Game Over

Los problemas de la concentración bancaria

Por motivos de fuerza mayor, en la economía española se va a producir un nuevo proceso de concentración. Esta vez en el sector financiero. Y si bien dadas las circunstancias es inevitable, sin duda tendrá efectos negativos a medio y largo plazo. Y para sostener tal afirmación, bastaría con repasar nuestra historia económica más reciente y comprobar las ventajas e inconvenientes que han supuesto los procesos de concentración precedentes en otros sectores.

En esta ocasión, la futura concentración bancaria viene a sumarse a la quiebra de las cajas de ahorro y su desaparición, absorción o reconversión en bancos comerciales. Y ambos acontecimientos suponen en la práctica certificar el fin de una peculiar red capilar de microcréditos que había sido hasta la fecha uno de los principales soportes de nuestra economía. Pues España no es un país donde proliferen las grandes empresas, sino que, muy al contrario, la parte nuclear de nuestra actividad productiva depende de autónomos, microempresas y pequeñas y medianas empresas, los cuales dependen a su vez de pequeños créditos concedidos de forma ágil y rápida y en base a criterios algo más flexibles que los que imperan en la banca comercial. De cara al nuevo escenario que se avecina, también conviene señalar que no se ha establecido de manera fehaciente que existan economías de escala en la banca. Por lo que disponer de entidades de mayor tamaño no traerá consigo los beneficios de una reducción de costes.

La ley del embudo y el fin de la red capilar del crédito

Pese a que hay quienes aseguran que las cajas de ahorro ya no eran necesarias y no debemos llorar su desaparición, en una economía como la nuestra esta afirmación resulta demasiado interesada. En las cajas, los factores de reputación y relación, y no sólo el de solvencia y rentabilidad, hacían posible una financiación muy eficaz y extendida que generaba grandes beneficios en la sociedad, pues con ella se abrían pequeños negocios, se ampliaban los ya existentes, se consumía y se creaba puestos de trabajo en todas partes del territorio nacional. De esta forma, la economía funcionaba razonablemente bien, aunque siempre con la asignatura pendiente de que las pequeñas y medianas empresas no terminaban de crecer en una proporción similar a la de los países de nuestro entorno.

Por ello, la politización de las cajas de ahorro supuso un enorme quebranto para nuestra economía. Primero, al expulsar gradualmente de ese sistema capilar de financiación a los particulares, autónomos y pequeñas empresas – los más necesitados y, también, los más productivos –, y finalmente, al estrangular por completo el flujo de microcréditos. Ahora, con la concentración bancaria, todo el sistema financiero y la capilaridad del crédito quedará en manos de un número muy reducido de entidades, cuyo criterio fundamental a la hora de conceder préstamos es la solvencia material del solicitante y su posibilidad de avalar hasta el último céntimo. Dicho con las palabras de Bob Hope, un banco es un lugar que te presta dinero siempre que demuestres que no lo necesitas. Así, la antigüedad del cliente o el valor de su iniciativa perderán peso y los factores de relación y reputación desaparecerán, dando paso a criterios basados estrictamente en la rentabilidad que el banco obtendrá al conceder un crédito y las garantías de solvencia del solicitante. Es decir, el particular deberá asumir el cien por cien del riesgo y, además, soportar unos costes financieros más elevados, lo que supondrá desincentivos añadidos a los ya existentes a la hora de crear una nueva empresa o negocio.

Un futuro inquietante

Esta tendencia imparable hacia la concentración, que ha terminado imponiéndose en sectores estratégicos como el de la energía, las comunicaciones, la ingeniería y la información, está sometiendo al resto de agentes económicos a la ley del embudo. Y no sólo porque estas actividades y las condiciones de su oferta afecten directamente a la competitividad del conjunto de la economía y a la generación de riqueza, sino porque también condicionan la libertad de decisión y la iniciativa de los demás agentes económicos por otras vías.

Ahora, con la concentración bancaria, la situación no sólo promete volverse aún más complicada para el ciudadano común sino que, también, se vuelve más inquietante. Por ejemplo, ¿alguien se ha parado a pensar en el enorme poder que pueden llegar a tener los bancos resultantes de este proceso de concentración sobre la inversión publicitaria, bien como poderosos anunciantes, bien como financiadores, y el impacto que esto tendrá sobre cualquier remota posibilidad de independencia de los medios de información? ¿O cómo un sector financiero en manos de unos pocos puede convertirse en la llave con la que abrir o cerrar la puerta de forma discrecional a iniciativas empresariales de cualquier tipo?

Si a todo esto sumamos que, debido a las deficiencias de nuestro sistema democrático, se ha producido también una concentración en el poder político, el inevitable entendimiento entre las oligarquías empresarial y política se convierte en el principal obstáculo para un crecimiento económico estable y duradero. Pues, por lógica, será muy difícil que el legislador tome las decisiones correctas cuando éstas colisionen no sólo con sus propios intereses sino, también, con un poder económico cerrado y muy poderoso.

En conclusión, durante estos 5 años de crisis, las alternativas que el poder político nos ha terminado por ofrecer han sido dos: una gestión más eficiente (tecnocracia) o un mejor reparto de la riqueza (socialdemocracia). Pero en ambos casos sin desbordar los límites que el sistema impone. Por lo tanto, optar por una mayor eficiencia en la gestión o una presunta mayor magnanimidad en el reparto no supondrá grandes diferencias en el medio y largo plazo, pues, en ambos casos, la riqueza real, lejos de aumentar, tenderá a disminuir. Y no sólo seremos más pobres sino, también, menos libres. La concentración bancaria será, en este sentido y en el medio plazo, un nuevo obstáculo en nuestro camino hacia una economía de acceso libre.


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