Game Over

Sin noticias del sentido común

El pasado 1 de mayo decenas de movilizaciones discurrieron por las calles de la capital de España, todas, aunque en apariencia similares, con reivindicaciones diferentes. Camisetas de colores, banderas y banderines, pegatinas, gorras y pañuelos: un espectáculo de merchandising apabullante. Trabajadores de la sanidad y la educación públicas, ciudadanos atrapados en la trampa de las preferentes, sindicalistas que demandaban el fin de la presunta austeridad. En definitiva, gremios de todos los colores, cada uno de los cuales defendía sus intereses y presionaba a un gobierno ausente tratando de obtener un trasvase de rentas con el que sobrevivir a esta crisis.

Sin embargo, en esta apoteosis reivindicativa no hubo una sola voz que protestara por el imparable aumento del esfuerzo fiscal al que unas clases medias ya más que extenuadas estaban siendo sometidas. Nadie hizo la más mínima objeción a tal expolio. Tan sólo había pulmones dispuestos a insuflar aire a aquellos gritos que clamaban por mantenerse dentro del presupuesto o, en su defecto, que el Estado pagara las cuentas pendientes de todo hijo de vecino. Quienes al final tuvieran que sufragar las infinitas demandas era cuestión irrelevante. ¿No habían sido rescatados los bancos y cajas de ahorro con el dinero de “todos"? ¿No seguían los políticos aferrados a sus sillones sin renunciar a uno solo de sus privilegios y el dinero público fluyendo hacia los partidos?  Entonces, ¿por qué no hacer lo propio a la hora de mantener a salvo ese ‘Estado’ dentro del Estado al que llaman ‘lo público’? Y ya puestos, ¿por qué no sufragar con el dinero de los contribuyentes cualquier otra demanda que pueda parecer remotamente razonable y justa?

Así, los diferentes cánticos de las marea multicolor de las reivindicaciones se fundieron el pasado miércoles 1 de mayo en una sinfonía de lo imposible y, por lo tanto, del absurdo: “¡Sostengamos el empleo público hasta el último aliento! ¡Financiemos a los sindicatos! ¡Resarzamos a los pequeños ahorradores! ¡Hagamos borrón y cuenta nueva con las hipotecas impagadas!  ¡Proporcionemos viviendas dignas a quienes no pueden pagarlas! ¡Expropiemos los pisos que no tienen inquilinos conocidos! ¡Curemos a los enfermos del mundo en nuestra sanidad gratuita! ¡Multipliquemos los impuestos y extendamos la pobreza de manera solidaria!”.

En vísperas del enésimo giro a la izquierda

Es tal el desbarajuste, el caos, en el que parece sumirse España que el abrupto descenso en intención de voto de los dos partidos mayoritarios ha disparado todas las alarmas. Sin embargo, más que al final del bipartidismo, que también, a la vista está que asistimos a una regresión, un giro hacia la izquierda que, ante las crecientes demandas sociales, amenaza decaer en la irracionalidad más absoluta y el populismo.

De hecho, si analizamos los porcentajes de la reciente encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), en realidad lo que se está produciendo es un desplazamiento hacia la izquierda de la intención de voto. De tal suerte que el tan devaluado como indefinible centro-derecha apenas convence ya el 34% de los votantes, mientras que la izquierda, con sus diferentes marcas comerciales, suma ya el 45,5%. Y pese a que con el conjunto de datos de esta encuesta, donde la monarquía sale muy mal parada y la clase política se despeña, podría deducirse que urge una reforma del Estado y las instituciones, ya verán como los derroteros serán otros.

‘Lo público’ pesa y mucho en esta España infectada de estatismo, que, obsesionada con el reparto de rentas, parece secularmente impedida para generar riqueza y sólo lucha para repartirse las migajas. Y quienes así piensan están de enhorabuena, porque aún hoy, y a pesar de una imagen tan deteriorada, PP y PSOE concentrarían el 62,2% de la intención de voto. Porcentaje asombroso, dadas las circunstancias, y suficiente para mantener en pie el actual régimen, por la vía, como ya muchos demandan, de "un gran pacto de Estado". Pacto cuyo único objetivo sería mantener a flote el Estado de bienestar, y esos logros sociales que, dicen, han sido fruto de la lucha y el esfuerzo colectivo. Un cuento muy bonito, que, en el caso de España, es pura farsa. Aquí lo que importa es seguir aferrados a la teta del Estado. De ahí que la idea del pacto sume cada vez más seguidores, sean de izquierdas o derechas.

Entretanto, canibalizadas por unos y otros, bien sean grupos de presión o bien ambiciosos oligarcas, ‘agentes sociales’ o agentes a secas, las clases medias languidecen. Y sin ellas la iniciativa desaparece. Queda pues una sociedad sonámbula que se dispone nuevamente a dar su voto a quien prometa ahorrarle padecimientos. Este es el drama: una mentalidad que, al socaire de gobernantes incapaces de hacer lo correcto, impide cerrar el grifo y nos condena a ser pobres por tiempo indefinido, lo cual poco tiene que ver con la crisis. De reformar las instituciones y proporcionar a este país una democracia avanzada ya ni hablamos. Aún son muy pocos los que entienden que libertad, responsabilidad individual y riqueza son cuestiones inseparables. El miedo y la pereza nos prefieren gregarios. Tiremos pues del presupuesto.

Otrosí: Entretanto, el Rey sigue ganando apoyos. Y de abdicar nada. Porque, como bien ha dicho un expresidente, que algunos hacen pasar por hombre de Estado, sus relaciones internacionales pesan bastante. Especialmente para quienes hacen grandes negocios allende nuestra fronteras. El establishment manda. Y el Rey sigue reinando. Tanto monta, monta tanto.


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