Game Over

El paradigma del hijo

El Paradigma del hijo es muy sencillo y, a mi juicio, bastante útil para comprender la trascendencia del momento en el que nos encontramos. Imaginemos una sociedad que durante mucho tiempo se ve asediada por graves problemas que amenazan con abocarla al shock. Finalmente, ante la apatía general, el shock se produce. Y las futuras generaciones quedan irremediablemente condenadas. Entonces, un hijo disgustado pregunta a su padre: “¿Y tú qué hacías, papá, mientras todo se desmoronaba?”. Y el padre, incómodo, responde: “¿Yo? Pues trabajar y pagar la hipoteca. ¿Qué otra cosa podía hacer?”

Sirva este sencillo paradigma para entender que en situación tan excepcional como la que hoy atraviesa España, todos, queramos o no, seremos responsables de lo que pueda suceder. Y es que hay momentos en la Historia en los que los errores y las negligencias acumuladas son tan notorios y las amenazas tan inmediatas que la responsabilidad de afrontarlos no sólo corresponde a los gobernantes o a las élites, sino a la sociedad en su conjunto.

Cuando las instituciones no tienen toma de tierra

Cierto es que las instituciones, sean mejores o peores, están para proporcionar a la sociedad un gobierno y legitimar sus decisiones, pero por sí solas no son más que un mero ordenamiento formal. Incluso pueden llegar a perder su sentido y utilidad si son colonizadas y desconectadas de la sociedad. Cuando esto sucede, para reestablecer la imprescindible conexión entre instituciones y sociedad, y generar un círculo virtuoso en el que Ley y Costumbre se refuercen mutuamente, es imprescindible la reforma.

Es importante entender que diseñar sofisticados sistemas institucionales o reformar los existentes de poco o nada servirá si el vínculo con la sociedad no se restablece

Es importante entender que diseñar sofisticados sistemas institucionales o reformar los existentes de poco o nada servirá si el vínculo con la sociedad no se restablece. Porque esa y no otra es la cuestión fundamental, lo que da sentido a un sistema institucional. Si el ciudadano común percibe las instituciones como algo que le es ajeno, se limitará a hacer juicios morales, a adjudicar culpas y se comportará como si los problemas no tuvieran que ver con él. Así pues, contar con una élite preparada y dispuesta es el primer paso para acometer reformas, desde luego. Pero siendo condición necesaria, no es condición suficiente. Es imprescindible que las personas se sientan concernidas, se liberen de creencias, tabúes y prejuicios, y asuman una mayor responsabilidad. Solo si la sociedad se siente involucrada en el proceso reformador podrá actuar como toma de tierra entre la política y la realidad, y las reformas, además de posibles, resultarán eficaces. De no ser así, las inercias permanecerán, haciendo que Ley y Costumbre sigan discurriendo como hasta ahora por caminos separados.

Sin embargo, que la personas corrientes se dinamicen, acepten formar parte de un proceso regenerador y actúen de manera responsable y virtuosa no es algo que resulte sencillo. Cuando los incentivos perversos infectan el sistema institucional, las expectativas del ciudadano corriente terminan siendo en la práctica muy similares a las de los políticos profesionales dentro de un partido corrupto, a las de un colectivo profesional en un entorno donde se anteponen los intereses de grupo al interés general, o a las de un lobby empresarial en un mercado lleno de barreras, donde la libre competencia no existe y es necesario obtener ventajas adicionales. Es decir, quien más, quien menos, del rey abajo, todos buscarán la manera de obtener ventaja.

De igual manera que el político corrupto, el colectivista cegado por el interés de grupo o el empresario tramposo, el ciudadano busca obtener una posición ventajosa, tejiendo interesadas relaciones personales, intercambiando favores o, sencillamente, haciendo las mismas trampas que ve hacer a los demás. De hecho, hoy no hay organización grande o pequeña, sea pública o privada, donde este esquema perverso no se reproduzca en alguna medida. Bien sea dentro de un partido político, una administración pública o una empresa (da igual el tamaño), cada vez son más los agentes que actúan exclusivamente movidos por sus intereses de corto plazo y tienden a hacerlo sin cortapisas, es decir, sin ningún respeto a los demás. De seguir así, al final nadie se tomará la molestia de disimular y poner una vela a Dios y otra al diablo, tan solo se la pondremos al diablo. Y será el caos.

La piedra angular de la regeneración

Las instituciones no son herramientas de ingeniería social. Son sistemas de representación y orden que las sociedades se otorgan a sí mismas para que los individuos puedan interactuar libremente sin perjudicarse mutuamente

Cuando el marco institucional se descompone y la sociedad queda a merced de grupos de interés –grupos que pueden ser desde los clásicos lobbys empresariales, pasando por los organizaciones políticas, hasta grupos que defienden ideologías manifiestamente incompatibles con la democracia liberal–, las ineficiencias se vuelven capilares y llegan a todas partes, infectando incluso a esa institución tan primordial que es la familia. Sin embargo, por más que la situación sea alarmante, no se debe cometer el error de entender las instituciones como un medio para transformar la sociedad. Las instituciones no son herramientas de ingeniería social. Son sistemas de representación y orden que las sociedades se otorgan a sí mismas para que los individuos puedan interactuar libremente sin perjudicarse mutuamente. Y ese es que quid de la cuestión. La piedra angular de la regeneración. La forma en la que los incentivos pueden cambiar de manera radical. Acostumbrados como estamos a las abrumadoras ofertas de todo tipo que los políticos nos hacen para capturar nuestro voto, puede parecer muy poco. Pero es justamente al revés. Es tan importante, tan trascedente que precisamente por eso nadie lo ofrece.

Volviendo al principio, a ese atribulado padre que se ve obligado a reconocer a su hijo que no hizo todo cuanto podía para asegurarle un país mejor, es evidente que los españoles estamos ante un cruce de caminos trascendente. Para salir airosos de este trance no bastará con votar a quien más nos endulce los oídos. Debemos exigir y promover un orden institucional que de verdad actúe como salvaguardia frente a los abusos del poder, la arbitrariedad y el sectarismo. Hoy, que proporcionemos a nuestros hijos techo, comida, ropa y educación, pese a ser casi una heroicidad, no es suficiente. Lo sería si las reglas del juego fueran óptimas e iguales para todos; es decir, si el sistema institucional funcionara aceptablemente bien. Pero no es así. Queramos o no, nobles y plebeyos, estamos abocados a elegir entre actuar incorrectamente, como hemos venido haciendo todo este tiempo, o poner pie en pared; podemos fingir que los problemas exceden nuestras atribuciones o, más allá de adjudicar culpas, arrimar el hombro. Nada es imposible. Sea cual fuere nuestra decisión, debemos meditarla muy bien, porque el futuro de nuestros hijos va a depender de esta elección.


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