Game Over

La mentira y sus cómplices

A cuenta del 'caso Bárcenas' se está trasladando a la opinión pública la idea de que el problema es el presidente, quizá su entorno o, como máximo, sus siglas políticas; es decir, la cuestión se ha reducido a dirimir si Rajoy es honrado o no lo es. De esta forma se polariza a la opinión pública, que es el quid de la cuestión. Y así el odio y la rabia del común se focalizan en un personaje, o a lo sumo en un puñado de nombres propios. Lo cual deja al margen el problema de fondo, que no es otro que un régimen agotado, en el que la degradación corona en estos días sus máximas cotas. Una vez controlado el alcance de los daños, la troupe hace el paripé y se exigen dimisiones. Todo lo más, en un ejercicio de pura retórica, se pide la disolución de las Cortes y la convocatoria de elecciones. Cosa que todos saben que no va a suceder. El establishment pende de un hilo. Y no hay margen para más experimentos. 

Una vez ha degenerado el escándalo Bárcenas en esperpento, tal y como es costumbre desde tiempo inmemorial en la España política, no es de extrañar que el actual presidente saliera a la palestra como un toro herido que busca refugio en las tablas y se negara en redondo a someterse al descabello. Porque, a su modo de ver, se enfrenta a una conspiración orquestada desde dentro del régimen, en la que participan miembros de su propio partido, incluso ministros del gobierno que él mismo preside.

Y algo de razón lleva este gallego obcecado y sin chispa. Porque con su dimisión cambiarían las caras, pero nunca las costumbres. Y para un viaje como este no hacen falta alforjas. Y aún menos convicciones elevadas. Dicho de otra forma, que la clase política exija la dimisión a Rajoy, que hoy por hoy es su miembro más vehemente, es un clamoroso ejercicio de cinismo, porque en este “Régimen de Corrupción” no hay quien no tenga un cadáver escondido en el armario.

Sin embargo, el verdadero delito del presidente no es haber tratado de enterrar inútilmente el 'caso Bárcenas', quizá haber recibido sobres con dinero negro o incluso haber mentido a cuenta de ello. No, su delito es ser el más vehemente defensor de este “Régimen de Corrupción”. Lo cual es, a mi juicio, más grave y de consecuencias mucho más desastrosas. Porque al negarse en su día en redondo a reformar las instituciones, Mariano Rajoy condenó a España a seguir siendo por tiempo indefinido el paraíso de los tesoreros; es decir, santificó la corrupción. Y amigo, donde las dan las toman.

Ahora estamos abocados a una interminable peregrinación por el desierto o, en su defecto, a dejaros tentar por soluciones intempestivas y peligrosas. Así pues, quizá el de Compostela esté convencido de que es víctima de las luchas de poder que en tiempos de penurias siempre se desencadenan dentro de los Estados en los que la democracia brilla por su ausencia. Pero, en cierta forma, esta conjura de un personaje con prominentes patillas y de aspecto decimonónico –tiene guasa la cosa– le hace justicia. Lo dijo Epicteto: "La verdad triunfa por sí misma, mientras que la mentira necesita siempre complicidad". Y de una forma u otra Mariano Rajoy es cómplice de la segunda. Y eso tiene su precio.


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