Game Over

De nuevo rumbo a Utopía

En 1989 el triunfo de las democracias liberales sobre el bloque comunista fue proclamado con gran júbilo. Sin duda había motivos para estar exultantes. Por fin, tras un rosario de acontecimientos horribles que habían jalonado el siglo XX, el llamado mundo desarrollado parecía llegar a un lugar seguro. Y los intelectuales, embriagados de optimismo, se dejaron llevar por la euforia del momento y cayeron en el error de emitir sentencias aparatosas, a la postre ridículas, con las que pretendían señalar un punto y final en el fluir inacabable de la Historia.

Una alucinación colectiva

Karl Popper no fue el único que creyó que nos encontrábamos frente a las puertas del paraíso. Y que sólo faltaba un pequeño empujón para que se abrieran de par en par, llegando a proclamar que “La historia se detiene hoy". Si bien matizó que el futuro dependía de nuestra responsabilidad. También Francis Fukuyama (1952, Chicago), en su libro The End of History and the Last Man, afirmó que la Historia había terminado y que la caída del comunismo marcaba el final de las ideologías. Por tanto, no habría más guerras, revoluciones ni baños de sangre. Entrábamos en la era del pensamiento único, de un nuevo pragmatismo al albur de la política y la economía. La utopía, asociada equivocadamente a las ideologías fracasadas, había muerto y las democracias liberales se mostraban como la panacea. ¿Pero estaban suficientemente salvaguardadas?

Es evidente que no lo estaban. La seguridad permanente sólo fue una alucinación pasajera, fruto de esa euforia que se vuelve extraordinariamente contagiosa cuando un suceso que creemos imposible se produce. Cuarenta años soportando la losa de un horizonte apocalíptico, temiendo ese “Día después” del holocausto nuclear, elevó el alivio colectivo que trajo consigo el desmoronamiento del comunismo hasta niveles delirantes y, por qué no decirlo, absurdos. Lo cual sobreexcitó a los intelectuales, que quisieron ver en los acontecimientos un final de trayecto que no era tal. Y muy pocos sospecharon, por no decir ninguno, que en 1989 la lucha por la libertad, lejos de haber terminado, no había hecho sino empezar.

En efecto, la historia no terminó a finales del siglo XX, sino todo lo contrario. Embalsada durante décadas entre dos grandes bloques políticos y económicos enfrentados entre sí, acumuló una gran cantidad energía. Así, cuando uno de los dos diques se desmoronó, la historia se precipitó a través de la brecha como un torrente incontenible. Y en poco más de dos décadas descubrimos que el mundo era demasiado pequeño y frágil, que la economía era política y la política economía y que nos habían birlado el futuro.

Veinticuatro años después las democracias occidentales están tan anquilosadas y corrompidas que muchas son en la práctica regímenes cerrados. En ellas, lo público y lo privado se entremezclan. Y los repartos de rentas, hechos al alimón entre magnates, grupos organizados y políticos, han sido ocultados a los ciudadanos detrás de Estados de bienestar ficticios, que tarde o temprano, de no cambiar mucho las cosas, caerán tal y como cayó aquel muro de la vergüenza en 1989. Hoy las democracias, con su pretendida igualdad ante la ley, su separación de poderes y su vocación de representar al ciudadano común, son la otra utopía a punto de sucumbir.

Utopía contra cinismo  

Sin embargo, nunca es demasiado tarde para desechar el pathos catastrófico y aprender que en el devenir de la humanidad no hay punto y final, ni siquiera punto y aparte. A lo sumo algún paréntesis ocasional, un hito trágico o un breve soplo de optimismo. Siempre prevalece esa poderosa corriente, ese samsara sociológico que impide a la historia posarse en el fondo y fosilizarse, aunque en ocasiones parezca que tal cosa sucede.

Cierto es que detectar ese sutil movimiento que sigue a las convulsiones históricas es tan imposible como apreciar a simple vista el crecimiento de las plantas, y pronosticar, además, cuál de ellas será la más exuberante y cual terminará secándose. Pero ello es razón de más para mantenerse alerta, madurar y comprender que la utopía no es ningún lugar en el mapa, sino un horizonte, un rumbo que hay que mantener.

Quizá la lección más importante que deberíamos haber extraído del pasado siglo es que la democracia no es un medio para un fin, sino que es un fin en sí misma, un punto en el horizonte al que nunca se llega pero hacia el que hay que marchar con convicción. Construir una sociedad abierta y preservarla es una tarea titánica, inacabable, que, como quien dice, empezó ayer a última hora. Dejarse arrastrar por actitudes descreídas y cínicas, fruto del desengaño, y renunciar a la utopía es un lujo que no nos podemos permitir. La creencia de que las cosas se consiguen de una vez para siempre es falsa. Lo cierto es que la Historia nunca termina. 


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