Game Over

La mutación de Podemos

Por más que algunos analistas políticos se empeñen, en los líderes de Podemos no se aprecia la inflexible y pavorosa virtud revolucionaria de Maximilien Robespierre, y menos aún la sensual y corruptible humanidad de Georges-Jacques Danton. En ellos solo se distingue el perverso oportunismo de Joseph Fouché, que de los tres fue con diferencia el peor.

No en vano Pablo Iglesias y los suyos se han valido de los cuadros de Izquierda Anticapitalista para generar una aguerrida estructura de partido en ciernes. En estos cuadros tuvieron su fiel y obediente guardia de corps, hasta que, cumplida su misión, decidieron reemplazarlos por los más aseados y nebulosos círculos, aplastando cualquier oposición cuando llegó la hora de controlar el partido. Y ahora, con la pantomima del pasado jueves, pretenden envolverse en la piel de cordero de la socialdemocracia para recorrer la zona de peligro que aún les separa del poder.

Lo angustioso, lo alarmante es que más allá de este peligroso y nuevo bluf, de este invento que es Podemos, sigue estando el vacío, la nada

Así pues, lo de menos es que los profesores Vicenç Navarro (catedrático de Ciencias Políticas y Sociales en la Universitat Pompeu Fabra) y Juan Torres (catedrático de Economía en la Universidad de Sevilla) desgranaran el pasado jueves un discurso económico disparatado, cuyas primeras 40 páginas hieden a ideología, o que, incluso, improvisaran sobre la marcha el paradójico “Derecho al crédito”, que al parecer no figuraba en el borrador original.

Tampoco merece mayor reflexión que a tal discurso económico atribuyeran un empirismo tramposo, en el que primero va el dogma y después aquellas supuestas demostraciones que lo hacen verosímil, ignorando convenientemente, claro está, las que irremisiblemente lo hundirían en la miseria. Tal falta de honestidad intelectual es lo que cabe esperar de quienes están imbuidos de ideología.

Lo angustioso, lo alarmante es que más allá de este peligroso y nuevo bluf, de este invento que es Podemos, sigue estando el vacío, la nada. Y el tiempo se nos acaba.

Mucho peor que el sarampión

Hay quienes argumentan que Podemos es como un sarampión que debemos pasar. Que este partido servirá para expulsar del sistema al PP y al PSOE y, con ellos, a las élites extractivas que parasitan en la sociedad española, o que, cuando menos, forzará cambios que de otra forma nunca se producirán. Pero Podemos no es más que una peligrosa bifurcación, la trampa de la carretera cortada sin señalizar que aparece justo al final del recorrido de un régimen sin solución. Camino que no va a ninguna parte o, desde luego, no conduce a un lugar mejor.

Desgraciadamente, ocurre que en esta crisis nadie quiere ser perdedor. No aceptamos que todos debemos pagar un precio, por más que los golfos deban asumir una factura infinitamente mayor. Y es en esta negativa a asumir los costes que a cada cual corresponde donde Podemos encuentra su lugar, prometiendo que todo lo arreglarán sin sufrimiento ni dolor. Que bastará con repartir mejor el pastel.

Adoptar una política económica u otra no sacará a España de la dinámica perversa en la que se encuentra. Tal cosa solo será posible con un cambio radical en las reglas del juego, por más que a Rajoy se le pongan de corbata

Pero es falso. Adoptar una política económica u otra no sacará a España de la dinámica perversa en la que se encuentra. Tal cosa solo será posible con un cambio radical en las reglas del juego, por más que a Rajoy se le pongan de corbata. El impulso que necesitamos para recuperar las instituciones y construir un país de verdad democrático, próspero y libre solo podrá venir de la aplicación de un conjunto de reformas profundas y simultáneas. Todo lo demás es ocultar la verdad al ciudadano de a pie y hacerle caer de nuevo en la trampa de la esperanza.

La solución a la decrepitud de España pasa por racionalizar el caótico y oneroso sistema autonómico, garantizando que la distribución de competencias responda a criterios de economía y eficacia. Las Autonomías deben eliminar la montaña de leyes, normas y regulaciones, con las que imponen todo tipo de trabas a los emprendedores, dificultando la innovación, el comercio interior y la creación de empleo. Sí, hay que devolver muchas de sus competencias. Pero no al Estado central, sino directamente a los ciudadanos, para que puedan organizar su vida libres de esa nefasta y asfixiante fiebre intervencionista.

También es imprescindible cambiar la ley electoral, facilitando la representación directa y el control de los representantes, impulsando distritos unipersonales donde el candidato deba presentarse individualmente, a pecho descubierto, ante sus votantes. Y garantizar así que los partidos funcionen de manera democrática, exigiendo además a los candidatos que se sometan a un proceso adecuado de elecciones primarias.

Por último, debemos impulsar un órgano legislativo que sea de verdad independiente, que cumpla plenamente las funciones que le corresponden: represente a los ciudadanos cabalmente, elabore las leyes de forma clara y concisa y sirva como control y contrapeso al poder ejecutivo, en lugar de ser una mera correa de transmisión de los capos de los partidos.

Desde la imperiosa necesidad de reformas dramáticas, el intento de Pablo Iglesias de colarnos un borrador económico que, aunque delirante, resulte creíble a los ojos del común, se asemeja demasiado al camelo de Mariano Rajoy

Desde la imperiosa necesidad de reformas dramáticas, el intento de Pablo Iglesias de colarnos un borrador económico que, aunque delirante, resulte creíble a los ojos del común, se asemeja demasiado al camelo de Mariano Rajoy de legislar sobre lo ya legislado, sobre todo en materia económica, sin entrar nunca en el fondo de la cuestión. Y diríase que, exactamente igual que quien manda en el PP, lo que quieren los líderes de Podemos es ganar las elecciones a toda costa, para luego gobernar de forma discrecional gracias a las trampas de un modelo político convenientemente desprovisto de controles, contrapesos y líneas rojas.

La diferencia es que, mientras Rajoy necesita desesperadamente conservar el poder para que el PP no desaparezca víctima de sus propias fuerzas centrífugas, Pablo Iglesias, además de aspirar a mandar mucho y tener derecho a genuflexión, quiere ajustar cuentas con la Historia. Y es que hay un amargo sentimiento de derrota, de utopía ajusticiada y necesidad de revancha en su discurso. Lo cual, lejos de poner fin a este régimen, asegurará su continuidad en forma aún más perversa.


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