Game Over

Entre la oligarquía y el populismo

“Los hechos nos lo demuestran. Contrariamente a los tópicos machacados sobre este tema sin examen, la libertad de emprender es, ante todo, el medio de defensa de los pequeños contra los grandes y de los débiles contra los fuertes. E, inversamente, el Estado, que se presenta como corrector de las injusticias, acaba, la mayoría de las veces, por usar toda su fuerza contra los pequeños y los débiles para proteger a los grandes y los fuertes”. Con estas palabras, Jean-François Revel (Marsella, 1924 - Val-de-Marne, 2006) nos advertía en su libro El conocimiento inútil (Ed. Espasa-Calpe, 1993) del grave peligro que ser cernía sobre las democracias occidentales, que ya a finales del siglo pasado habían confundido por completo Estado social con Democracia.

Desgraciadamente, las palabras de Revel, tan clarividentes y oportunas, se perdieron en medio de polémicas sin sentido. Sin embargo, catorce años después, la Historia, que no atiende a consignas, daría la razón al filósofo francés.

Así fue. Tras el estallido de la burbuja inmobiliaria en octubre de 2007 y el inicio de la crisis financiera, los llamados Estados sociales, que habían alimentado todas las burbujas imaginables y no sólo la inmobiliaria, optaron por proteger a los fuertes y expoliar a los débiles.

Sin embargo, siete años después del colapso aún son mayoría los que se aferran al mundo de ayer, a sus mentiras y dogmas decimonónicos, vagando como iracundos fantasmas entre las ruinas de un pasado jalonado de promesas imposibles.

Esta incapacidad para aceptar la realidad es lo que ha convertido a las sociedades occidentales en presa fácil de los demagogos y los populistas, que prometen, como antaño, elevar a ‘los muchos’ a la categoría de Súper Clase para expropiar en su nombre el poder a ‘los pocos’. Es el viejo discurso del ‘empoderamiento del pueblo’ que siempre antecede a la instauración de una falsa democracia, donde el maniqueísmo ideológico suplanta a los controles y contrapesos del poder, porque, según dicen sus profetas, bastará que el poder recaiga en los desheredados, en los ‘débiles, para que se vuelva infalible y virtuoso.

Por supuesto, tal milagro requerirá saldar algunas cuentas. Por ejemplo, la competencia, el mérito y el esfuerzo, hoy hipócritamente ensalzados y, en la práctica, sistemáticamente vituperados, se extinguirán definitivamente en favor de ese “bien común” abstracto y convenientemente manipulable. Y el derecho a la propiedad privada quedará supeditado sin remedio a las demandas infinitas de una sociedad cada vez más anémica y parasitaria. Todo sea por alcanzar ese paraíso terrenal: el Estado providencia, donde la expropiación discrecional de bienes y libertades será, ya sin ningún disimulo, la religión oficial.

No importa que, como siempre ha sucedido a lo largo de la historia, las personas corrientes, y no los grandes magnates, terminen pagando con sangre, sudor y lágrimas este enésimo peregrinaje a la tierra prometida. Al fin y al cabo, las utopías totalitarias son un dogma de fe cuyo final feliz no figura en ningún contrato. Debe uno, pues, creer. De lo contrario, será depurado.

La crisis de la libertad y la responsabilidad

Esa libertad genuina, a la que aludía Revel, es lo que políticos profesionales y los vendedores de elixires milagrosos detestan más que a nada en el mundo. En efecto, nunca el oligarca o el populista defenderán el derecho a la libre determinación del individuo, derecho que nada tiene que ver con las anacrónicas reivindicaciones territoriales o las odiosas identidades étnicas, sino con la elemental dignidad humana. Nada de delegar competencias a las personas a título individual. Ello atenta contra los intereses de quienes ven la política como un medio para medrar y enriquecerse o, en su defecto, un subterfugio para imponer esa utopía colectivista macerada a lo largo de generaciones y transmitida de manera enfermiza de padres a hijos, para la cual la razón es una amenaza intolerable. 

Ésta no es la crisis del capitalismo, como denuncian algunos. Ese ente intangible que llamamos “el mercado” puede que hoy esté dominado por agentes poderosos, avariciosos, inmisericordes y oportunistas, pero carece de una inteligencia aglutinadora. Es más, en ocasiones tiene pulsiones suicidas. Esta es la crisis de un modelo de Estado social que, para cumplir su misión benefactora, se dotó de un poder excesivo, casi absoluto. Poder que, como no podía ser de otra manera, terminó sirviendo a los intereses creados, de tal suerte que el Estado social ha devenido en Estado corporativo; es decir, en un sistema elitista, de acceso restringido, ora controlado por oligarcas, ora por populistas, que mantiene al ciudadano común a mil kilómetros de la libertad y la prosperidad.

Oh, sí, tal y como argumentan los liberales clásicos, la economía libre es condición necesaria para alcanzar el bienestar. Cierto. Desgraciadamente, no es condición suficiente para asegurar una sociedad eficiente y justa. El Estado y sus instituciones son, pese a todo, de alguna manera necesarios. El hombre es por naturaleza un ser social, propenso a organizarse colectivamente para conseguir fines que no siempre son lícitos o que, en muchos casos, conllevan costes inaceptables para las libertades individuales. Así que es preferible un Estado visible, permanentemente auditado y participado por todos, que otro informal, subterráneo, elitista e inaccesible.

Sin embargo, ese Estado, articúlese como se quiera, solo podrá funcionar aceptablemente si el sistema de gobierno más garantista, la Democracia, no deviene en un sistema asambleario con el que cualquier delirio puede ser legitimado, tal y como sucedió en la Alemania nazi, donde la masa, embaucada por las promesas de un sociópata, liquidó la República de Weimar y cubrió Europa de cadáveres, o como también sucedió en la Segunda República Española, cuando la izquierda decidió reemplazar el caciquismo por el totalitarismo marxista, pasando por encima de la democracia.

La Democracia no es un ‘empoderamiento del pueblo’ con el que legitimar el expolio discrecional a mayor gloria de una mayoría que se cree ungida. Y tampoco un medio con el que imponer una utopía celestial. Es un fin en sí misma. Un sistema de poder terrenal, pensado por y para los hombres, según el cual todos los agentes, colectivos o individuales, han de interactuar bajo las mismas reglas del juego, en igualdad de condiciones y sometidos sin excepciones al imperio de la ley. En definitiva, es el poder ejercido desde instituciones legítimas, imbricadas en la sociedad y participadas por todos. Un delicado sistema de derechos y deberes, de poderes y contrapesos; de espacios para la interacción y claras líneas rojas.

Éste es el salto cultural que oligarcas y populistas nos hurtan: que aprendamos a ser libres y responsables –en lo económico, por su puesto, pero también en lo político– y pongamos punto final a este Estado bipolar de charlatanes y necios, de santurrones y crédulos; en definitiva, de chorizos y pardillos, cuyos dos únicos linajes, tal y como dijera la abuela de Sancho Panza, son el tener y el no tener.


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