Game Over

Seamos prudentes, reformemos todo

Cien metros, esa fue la distancia impuesta a los curiosos que acudieron a las inmediaciones del Congreso de los Diputados durante el deslucidísimo acto oficial del Día de la Constitución celebrado el pasado viernes 6 de diciembre. Así, por primera vez en treinta y cinco años, los ciudadanos de a pie no pudieron ver de cerca a las autoridades y políticos asistentes, sino que, en prevención de posibles abucheos, fueron apartados a una distancia prudencial.

Sirva ese foso virtual de un centenar de metros para poner en evidencia la fractura entre instituciones y pueblo. Y sirvan también las deslucidas intervenciones protocolarias como constatación de que la clase política sigue ajena al desmoronamiento del statu quo. Prueba de ello fue que el presidente del Gobierno se escudara en la falta de consenso para no acometer reforma constitucional alguna, cuando, sin picar tan alto, la efectiva separación de poderes y la puesta en valor de los más elementales controles democráticos dependían y dependen tan sólo de su voluntad política. O que Alfredo Pérez Rubalcaba diera un ridículo salto mortal, más bien voltereta de parvulario, reduciendo su visión reformista a garantizar la sanidad publica. Triste demostración no ya de la incapacidad de nuestra clase política para reformar España sino para reformarse a sí misma.

El afán de superación

Mucho se ha insistido en que fue el miedo el verdadero motor del cambio iniciado en 1978. Y más concretamente, el pánico a recaer en el sectarismo que había ahogado España en sangre anteriormente. En base a ese miedo muchos justifican las tragaderas del pueblo para aceptar un orden institucional prefabricado y consentir las malas artes políticas que nos han conducido al colapso. Pero no todo fue miedo. Hubo otro ingrediente del que hoy pocos se acuerdan. Y puestos a celebrar los treinta y cinco años de vida de la Constitución vigente, es obligado recordar la actitud positiva que, pese a sus innumerables debilidades, ignorancia incluida, derrochó el pueblo en los primeros compases de la Transición.

Es verdad que hubo momentos en los que el pánico atenazó a muchos españoles, incluso a los más aventureros. Y cierto es también que el hándicap de nuestra nula cultura democrática, que a la postre resultó insuperable, permitió a los herederos del franquismo colar una Constitución llena de ambigüedades y trampas, que luego, para colmo, no respetarían. Pero no fue el miedo, ese sentimiento tan negativo, sino el afán de superación lo que animó a la gran mayoría a probar suerte. Y hoy se echa en falta aquel espíritu valiente, decidido y, quizá, ingenuo, que, aunque no garantizó el éxito, dinamizó a la sociedad española, liberándola del abrazo de un pesimismo insuperable.

En efecto, desde el primer día en que la crisis se manifestó con toda su crudeza, caímos en el pesimismo más recalcitrante. Y desde entonces no ha habido debate, discusión o trifulca que no terminara en el derrotismo o en ese populismo resentido que sólo sirve para ajustar cuentas –no se puede cambiar un sistema simplemente odiándolo–. Y entre un extremo y otro se ha extendido un vacío que llenamos con el descreimiento y la renuncia. ¡Hoy todo nos parece tan difícil! ¡Todas las cimas se nos antojan tan altas!

Así, las ideologías arcaicas y los dogmas económicos fosilizados (alguien dijo que no se puede vivir aferrado sólo a las ideas de personajes muertos), cuando no la burda mentira, lo han acaparado todo sin dejar resquicio a la esperanza. Pero lo peor, con diferencia, es que los más ilustrados creen haber llegado a su particular callejón sin salida por medio de la razón, cuando en realidad ha sido la cerrazón lo que les ha hecho perderse. Y si esto sucede con los más cultivados, ¿qué decir de quienes sólo asimilan consignas, mensajes simplificados, y se contentan con vivir al albur de la magnanimidad del Estado?

Las instituciones no son herramientas sino reglas

La lección que podemos extraer de estos treinta y cinco años es que ser acólitos de la voluntad de vivir en su concepción más pedestre, esa que por fuerza decae en la triste subsistencia, es lo que nos ha llevado a creer que las instituciones eran palancas ideológicas, meras herramientas con las que satisfacer demandas materiales que tienden a ser infinitas. Y ahí siempre sale ganando el político profesional.

Sin embargo, las instituciones son mucho más que eso. Son el principal patrimonio de una sociedad, aquello que determina el tipo de organización y las interacciones entre individuos. Es decir, son las reglas que garantizan que las personas, libres y responsables, puedan aspirar a vivir dignamente sin depender de la arbitrariedad del gobernante de turno. De ahí que sea tan importante no dejarse llevar por determinados cantos de sirena cuando se habla de reformas.

En definitiva, vivimos un momento crucial en el que las difuminadas divisiones partidistas están dando paso a una clara separación entre reformistas y defensores del Régimen; entre quienes quieren unas instituciones legítimas y aquellos que las prefieren sometidas, moldeables. Esa es la nueva línea divisoria que nos dibuja el presente.


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