Game Over

Hacia un nuevo mundo totalitario

En una reciente entrevista concedida a la BBCAlan Greenspan, manifestaba entre otras inquietudes su preocupación ante la instauración en Estados Unidos del llamado “Capitalismo clientelista”. Y afirmó que, como pago a los favores recibidos, funcionarios públicos estaban dando un trato preferente a personajes del sector privado. Esta práctica, añadió, habitual en potencias como China y Rusia, hasta la fecha no había sido relevante en EE.UU.

Pero el expresidente de la Reserva Federal se equivoca. El capitalismo clientelista lleva décadas ganando posiciones en Norteamérica gracias sobre todo a los disparatados costes de las campañas electorales. Una puerta trasera por la que los lobbys se colaron hace tiempo en el juego de la representación política en perjuicio de los intereses generales a largo plazo.

El desgobierno de los lobbys

Ya en 1971 los costes de las campañas electorales en Estados Unidos eran tan disparatados que el Congreso aprobó la FECA (Federal Election Campaign Act), con el fin de limitar las aportaciones económicas privadas a las campañas. Y simultáneamente la «Revue Act», que proporcionaba financiación pública alternativa a los candidatos que así lo solicitaran. Después de agrios debates y diversas reformas, la FECA entró plenamente en vigor el 1 de enero de 1975. Sin embargo, a las veinticuatro horas de su aplicación ya había sido recurrida en el Tribunal Supremo por un grupo de senadores demócratas y republicanos liderado por el senador James L. Buckley.

En su dictamen el alto tribunal admitió la constitucionalidad de la financiación pública y la fijación de topes en las contribuciones de particulares, pero estimó inconstitucional limitar los gastos electorales en aquellos casos en los que los candidatos no recurrieran a la financiación pública para realizar sus campañas. En cumplimiento de la sentencia, en 1976 el Congreso se vio obligado a reformar la norma. Y el principal objetivo, la reducción de los costes de las campañas electorales, no se logró y la entrada trasera quedó expedita.

Veintisiete años después de esa sentencia, los daños son alarmantes. Mientras la democracia estadounidense baila al son de los cambiantes intereses de los lobbys y su deuda se descontrola, el régimen chino, apoyado por Rusia, planifica sus movimientos cuidadosamente. En palabras de Kevin G. Coleman, China está jugando al ajedrez, mientras que EE.UU. juega a las damas.

Primero, la guerra económica. Después…

En una entrevista en 'The Times of India', el presidente de la Asociación de Valoración de Activos de Taiwán, Joel Zhengyi Shon, afirmaba que el ascenso de China está más relacionado con su creciente poder económico que con su fuerza militar. “El yuan es el arma más poderosa de China, no sus misiles ni su armamento nuclear”, dijo. Sin embargo, añadió que “un gran número de taiwaneses, e incluso chinos, están convencidos de que se desatará algún tipo de conflicto, quizá incluso una guerra a gran escala, entre China y Japón en la próxima década”.

Mientras llega o no la guerra, China aprovecha la creciente inestabilidad política y económica de Washington para declarar su particular guerra económica. Así, la agencia de calificación china Dagong rebajó recientemente la calificación crediticia de EE.UU. de A a A- con perspectiva negativa. Por otro lado, en junio de este año el país asiático firmó un sustancioso acuerdo de intercambio de divisas con el Reino Unido. Y poco después, en octubre, el Banco Central Europeo y el Banco Popular de China firmaron otro intercambio de divisas por valor de 45.000 millones de euros. Ambos convenios persiguen emplear una menor cantidad de dólares en el comercio entre China y Europa. Además, en opinión de algunos analistas, Pekín podría respaldar su divisa con oro para convertirla en alternativa al dólar. Y contaría con la ayuda de los países BRICS, a los que quiere sumarse Irán, para pasar del tipo de cambio yuan-dólar al yuan-oro.

China y la voluntad de poder

Es evidente que los políticos de Pekín sueñan con un futuro donde China sea la mayor economía de un planeta hiperconectado. Un nuevo mundo “desamericanizado” en el que el gigante asiático, además de ser el principal productor de bienes mundial, sea el centro neurálgico de la política y los negocios. Proyecto aún más ambicioso que el de Erich Ludendorff de asimilar Rusia a Alemania para crear el gran imperio del Este, un delirio que retomado por Adolf Hitler llevó al mundo al borde del abismo.

Cierto es que a China aún le quedaría por recorrer un largo camino. De hecho a día de hoy su PIB per cápita es de sólo 6.118 dólares, frente a los 49.965 de EE.UU., pero se proponen cuadruplicarlo de aquí a 2025, alcanzando una fuerza laboral de 200 millones de graduados universitarios y construyendo 220 nuevas ciudades de un millón de habitantes cada una. Y en ello están. Por lo pronto, en 2014 China pasará a ser el mayor importador mundial de petróleo, superando a Estados Unidos.

Sin embargo, los prohombres de Pekín se enfrentan también a importantes obstáculos físicos para alcanzar la ansiada hegemonía mundial. El estrecho de Malaca, principal ruta de abastecimiento de petróleo para japoneses y chinos, es un cuello de botella bajo la influencia militar de EE.UU. Para solventar este problema de forma provisional (la otra alternativa es la citada guerra con Japón), China ha fortalecido su alianza con Rusia, asegurándose una ruta terrestre en Eurasia continental que conecte con Bangladés, India, Irán y Turquía. Por otro lado, en un claro gesto de potencia dominante, el coloso asiático se propone obviar el Canal de Panamá, controlado por la diplomacia de Washington, acometiendo la construcción de un nuevo canal en Nicaragua. Una obra faraónica con un coste inicial de 40.000 millones de dólares que Pekín ha vestido de iniciativa privada con la creación del consorcio HK Nicaragua Canal Development Investment (HKND)a partir de la empresa Xinwei Telecom Technology Co. por cuya sede han desfilado entre otros el presidente chino Xi Jinping, el premier Li Keqiang y el viceprimer ministro Zhang Dejiang.

La Democracia, la zona gris y el derrumbe de EE.UU.

En lo que se refiere a la guerra propagandista, la amenaza de un impago de deuda de Estados Unidos, cuyo nuevo episodio tendrá lugar en febrero de 2014, y las demoledoras revelaciones de Edward Snowden, que se suceden de forma proverbialmente oportuna, están siendo hábilmente utilizadas por esas dos campeonas de la libertad que son China y Rusia para proclamar a los cuatro vientos que «ha llegado el momento de considerar la construcción de un mundo desamericanizado». Volvemos pues a aquellos tiempos de la Guerra Fría en los que las potencias totalitarias tachaban de hipócritas a las naciones democráticas, aprovechando sus numerosas debilidades, a la vez que se legitimaban a sí mismas para maniobrar en la más absoluta oscuridad. El mundo libre se enfrenta a poderosos enemigos, internos y externos. Y para sobrevivir deberá regenerarse. De lo contrario, sus mejores armas, los principios y valores democráticos, se perderán en esa zona gris cada vez más difusa y extensa, donde el fin justifica los medios y se combate al mal con el mal.


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