Game Over

Lo que no nos mata nos hace mas cutres

“Ramón Iglesias, un ingeniero y promotor español de 63 años, necesitó tres años de gestiones, 10.000 euros en licencias, centenares de papeles y trámites con más de 30 funcionarios de 11 departamentos distintos, pertenecientes a cuatro administraciones, antes de poder abrir una bodega ecológica en Vejer de la Frontera (Cádiz), finalmente en 2012. Tuvo que pagar 1.300 euros por un estudio de impacto acústico a pesar de que sus instalaciones no hacían ruido y se encontraban a dos kilómetros y medio del lugar habitado más cercano. Le llegaron a solicitar una certificación de «innecesariedad» de realizar actividad arqueológica o un informe sobre luces en relación al «reglamento para la protección de la calidad del cielo nocturno». Iglesias se vio sometido a todas las trabas posibles a pesar de que iba a crear un puñado de puestos de trabajo en una de las zonas de España con mayor tasa de desempleo.”

Este breve párrafo, extraído del libro Catarsis. Se vislumbra el final del Régimen (Ed. Foca. 2013), escrito por Juan Manuel Blanco y un servidor, y prologado por el director de esta casa, Jesús Cacho, contiene en unas pocas líneas las claves de una crisis económica, de la que, por más que se publicite lo contrario, no saldremos sin una transformación de las instituciones y de la sociedad española tan profunda como difícilmente imaginable. Transformación que pese a todo habrá de realizarse o de grado o por fuerza.

La crisis no nos ha hecho mejores sino aún más cobardes

Y es que a día de hoy el marco institucional y legal de España no sólo sigue siendo tan desfavorable para la iniciativa empresarial como lo era antes de esta crisis, sino que se ha vuelto extremadamente hostil tras la concentración bancaria, la desaparición de la Cajas de Ahorro, la digestión de activos tóxicos a costa del erario público y la aniquilación definitiva de la libre competencia, amén del fracaso (¿deliberado?) del IVA de caja para PYMES y autónomos, las aberrantes subidas de impuestos y tasas y, en general, la enloquecida compulsión confiscatoria y también regulatoria, que en estos años han alcanzado cotas extraordinarias.

En el último informe bianual de la OCDE, España se sitúa en penúltimo lugar en lo que se refiere a facilidades para la actividad empresarial

Los habituales informes, desde el Doing Business del Banco Mundial, pasando por el  Índice de Libertad Económica del Wall Street Journal, hasta la Fundación Heritage, nos lo han venido advirtiendo regularmente. Pero los españoles hemos seguido a lo nuestro, deslizándonos por la suave pendiente del corto plazo, preguntando aquello de “¿qué hay de lo mío?”. Así pues, a nadie debe extrañar que en el último informe bianual de la OCDE, de los 30 países desarrollados que integran esta organización, España se sitúe en penúltimo lugar en lo que se refiere a facilidades para la actividad empresarial. Circunstancia que es responsable directa, junto con la corrupción institucional, de la perpetuación de esta crisis, pero que, en comparación con las manidas polémicas sobre lo público y lo privado, parece importarnos una breva. Y claro, nadie se organiza para protestar por ello. 

(Clasificación por países según dificultad para crear una empresa)

Con todo, lo peor no es que a muchos ciudadanos de a pie, tan sensibles para otras cuestiones, les traiga sin cuidado la creación de riqueza, sino que, desde las diferentes administraciones estatales, autonómicas y municipales, se persiga a los pequeños y medianos empresarios, y por ende a las clases medias, con el ensañamiento propio de los psicópatas, el aventurerismo de los bandoleros y la desvergüenza de los vulgares chorizos, como si el fin último de este Estado acromegálico fuera exterminar a los empresarios vocacionales, cuyas ideas y sueños, de poder ser llevados a cabo, mejorarían las expectativas de millones de personas, hoy condenadas al desempleo y a la pobreza. Empresarios, claro está, que nada tienen que ver con esa “chulipandi” de engolados señorones que se forran gracias a unos boletines oficiales convertidos en máquinas de picar carne. 

En lo sustancial, nada ha cambiado

Por más que Mariano Rajoy insista en que la recuperación ha llegado y lo haya hecho para quedarse, desde 2012 hasta hoy nada ha cambiado en lo sustancial. Muy al contrario, la burocracia y su incontenible vómito de nuevas leyes y normas, siempre milagrosamente orientadas a favorecer a los aliados y poner zancadillas a la gente corriente, alcanza el paroxismo cada viernes con la comparecencia de doña Soraya, la cual, con su voz aflautada y a ratos dolorosamente desafinada, pone los pelos de punta a quienes aún conservan la cabeza en su sitio; sobre todo, por la devoción que demuestra hacia la todopoderosa maquinaria del Estado, dentro de la que plácidamente pacen los que, como ella, sólo han aprendido una cosa en la vida: que opositando se hace carrera.

Eso sí, en lo que todos, nobles y plebeyos, parecen estar de acuerdo es que el último pague la cuenta. O mejor, que pague Rita

Si no fuera porque muchos ciudadanos viven hipnotizados por este costumbrismo del absurdo, en el que todo se reduce a defender uno u otro modelo de Estado, esa imagen del súper burócrata, que recita –y disfruta haciéndolo– textos deliberadamente tediosos y revirados, moriríamos de un infarto; es decir, de puro miedo. Porque, a pesar de todos los buenos deseos, cada vez que nos glosan los acuerdos del último consejo de ministros, más nos hundimos en la mierda.

Mientras seguimos discutiendo si ese trozo de tierra llamado Cataluña debe seguir formando parte del mapa de España o convertirse en la franquicia de una casta con denominación de origen, si es mejor lo público o lo privado, si el modelo educativo y sanitario ha de ser así o de otra manera, si antes va el derecho a la vivienda digna que la renta básica universal o viceversa, o si la resurrección del Che Guevara podría salvarnos a todos, lo de crear empresa sigue reservado a los cuatro amigos de siempre, porque el común es rematadamente idiota y está, como se ve, a otras cosas. Eso sí, en lo que todos, nobles y plebeyos, parecen estar de acuerdo es que el último pague la cuenta. O mejor, que pague Rita. Y es que está crisis está demostrando que lo que no nos mata nos hace más cutres.


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