Game Over

Un reto colosal a la medida de nuestra Historia

En 2004, una mayoría de españoles decidieron dar un salto al vacío y demostrar  que todo era posible con tan sólo desearlo. Ablandados durante años por una orgía de derechos sin apenas contrapartidas, y en plena catarsis emocional y voluntarismo irracional, de fiebre consumista y dinero barato, terminamos por desertar de la realidad. De tal suerte que nuestras vidas y patrimonios quedaron a merced de un presidente a todas luces incapacitado para gobernar, el cual, una vez a los mandos de un sistema político herméticamente cerrado, pudo hacer y deshacer a su antojo durante casi ocho años hasta sumirnos en el mayor desastre económico e institucional de nuestra historia reciente.

La catástrofe es de tales proporciones que se vuelve tristemente vigente la recomendación formulada en el siglo XIX por un historiador inglés, que decía lo siguiente: “aquel que desee familiarizarse con la anatomía morbosa de los gobiernos; aquel que desee conocer hasta qué punto se puede envilecer y arruinar un gran Estado, debe estudiar la historia de España”. Pero, a pesar de toda evidencia, hay quienes alegan que nuestra tragedia es importada, producto de una concatenación de conspiraciones y tramas financieras urdidas por entes malévolos más allá de nuestra fronteras, de la misma manera que Felipe II culpaba a los enemigos extranjeros – cuando no a la Divinidad – de los graves problemas internos de su imperio. Nada más lejos de la realidad.

Postrados como estamos, al menos seamos dignos y pongamos coto a la mentira. No es cierto que nuestra crisis terminal se deba a que el crash financiero de EE.UU. haya devenido en una crisis financiera internacional. Ni siquiera obedece, en nuestro caso particular, al añadido de la explosión de la burbuja inmobiliaria. Ambos sucesos, aunque a la postre decisivos, no son el mal de fondo sino el detonante que ha dinamitado un sistema político y económico enfermo y endogámico, rendido al endeudamiento – da lo mismo si público o privado: la deuda es deuda – y a la dependencia crónica del sector financiero. Y por más que se grite a los cuatro vientos que el enemigo de nuestro bienestar es el Mercado, lo cierto es que son los gobiernos (los políticos) y el acomodamiento de la sociedad las causas del problema.

La reacción de los mercados tan sólo es la consecuencia lógica y previsible; la presión que ejercería cualquier acreedor a un deudor cuando este último, con unos ingresos cada vez más exiguos y unos gastos crecientes, se resiste a poner en orden sus cuentas. Quienes nos vigilan sencillamente anticipan la futura insolvencia de un país con más de cinco millones de parados, que no crea empleo, no crece,  no hace reformas de calado y vive instalado en el déficit, y todo ello en un entorno donde el crédito desaparece. Es decir, una bomba de relojería: la crónica de una bancarrota anunciada.

Todo lo sucedido, y lo que aún está por suceder, tiene su moraleja. La vida es un deporte muy duro. Y quien nos venda lo contrario, miente. Los paraísos terrenales no existen. Por eso las religiones, que pese a todo son más honradas que las ideologías, aluden a ellos refiriéndose al más allá, conocedoras de que en este mundo lo que hay es una incertidumbre crónica; un sube y baja continuo que dura lo que dura nuestra existencia. En el mundo real, tumbarse a contar estrellas y fiar nuestro destino a imaginarios colectivos, conceptos trampa y fantasías delirantes, conlleva el pago de un precio demasiado elevado que puede llegar a costarnos la vida. Y en ese trance estamos.

En España hemos llegado a un punto en el que ya nadie es del todo inocente. Para demostrarlo, no hay más que tirar del hilo de cualquier trama de corrupción y comprobar que ninguno de cuantos fueron tentados, jóvenes o viejos, ricos o pobres, ignorantes o sabios, progresistas o conservadores, ateos o creyentes, se resistieron al éxito inmerecido y al dinero fácil. Pero este desastre no sólo se explica en la sucesión de corrupciones clamorosas, también hay de fondo corrupciones menores que nacen en el pensamiento colectivo y en la compra mediante el voto de una seguridad ficticia renunciando a cualquier compromiso individual con la Libertad. En palabras de Cayo Salustio: “son pocos los que prefieren la libertad, la mayoría sólo quiere un amo justo”.

En comparación con lo que se nos viene encima, estos últimos cuatro años de crisis van a parecer un dulce preámbulo. Lo acontecimientos futuros prometen poner a prueba nuestra capacidad de resistencia y, también, esa solidaridad grandilocuente que, en los años del “buenismo”, se convirtió en un bonito y decorativo adorno de hojalata. Vamos a comprobar quiénes de entre nosotros actuarán de forma responsable y acorde con la gravedad de la situación, y quiénes se van a resistir ferozmente a aceptar la cruda realidad, aún a sabiendas de que ello implique que sus iguales soporten una carga doblemente inhumana. Confiemos que en la inmensa mayoría impere el compromiso, la capacidad de sacrificio y el sentido de la responsabilidad que los tiempos demandan. No se trata de inmolarse en el altar de lo imposible, sino de sobrevivir. Y en eso, los españoles, deberíamos ser consumados maestros.  

Hoy, por mérito propio, somos la antítesis de aquella afirmación de George Borrow, en la que aseguraba que “la gravedad y la compostura son aspectos fundamentales del carácter de los españoles”. Sin embargo, no hay que desesperar. España sigue siendo una gran nación que se crece ante la adversidad. Nosotros, sus actuales pobladores, debemos aprender la lección y recurrir a los genes olvidados para poner en valor un país que, no hace tanto, sentó las bases de la actual Europa de los estados, mal que les pese a algunos. A malas, habrá que tirar de amor propio, que es patriotismo en su forma más inteligente y práctica. El reto es sin duda colosal, pero ni más ni menos que a la medida de nuestra azarosa historia.

[Twitter: @BenegasJ]


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