos, parecen pesadas y lentas tortugas, que necesitan meses, si no años, para tomar las más sencillas decisiones.

En definitiva, los intereses, no siempre legítimos, de unas minorías parecen desbordar la capacidad de las sociedades y sus instituciones para establecer un mínimo control sobre el movimiento del dinero, la especulación y el creciente poder económico de entidades privadas e inversores particulares, de tal suerte que los Estados-nación, incluso los más poderosos, atrapados por sus propias ineficiencias en el pantanal de la deuda, han perdido su autonomía. Y tan pronto pueden ver cerrado su acceso al crédito como convertirse en el destino prioritario de los inversores mundiales. Un sinvivir que genera de continuo desequilibrios, reajustes y tensiones extraordinarias.

La costosa tozudez de los apolillados dogmatismos

Pero vayamos un poco más allá de las obviedades que Chris Hedges expone en su, pese a todo, interesante artículo. Detrás de esta estereotipada visión, donde las fronteras parecen desvanecerse y los gobiernos entregarse a los intereses económicos de unas minorías, se encuentran emboscados dos dogmas económicos antagónicos, verdaderos responsables, como explicaré, del caos y la degradación política y económica de Occidente.

Por un lado está el bando de quienes esgrimen que, para que la sociedad prospere, el Estado no debe interferir en la economía y ha de dejar libertad a los agentes que intervienen ella. Y de otro, el bando de quienes argumentan que precisamente son los Estados, convertidos en poderosos agentes, los que pueden evitar o mitigar los fallos del mercado. Así, mientras unos defienden con vehemencia que el mercado optimiza por sí mismo los esfuerzos de manera espontánea, porque los agentes, que se suponen iguales e individualistas, en su búsqueda de la maximización del beneficio actúan compelidos por incentivos adecuados, sus adversarios defienden hasta la extenuación que sólo la intervención puede garantizar el equilibrio económico, pues los planificadores, “movidos siempre” por el altruismo y la vocación de servicio, se anticiparán a las crisis o, al menos, estarán en disposición de paliar sus efectos negativos.

Pero detrás del aparente antagonismo entre ambos bandos, hay tres errores que les son comunes y que a la postre nos han llevado hasta un callejón sin salida:

El primero, que ambos han idealizado sus respectivas visiones hasta convertirlas en dogmas. Y así, mientras unos profesan una fe inquebrantable en que es posible instaurar en el mundo real el cartesianismo y la absoluta asepsia con la que la economía se desarrollaría ajena a cualquier perturbación, otros creen posible construir estados clarividentes y de una benignidad a toda prueba, capaces de hacer frente a las contingencias económicas. Pero, desgraciadamente, ni los mercados alcanzan el ideal de competencia perfecta, ni los gestores políticos son ajenos a la persecución de intereses propios, alejados del bien común.

El segundo, que para ambos la Economía es un dios tronante, con vida propia. Sólo que, dependiendo de las gafas que cada cual use, ese dios puede ser un dios benigno, que establece sus propias leyes, las cuales, de ser respetadas, promoverán el bienestar de las sociedades, y para otros se trata de un ente maligno, un ángel aniquilador ante el que los hombres deben protegerse creando nuevas superestructuras y poniendo al frente de éstas a sus propios campeones.

Y el tercero, y más importante, ambos tienen un carácter estático y han excluido a las demás ciencias sociales del análisis económico. Por lo tanto, carecen de una concepción dinámica y mucho más próxima a la economía real, donde el concepto de proceso histórico resulta especialmente relevante, y donde sólo la visión interdisciplinar puede otorgar el protagonismo que merecen a los argumentos políticos y antropológicos. En definitiva, han cometido el terrible error de ignorar la enorme relevancia económica que tienen los hábitos, la cultura, las leyes y todo aquello que da forma al marco institucional, que es, precisamente, donde se producen los hechos económicos y, por lo tanto, donde son condicionados.

La economía y la 'Teoría de la relatividad'

En cierta manera, ambas visiones de la economía, que por fuerza devienen en visiones políticas igualmente inaplicables, aún viven en un mundo newtoniano, donde la Teoría de la relatividad está pendiente de ser formulada. Y, en consecuencia, llevan un siglo trasladando sus fórmulas desarrolladas en el laboratorio a un mundo real, que una y otra vez, como el espacio-tiempo de Einstein, las distorsiona y desvirtúa hasta convertirlas en espléndidos fracasos cuyos costes se han vuelto inaceptables.

Sociedad, organizaciones, instituciones, política y economía no son mundos separados y sometidos a leyes distintas, sino que están íntimamente relacionados. Por lo tanto, no parece razonable que la realidad político-económica sea por completo antagónica y ajena a la realidad social, como tampoco, a la inversa, sería lógico aceptar que las aspiraciones humanas resultaran incompatibles con las posibilidades de la economía y la política. Es deseable y necesaria una mínima correspondencia entre ellas, un equilibrio. De lo contrario, la ruptura tarde o temprano terminará produciéndose.

Sin embargo, al contrario de lo que opina Chris Hedges, la alternativa ya existe y está delante de nuestras narices. Ésta no sólo consistiría en perfeccionar las democracias, especialmente en lo que se refiere a volver a dar lustro y esplendor a sus principios fundamentales, hoy por hoy violentados y enterrados bajo montañas de leyes, sino también en modernizarlas y trasladar a ellas la revolución tecnológica que con tanto “éxito” ha sido aplicada en el mundo de las finanzas. A fin de cuentas, quizá no es tanto que el capitalismo global sea el Armagedón, como que las democracias apenas han evolucionado y se han vuelto extremadamente disfuncionales, lentas, perezosas, corruptas y tendentes a representar estrechos intereses de grupo. 


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