Game Over

Cuando la mentira nos gobierna

Cada vez es más generalizada la opinión de que en España carecemos de gobierno, que el pacto de las fuerzas políticas y económicas que alumbró la Transición de 1978, donde la idea de nación estaba ausente –ahora lo vemos–, jamás nos proporcionó tal cosa. Si acaso, y según la definición acuñada por Douglas Cecil North, la Transición sirvió para transformar la dictadura franquista en una “coalición gobernante” travestida de democracia; una suerte de alianza entre grupos de interés y “familias” que, más o menos organizadamente y más o menos bien avenidos, se pusieron de acuerdo para “administrar” las vidas y haciendas de todos los españoles.

El Estado absoluto

En efecto, desde los tiempos de Adolfo Suárez hasta el actual presidente no ha habido realmente un gobierno en España sino la misma coalición gobernante, cuyo carácterendogámico ha ido degradándola genéticamente de manera paulatina. De ahí que en esta hora decisiva, donde nos jugamos el ser o no ser de España como proyecto común, no tengamos un solo héroe del que echar mano, ni tampoco grandes estadistas por más que busquemos en los recónditos trasteros de la España política.

Tampoco encontraremos personas preparadas y de bien que desde la sociedad civil puedan dar un paso al frente y transformar este sistema de acceso restringido, que nos empobrece, en otro de libre acceso, porque la sociedad civil ha sido meticulosamente desmantelada. Hoy quien no demuestre que proviene de las entrañas del Estado, bien porque sea abogado por oposición, bien profesor de alguna universidad pública, no puede acceder a la política. De hecho, no hay nadie del sector privado pisando moqueta en un ministerio. Y no vale Luis De Guindos como excepción, por más que ratifique la regla, porque una cosa es “lo privado” y otra muy distinta los tinglados financiero-mercantilistas que alientan los Estados con sistemas de acceso restringido.

Da igual si es corporativo o neocomunista, el Estado es un absoluto; es decir, para sus adoradores es el problema y la solución, el bien y el mal, el todo y la nada. Si acaso su forma, la política económica que desde él se planifique y, sobre todo, su sistema de reparto de rentas son las únicas cuestiones que se dirimen. Y más allá de esto está la nada.

Es pues elEstado del siglo XXI el paraíso de los políticos profesionales, los mercantilistas y los oportunistas, y también de los politólogos y economistas sagaces, que juegan a racionalizar el funcionamiento de una maquinaria tan inescrutable como impredecible.

Hoy la nación es Estado, la sociedad es Estado y el concepto mismo de democracia está esclavizado al concepto de Estado. En consecuencia, ha desaparecido la nación, ha desaparecido la sociedad y ha desaparecido cualquier posibilidad de democracia formal, porque todo sistema de poder que esté orientado al individuo está vetado. Así, lo que en Podemos llaman “empoderamiento del pueblo” –según ellos, el colmo de la democracia– no es otra cosa que el empoderamiento supino del Estado; es decir, el puto infierno.

La mentira y sus cómplices

Al carecer de gobierno hemos terminado siendo gobernados por la fuerza más poderosa de todas cuantas existen, la de la mentira de Estado. Esta es la paradoja, la perversión que transformaba milagrosamente en buena nueva el desolador pronóstico del último Consejo de Ministros, según el cual a finales de 2015, es decir, transcurridos ni más ni menos que ocho años desde el inicio de la crisis, en España seguirá habiendo más de cinco millones de desempleados.

Es también la mentira de Estado lo que permite incorporar a la Renta Nacional Bruta los flujos procedentes de la prostitución, tráfico de drogas y contrabando, y poder asumir otros 26.000 millones de euros como deuda sin engordar aún más un déficit ya de por sí irreductible.

Y de nuevo es la mentira de Estado lo que da alas a Jordi Pujol, para que tras un ejercicio de cinismo descarnado se ponga chulo y termine amenazando desde la tribuna de un parlamento a sus propias criaturas, advirtiendo a los lacayos de que si dejan caer a su señor, éste les arrastrará en su caída, porque L'État, c'est moi. Y es que, como decía Epicteto, la mentira no puede sobrevivir sin cómplices. Y el Estado entendido como sistema de acceso restringido no es más que una colosal mentira que a toda costa sostienen sus beneficiarios.   

Con todo, lo peor es que la mentira de Estado no afecta sólo a la clase dirigente, sino que ha infectado al común, hasta el punto de que muchos creen que el derecho a una vivienda digna puede traducirse en un título de propiedad que se nos ha de otorgar en el mismo momento en que nacemos, o que, a pesar de que la población envejece y se reduce sin que se produzca el número de nacimientos necesarios para sostener el sistema, se podrán asegurar las pensiones y además instaurar una renta básica universal con tan sólo fiscalizar a las mayores fortunas y perseguir a los grandes defraudadores. Ideas todas mágicas en tanto en cuanto la creación de riqueza, por más que se enuncie, no aparece explicada en ninguna parte.

Final de trayecto

Y es que, como explicaba Jean-François Revel, según las leyes que gobiernan a la mezcla de palabras, de apegos, de odios y de temores que llamamos opinión, un hecho no es real ni irreal: es deseable o indeseable. Es un cómplice o un conspirador, un aliado o un adversario…. Así pues, la mentira de Estado, que siempre promete favorecernos, es piadosa y dulce: una aliada. Mientras que la verdad, que por lo general contradice nuestros deseos, resulta ofensiva y amarga.

Por eso parece que estamos abocados a culminar esta delirante travesía rindiéndonos al populismo más abyecto, incapaces como somos de asumir que este mundo es bastante más que imperfecto y que, para colmo, nuestros actos llevan aparejados sus consecuencias. Y es que aunque nuestras demandas sean infinitas, los recursos serán siempre finitos. Quien aspira al poder lo sabe. Y sin embargo nos miente.


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