Game Over

La niebla de la guerra

A mediados de diciembre de 2010, Vladimir Putin declaró que la desaparición de la URSS fue “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”. Pero, a continuación se apresuró a añadir que, si bien quienes no lamentaban la desintegración de la URSS carecían de corazón, aquellos que pretendían su renacimiento no tenían cabeza. Esta ambivalencia, ejemplificada en esa afirmación y su posterior matización, ha sido el rasgo más característico de Putin: el doble juego.

La “nueva Rusia”, fiel aliada de Occidente

En efecto, desde que llegó al poder, Putin ha mantenido simultáneamente dos políticas distintas. Con la primera se ha mostrado como un estadista acorde con el final de la Guerra Fría, propugnando una “nueva Rusia”, tanto en política interior como exterior. En la política doméstica, a lomos de ese sustitutivo de la Democracia que es la demofilia (amor al pueblo), combatió a las corruptas oligarquías surgidas tras la disolución de la Unión Soviética, que amenazaban con convertir a la joven Federación Rusa en un estado fallido. Sin embargo, su perenne resistencia al aperturismo político, su cultura soviética y la ausencia de reformas estructurales han degenerado en corrupción, “bunkerización” y estancamiento. De hecho, antes del estallido de la crisis de Ucrania, Ksenia Yudayeva, Vicepresidenta Primera del Banco Central de Rusia señaló que Rusia se enfrentaba a la "estanflación" (una combinación de no crecimiento y alta inflación).

Respecto a la política exterior, Vladimir Putin ha ejercido de “dragomán” al servicio de EE.UU. facilitando un nuevo diálogo con Irán. Porque, aunque en Washington no lo admitan abiertamente, tras el desastre de Irak, la estabilidad de Oriente Medio pasa hoy por un Irán neutral y cooperativo. Lo que exige lavar la cara al régimen de los ayatolás y elevar a la nación persa a la categoría de potencia regional, dando por buena su incómoda “neutralidad activa”. En este giro copernicano de la política exterior USA, Putin ha sido una pieza clave. Y es posible que por ello, como pago a sus desvelos, haya mantenido el control sobre el avispero de Siria.

Otro hito importante, aunque poco conocido, es el hecho de que Rusia se convirtiera de facto en aliada de la OTAN en la campaña de Afganistán, al permitir el establecimiento de un gran centro logístico de la Alianza Atlántica en Ulyanovsk desde el que abastecer a las tropas occidentales. Ello le supuso a Putin algunos quebraderos de cabeza, puesto que autorizar un complejo militar de la OTAN en el sagrado territorio ruso era de muy difícil digestión en esas latitudes. Sin embargo, Putin se mantuvo firme como una roca, incluso pareció disgustado –tal vez socarrón– cuando las naciones occidentales se mostraron ansiosas por poner fin a la campaña. “Es una lástima que todos los estados que participan en la campaña de Afganistán estén pensando cómo escapar de allí", declaró en agosto de 2012.

Como colofón a este somero resumen, añadir que, mediante el entente cordiale auspiciado por Putin, las relaciones entre Rusia y la Unión Europea han experimentado grandes progresos en la última década, lo que ha supuesto beneficios económicos para ambas partes, en especial para Rusia. Así, en 2012 las exportaciones de la UE totalizaron 164.794 millones de dólares y las compras realizadas a la Federación Rusa sumaron 292.510 millones de dólares; es decir, más de 450.000 millones anuales en intercambios comerciales.

Y hasta aquí llega el Putin fiel y cooperativo. El otro, el que se revuelve contra la hegemonía norteamericana y aspira a una Rusia globalmente poderosa, ha desarrollado en paralelo otra política exterior, a la larga incompatible con su rol de aliado fiable.

La “vieja Rusia”, fiel aliada de China

Desde que EE.UU. y China normalizaron sus relaciones 1972, tras el encuentro entre Richard Nixon y Mao Zedong, el control estadounidense de Asia pareció estar asegurado. Sin embargo, este acuerdo tácito entre Pekín y Washington tenía los días contados.

En efecto, hoy Pekín se propone controlar el mar Amarillo, el mar de China Oriental y el mar de China Meridional, y debilitar las alianzas de EE.UU. con países de la zona (Corea del Sur, Filipinas y Japón), creando para ello una poderosa flota que impida a la Marina norteamericana operar libremente en grandes áreas del Pacífico occidental. Parafraseando a Henry Kissinger, cuando en plena Guerra Fría denunció la velocidad con la que la URSS fabricaba misiles nucleares, China está fabricando barcos de guerra como si fueran salchichas. De ahí que el presupuesto militar de Pekín sea ya el segundo del mundo, triplique el de India y supere al de Japón, Corea del Sur, Taiwán y Vietnam juntos.

