Game Over

La izquierda ya tiene estrategia: saltar al vacío

Han sido necesarios casi 5 años de zozobra y constante deterioro económico para que la mayoría empiece a tomar conciencia de la grave situación en la que se encuentra España. Desgraciadamente, este despertar a la realidad no ha traído consigo una mayor capacidad de raciocinio sino más bien todo lo contrario. No hay más que echar una ojeada a izquierda y derecha, a arriba y abajo, para comprobar que no son pocos los que comportan como los pasajeros histéricos de un transatlántico que se hunde en mitad de una noche cerrada. Mientras otros, afortunadamente no muy numerosos, aprovechan manifestaciones y huelgas para desahogar su furia quemando contenedores, apedreando escaparates y saqueando comercios, liberando un bestialismo que no proviene de frustración alguna sino del consumo excesivo de una cultura mediática rebosante de violencia.

Para colmo de males, desde eso que en este país se llama la izquierda, tan aficionada a reducir problemas complejos a simples ecuaciones donde sólo hay que despejar una incógnita; es decir, señalar a un malvado, se proclama a los cuatro vientos que la situación no es tan crítica y hay margen más que suficiente para ahorrarnos padecimientos. La actual crisis es en gran medida una invención de la derecha para, según la teoría conspirativa de moda importada de los sectores más progres de EE.UU. y llamada Síndrome del shock, esclavizar a las sociedades. Y como lo de peregrinar por el desierto y hacer la justa y merecida penitencia no va con la izquierda, ya tienen su estrategia y, con ésta, su primera consigna para la actual legislatura: tomar la calle y desestabilizar al gobierno. Un gobierno que, dicho sea de paso, no es el paradigma de la mano dura.

Una dosis letal de creencias irracionales

Unos a voces, como Cayo Lara, y otros de forma más taimada, como el inefable Alfredo Pérez Rubalcaba, ambos con la correa de transmisión de los dos grandes sindicatos de partido, UGT y CCOO –o tal vez al revés– y haciendo un claro guiño a la izquierda más extrema, proponen a los ciudadanos transformar la zozobra en indignación, y la indignación en el valor necesario con el que tomar las calles. Según nos dicen, poniendo pie en pared haremos valer ese proyecto de un mundo feliz, esa quimera, que desde hace más de un siglo defienden. pero que siempre termina por hacer a la gente feliz a la fuerza y llevarla más allá de la pobreza: a la miseria. No importan las referencias histórica, aun las más recientes, esto va de creencias. Hay que dar buena cuenta de los culpables, que son el capitalismo y el Liberalismo, para alcanzar la tierra prometida. La lección de esta crisis es clara y hay que aprovechar la ocasión para que todos la aprendan y que tiemblen los capitalistas del mundo! Aunque en nuestro caso éstos pertenezcan en su inmensa mayoría a una más que empobrecida clase media.

Tiene su lógica que un argumento tan estúpido pueda prender en las mentes de muchas personas. Pues, según la otra creencia mayoritaria, que no comparto por absoluta, el ciudadano común no es responsable de esta tormenta perfecta, y aún menos lo pueden ser aquellos más jóvenes, ¿por qué han de verse entonces abocados a padecer sus consecuencias? Quizá porque la vida real tiene sus propias reglas y no hay lugar para arcadias ni Estados de bienestar que se financian con aire. Y menos si sus cimientos son una corrupción clamorosa que atraviesa a la sociedad de arriba abajo, desde el ciudadano más modesto hasta el más influyente.

Dentro de esta estrategia se explica que, ante la alarmante falta de dinero público, aún haya una multitud de voces que siguen defendiendo la solución de seguir gastando, alegando que otra política económica es posible. Como si con el edificio en llamas aún fuera tiempo de mantener debates, por otro lado ya superados en el mundo académico. Llegados a este punto, cabe preguntarse qué parte de "ya no hay un euro en la caja" no han entendido los políticos y economistas de izquierdas. ¿Acaso no saben que, frente a la cruda realidad, las creencias que ahora proclaman se desvanecerán como el humo en el aire? ¿Esperan que creamos que, si estuvieran en el gobierno, se atreverían siquiera a insinuar en los foros mundiales donde se consigue la pasta que su política es la de pedir más para seguir gastando y pagar lo más tarde posible o, incluso, no pagar nunca? No, sabemos que, llegado el momento, se desdoblarán como suelen, vendiendo una cosa en casa y aceptando justo la contraria fuera. Pues con la realidad económica apechugan todos los días hasta los estados más vehementes del mundo, sean gobernados por dictaduras, democracias o teocracias. El imperio de la racionalidad manda siempre en última instancia y es imposible sustraerse a sus sumas y restas, salvo que una sociedad decida saltar al vacío y suicidarse.  

En situaciones como la presente, en las que las sociedades bordean temerariamente los límites del desastre, lo que menos abunda es la valentía, la sangre fría, el análisis honesto y el reconocimiento de los propios errores. Por el contrario, se exacerban las creencias, los lugares comunes de la sinrazón, de tal forma que la sensación de vértigo aumenta y la tentación de saltar al vacío puede volverse insuperable. Estamos en ese punto de inflexión, de hartazgo, tan recurrente en la Historia, casi procíclico, que en no pocas ocasiones ha empujado a naciones enteras a tomar el camino de la perdición. Y cuando más necesario se hace mantener la cabeza sobre los hombros, más gente parece empeñada en perderla o hacer que otros la pierdan. Unos, los ciudadanos, porque están hechos un manojo de nervios, y otros, los políticos, porque su gen egoísta les empuja a seguir haciendo carrera aún cuando el país entero se hunda.

Twitter: @BenegasJ


Comentar | Comentarios 0

Tienes que estar registrado para poder escribir comentarios.

Puedes registrarte gratis aquí.

  • Comentarios…

Más comentarios

  • Mejores comentarios…
Volver arriba