OPINIÓN

Por qué la teoría de la ‘posverdad’ es mentira

Paradójicamente, con la reciente eclosión del término "posverdad", lejos de denunciar la falsedad, se pretende establecer una nueva mentira.

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Imagen EFE

Post-truth (posverdad): Relativo o referido a circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales.

Esta es la palabra del año para el Diccionario Oxford. Con ella se pretende explicar el “lamentable” resultado del referéndum británico sobre la Unión Europea y, también, la “inesperada” vitoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos. Porque, según muchos expertos, ambos sucesos son inaceptables desde un punto de vista racional. Aunque aún es pronto para asegurarlo, podríamos estar ante un éxito de difusión mayor que el logrado por el término “élites extractivas”, difundido por Acemoglu y Robinsón en su libro Por qué fracasan los países. Por lo pronto, se está poniendo de moda, especialmente entre intelectuales, analistas e informadores.

Muchas veces el éxito de estas hipótesis y su aceptación popular no depende tanto de su consistencia, o de la parafernalia con la que se adornen, como de la elección del nombre

A veces el éxito no depende de la idea, la teoría o la hipótesis, sino de elegir un nombre afortunado. En el mundo de los intelectuales, investigadores, sociólogos, politólogos, economistas y demás seres pensantes, se generan cada año infinidad de teorías e hipótesis, unas más honestas que otras, con las que se pretende explicar fenómenos sociales, siempre añadiendo un barniz cientificista que incluso, en ocasiones, propone adivinar el imprevisible comportamiento de las sociedades mediante fórmulas matemáticas o, a posteriori, fabrica conclusiones inapelables mediante estadísticas agregadas. Pero, por más que estos esfuerzos intelectuales provengan de entornos académicos, están sujetos a las mismas leyes de la difusión que los vulgares productos comerciales. Así, muchas veces el éxito de estas hipótesis y su aceptación popular no depende tanto de su consistencia, o de la parafernalia con la que se adornen, como de la elección del nombre.

Intelectuales a la moda

“Élites extractivas” fue un acierto. Esas dos palabras dieron lugar a un término compuesto bastante inquietante, poderoso, fácil de asimilar y de repetir por cualquiera. De hecho, resultó tan comercial que, al final, todas las ideas y explicaciones del libro quedaron reducidas, para muchos, a la idea popular de que en todas partes, en mayor o menor grado, gobierna una élite que busca maximizar sus beneficios mediante oscuras artimañas. Tan sonoro nombre podría muy bien servir como título para un best seller o para un filme cuya trama fuera un conciliábulo que aspira a dominar el mundo.

En la era de la información codificada y del "Mac Periodismo", donde el mensaje ha de ser extremadamente breve y contundente, los títulos llamativos llegan mucho más lejos que las ideas

Es evidente que el libro de Acemoglu y Robinsón es mucho más que ese término, sin embargo, en la era de la información codificada y del "Mac Periodismo", donde el mensaje ha de ser breve y contundente, los títulos llamativos llegan mucho más lejos que las ideas. Dicho de otra forma, es mucho más probable que hoy cualquiera que haya leído el libro de Acemoglu y Robinson dé una explicación aceptable sobre el significado de “élites extractivas” que sintetice de forma aceptable la diferencia entre “instituciones formales” e “instituciones informales”. La razón es sencilla, la primera es una idea simple, reconocible para todo el mundo y fácilmente codificable; lo segundo, una idea compleja que no puede ser codificada. Desgraciadamente, lo nuclear del libro de Acemoglu y Robinsón no son las “élites extractivas” sino la dinámica institucional. Pero, ¿acaso importa?

Algo similar podría estar a punto de suceder con el “nuevo” término “posverdad”. Además de ser corto, inquietante y pegadizo, tiene connotaciones orwellianas que lo hacen muy sugerente. Así que, en principio, estaríamos ante otro gran éxito de difusión, donde la teoría, la hipótesis es en realidad una consigna, casi un grafiti destinado a ir de pluma en pluma, señalando como triunfo de la mentira todo aquel suceso que resulte turbador para lo políticamente correcto.       

Según Oxford, el término “post-trhuth” lo utilizó por primera vez el dramaturgo y novelista Steve Tesich en un artículo aparecido en la revista The Nation en 1992. En esa pieza, y a propósito del escándalo Irán-Contra y la primera Guerra del Golfo, Tesich se lamentaba de que los norteamericanos hubieran decidido libremente vivir en la posverdad, es decir, en un mundo en el que la verdad no importaba. Sin embargo, la contribución del dramaturgo no bastaba, al fin y al cabo no dejaba de ser una licencia literaria. El soporte académico lo proporcionó el libroThe Post-Truth Era: Dishonesty and Deception in Contemporary Life, de Ralph Keyes. Pero el catalizador definitivo fue un artículo publicado en 2016 en Nature neuroscienc y titulado The brain adapts to dishonesty. A partir de ahí, y coincidiendo con el Brexit y la victoria de Trump, el uso del término “posverdad” se disparó un 2.000%.

Mientras el filósofo francés responsabilizaba a las élites intelectuales del triunfo de la mentira, hoy son esas mismas élites intelectuales las que culpan a la gente corriente

Paradójicamente, con la reciente eclosión del término "posverdad", lejos de denunciar la falsedad, se establece una nueva mentira, cuando menos cronológica, porque lo que llaman la “era de la posverdad” no se inició ayer sino hace tiempo. De hecho, en 1989, en El conocimiento inútil, Jean-François Revel sostiene la idea de que, a pesar de vivir en era de la comunicación, donde la información y el conocimiento son más abundantes y accesibles que nunca, triunfa la mentira. Es decir, hace 27 años se nos advertía de la preponderancia de la ideología y la manipulación sobre la verdad. Sin embargo, entre la advertencia formulada por Revel y lo que algunos parecen denunciar hoy, hay una diferencia abismal: mientras el filósofo francés responsabilizaba a las élites intelectuales del triunfo de la mentira, hoy son esas mismas élites intelectuales las que culpan a la gente corriente de generarla y compartirla. Lo cual resulta bastante sospechoso. Quién sabe, tal vez lo que ahora comienza sea la era de la ‘posmentira’.


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