Game Over

La mirada perdida de Occidente

Hace unos años, por un azar de la vida, visité en la ciudad de Edimburgo una exposición del fotógrafo Lalage Snow titulada We Are The Not Dead: Soldiers on Afghan Mission (Nosotros somos los que no morimos: Soldados en la misión afgana). Muestra que consistía en una serie de retratos realizados a soldados destinados en Afganistán, y en la que el fotógrafo escocés, con una secuencia de tres imágenes, captaba en sus rostros el antes, el durante y el después de su experiencia en el reino de los talibanes.

El trabajo de Lalage Snow, según sus propias palabras, era un reconocimiento a aquellos hombres y mujeres, a su fortaleza y, sobre todo, a su sufrimiento. Con sus instantáneas, Lalage dejó constancia de la transformación que aquellos rostros experimentaban en el transcurso de unos pocos meses. Y también de una singularidad que más tarde sorprendió al propio fotógrafo: ya en sus casas y transcurridos tres meses de la experiencia afgana, el semblante de los soldados, pese a recuperar una relajación aparente, tenía una mirada distinta a la reflejada en la primera fotografía. De hecho, después de ver todas y cada una de aquellas imágenes reproducidas en gran formato, era imposible no sentirse inquieto, impresionado, y preguntarse: “¿qué han visto esos ojos?”.

La mirada de un solado después de dos días de intenso combate. National Archives. USA gov.

Al otro lado de la empalizada

La mirada de los mil metros, o dicho más correctamente, de las mil yardas (Thousand-yard stare), alude a una transformación en la forma de mirar de los soldados que han entrado en combate y se han visto sometidos a una gran presión. Desde el punto de vista formal, se trata de una afección psicológica producto del estrés post-traumático. Sin embargo, quien tiene la mirada de las mil yardas, más allá de las evidentes connotaciones síquicas, diríase que está bajo los influjos de una poderosa hipnosis que le permite ver más allá de lo evidente. Como si, lejos de evadirse, estuviera en conexión permanente con una visión abrumadora que los demás somos incapaces de vislumbrar.

Algunas claves del fondo de esa mirada las dan sus propios protagonistas. En palabras de Matthew Hodgson, de tan sólo 18 años, uno de los soldados destinados a Afganistán y retratados por Lalage Snow: “Tratas de explicar dónde estuviste, lo que es aquello. Pero, por más que te esfuerzas, la gente no se hace la menor idea”. O según el soldado Steven Anderson, de 31 años: “Fuimos allí para intentar ganar sus corazones y cambiar su mentalidad. Pero aquellas personas viven sólo hasta los 45 años y mueren entre mucha pobreza, sin medicamentos. Dan un valor diferente a la vida […] Un día murió un niño, no tuvo nada que ver con la guerra, sino que cayó enfermo. Sin embargo, trajeron su cuerpo a nuestro campamento, con un disparo, diciendo que había quedado atrapado en un fuego cruzado, por lo que exigían dinero. ¿Cómo puedes cambiar la mente de alguien así?”.

En efecto, esa es la gran pregunta: ¿cómo cambiar esas mentes ancladas en el medievo y atrapadas en las madrasas, donde todo conocimiento al margen del Libro sagrado está prohibido por impuro? Lograrlo se antoja una proeza, máxime cuando las democracias, que hace tiempo debieron emprender esta tarea por otras vías y hoy han de hacerlo tarde y mal, a sangre y fuego, no sólo han olvidado sus principios, sino que están incursas en una severa decadencia política y al albur de los intereses y vaivenes económicos.

No defender la democracia, desde dentro y desde fuera, tiene consecuencias. Los regímenes corruptos, como Egipto, Argelia, Túnez y Arabia Saudí, que durante largo tiempo han sido sostenidos por ser fieles aliados políticos y comerciales de Occidente, hoy, con sus sociedades al límite de sus fuerzas, se tambalean. Algunos ya han caído, aunque por obra y gracia de la Primavera árabe, movimiento que estimulado por Occidente ha intentado anticiparse y conjurar la imparable marea islamista. Otros, como Pakistán, país clave para el abastecimiento de las tropas aliadas desplegadas en Afganistán, están siendo tomados subrepticiamente desde dentro por políticos y militares que simpatizan abiertamente con el fanatismo religioso, lo cual, además de la crisis económica, ha sido factor determinante en el precipitado calendario de retirada de la OTAN. Las nuevas élites árabes, al contrario que sus predecesoras, viven alejadas de Occidente y se dejan seducir por el ejemplo del asesinado Osama Bin Laden. En definitiva, están cayendo bajo el influjo de un islamismo que no admite medias tintas, y cuyo objetivo declarado es someter los Estados árabes y africanos a la ley islámica. Y desde éstos, propagarla por el mundo.  

El espejo del alma

Si los ojos son el espejo del alma, aquellos que han adquirido la mirada de las mil yardas son la prueba de una metamorfosis íntima. Quizá un anticipo del sufrimiento al que el destino y nuestra desidia parecen abocarnos. Al otro lado de las doradas murallas que protegen nuestra Constantinopla, se extiende un mundo convulso y devastado que se debate en una guerra cruel y sorda: sucia, donde principios, intereses y creencias se enredan en una maraña indescifrable y en extremo peligrosa. Sin embargo, todas nuestras sospechas y reticencias, por más que estén fundamentadas, no deben distraernos de una realidad insoslayable: el durísimo combate que se libra todos los días, aunque la mayoría lo ignoremos, entre la Civilización y la Cultura; entre el progreso, con todas sus bondades y miserias, y el fanatismo, en el que sólo hay lugar para la virtud inhumana y el no-pensamiento. Un peligro real al que los ciudadanos occidentales del presente, tan preocupados por el pan nuestro de cada día y a la vez tan desentendidos de la corrupción que asola nuestras democracias, lejos de mirar de frente, seguimos dando la espalda.


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