Entretanto en Pekín trabajan para controlar las rutas comerciales marítimas, Rusia se ha convertido en un importante aliado para China proporcionando una vía terrestre en Eurasia continental que conecta con Bangladés, India, Irán y Turquía, la cual se complementará con la futura “Ruta de la Seda”, que unirá mediante ferrocarril las principales regiones económicas de ambos países, y también con el plan de Pekín para hacer de Horgos (provincia de Xinjiang) una plataforma comercial con la que proyectar su poder económico a Kazajstán y Asia Central. Y, finalmente, alcanzar Centro Europa.

Visto todo lo anterior, confiar en que los lazos económicos de Rusia con Occidente enfriarán los ánimos expansionistas de Putin en Eurasia y neutralizarán su alianza con China, ha sido un error de cálculo estrechamente relacionado con lo que hoy sucede en Ucrania. Pues si bien es cierto que el actual intercambio comercial entre Rusia y China (88.000 millones de dólares en 2012) es muy inferior al que mantiene con Occidente, una vez que la Ruta de la Seda sea un hecho, su crecimiento será potencialmente mayor. A lo que hay que sumar los importantes proyectos conjuntos que empresas energéticas rusas y chinas firmaron a principios de 2013, como la construcción del gaseoducto de Yakutia, con el que,a partir de 2018, Gazprom suministrará a China hasta 60.000 millones de metros cúbicos anuales de gas. Y que la petrolera Rosneft, empresa estatal propiedad del gobierno ruso, que el año pasado absorbió a TNK-BP, tiene previsto incrementar el suministro de crudo al gigante asiático en más de 30 millones de toneladas anuales.

El conflicto de Ucrania

Pese a que el control total de Ucrania y la recuperación de Crimea llevan en la agenda del Kremlin más de una década y pertenecen a esa política exterior paralela de Putin, el conflicto eurasiático ha sido interpretado como una agresión unilateral en forma de putsch apoyado por EE.UU. y ejecutado por grupos neonazis.

Análisis bastante más que cojo, popularizado por aquellos “analistas” occidentales a quienes antaño los soviéticos calificaban de “tontos útiles”. Nada nuevo. Es la tradicional animadversión contra Occidente, ésa que Guofu Li, ex diplomático chino y hoy aventajado asesor del régimen iraní, explicita con estas palabras: “Occidente quiere imponer su sistema en el mundo, sus valores. Quiere hacerlo también en China y en Oriente Medio. Por eso pretende imponer su agenda, con el diálogo siempre vinculado a los derechos humanos. Pero nosotros nos preguntamos por qué. Quizá deberíamos mantener nuestros sistemas, porque el sistema occidental está ya caducado”.

El proceso de desestabilización de Ucrania viene de lejos, exactamente desde el momento en el que el Partido de las Regiones de Víktor Yanukóvich se coaligó con las formaciones separatistas Bloc de Rusia y Comunidad Rusa de Crimea (ROK) para ganar las elecciones parlamentarias de Crimea en 2006. El Bloc de Rusia estaba financiado por el ex alcalde de Moscú, Luzhkov, y tenía estrechos vínculos con la inteligencia rusa. Por su parte, ROK estaba financiado por Luzhkov y Konstantin Zatulin, y por el propio Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia y la administración presidencial. Fue entonces cuando empezó la desestabilización de Ucrania. El plan de anexión de Crimea había comenzado.

Más tarde, cuando Rusia actuó a hechos consumados, anexionándose Osetia del Sur y Abjasia, la UE se limitó a hacer tímidas advertencias. Meses después, las relaciones habían vuelto a ser completamente normales, como si nada hubiera sucedido. Obama, por su parte, decidió que la ocupación no debía enturbiar las relaciones ruso-estadounidenses. Y miró para otro lado. Claras señales para los dirigentes rusos de que sus acciones (esto es, invadir países vecinos) no implicaban costes.

No es cuestión de demonizar a Putin, sino poner de relieve los peligros a los que se enfrentan las democracias occidentales que, en general, evidencian una profunda fractura entre gobernantes y gobernados. Pese a todo, estas democracias maltrechas en manos de liliputienses es lo único que se interpone entre nosotros y un orden nuevo, donde la causa de la libertad no existe siquiera como enunciado.

Cierto es que aún quedan cabos sueltos para que la alianza Chino-Rusa sea sólida (posiblemente antes de finales de año salgamos de dudas). Sin embargo, mejor será que los líderes occidentales, si es que se les puede calificar como tales, empiecen a buscar en el armario los viejos pantalones a cuadros. Porque, dentro de unos años, o quizá mañana mismo, la niebla de la guerra podría envolvernos a todos.


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