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2015: de la involución a la ruptura

El pasado viernes Mariano Rajoy hizo balance de este 2014 que ahora termina con un discurso tan alejado de la realidad, tan delirante, que de haber habido un psiquiatra en la sala, se habría sentido concernido profesionalmente y, en consecuencia, tentado de pedir su ingreso inmediato en un centro de salud.

Psiquiatras a parte, lo cierto es que ya son multitud los políticos del Partido Popular y analistas afines para quienes la psique del actual presidente es un problema irresoluble. Incluso aquellos que hasta ayer mismo se solazaban cómodamente a su amparo, hoy en privado, viendo como Pablo Iglesias y los suyos se encaraman a las verjas de Moncloa, piden segundas opiniones sobre la plástica cerebral del presidente. ¿A qué se debe –inquieren angustiados– ese fallo de sistema, ese cuelgue sin posibilidad de reinicio, que hace recaer a don Mariano una y otra vez en el absoluto inmovilismo, dejando los problemas más acuciantes, los políticos, al albur del milagro de la consunción que, como es lógico, nunca se consuma?

Dedicar tiempo y esfuerzo a psicoanalizar a Rajoy no es que sea una tarea tediosa, es que es un absurdo. Pues no hay en él un mapa cerebral distinto del de cualquier otro político profesional

Algunos, conmovidos por los gimoteos de esta tropa de edecanes, se ponen manos a la obra. Sin embargo, dedicar tiempo y esfuerzo a psicoanalizar a Rajoy no es que sea una tarea tediosa, es que es un absurdo. Pues no hay en él un mapa cerebral distinto del de cualquier otro político profesional, obligados todos como están a desenvolverse día sí y día también dentro de un bosque de intereses particulares y de grupo que conforman una selva tan tupida e impenetrable que ni el más avezado explorador se atrevería a atravesar.

Dicho en otras palabras, Rajoy es inmovilista no por naturaleza sino por necesidad. Su nula vocación reformista es sobrevenida. Para sentir tal inquietud tendría que estar libre de las coacciones y coerciones de un ecosistema, el político, completamente sometido a las leyes del intercambio de favores y los secretos mutuos e inconfesables. Al haber vivido dentro del búnker popular más de tres décadas, ha desarrollado una extraordinaria aversión al riesgo, quedando incapacitado para asumir la más mínima tarea reformista.

Lo cierto es que Rajoy no es un presidente, ni siquiera un político, tampoco, como gusta a muchos etiquetarle, un mediocre burócrata: es un problema. O mejor dicho, es el problema hecho carne de un modelo que se quedó hace tiempo a medio camino entre una democracia fallida y una dictadura blanda travestida de Estado social y de derecho. Estado de bienestar a toda costa, caiga quien caiga, en el que la mitad de la población, abrumada por una crisis que no parece tener fin, ha descubierto que no puede prosperar por sus propios medios y no se siente compensada por unas contraprestaciones y servicios que paga a precio de oro.

Los brotes verdes: eternamente brotes, eternamente verdes

Ni siquiera la tambaleante recuperación económica es obra de Rajoy o de su mediocre gobierno, pues tiene mucho más que ver con la determinación del BCE por sostener una deuda que nunca ha dejado de crecer y con el inesperado desplome del precio del petróleo, que con la incompleta reforma laboral y el opaco saneamiento del sistema financiero.

Rajoy a lo sumo podría sacar pecho por haber recordado a nuestros socios europeos lo que ya sabían: que España no era un peso wélter, como Grecia, Portugal o Irlanda. Con nuestros 3 billones de euros de deuda pública y privada en la mochila, dejarnos caer habría arrastrado a la Unión al abismo.

A cambio de la forzosa magnanimidad europea, además de tener que computar como deuda pública el préstamo para el rescate de las Cajas de Ahorro, quebradas por las trapacerías de los partidos, el PP debía acometer un duro proceso de devaluación interna por la vía de la subida del IVA, la bajada drástica de los salarios y la reducción de las cotizaciones en al menos un par de puntos, esfuerzo este último que Montoro, cómo no, se ahorro, endosándolo a los particulares.

La negativa de Mariano no ya a ajustar el sector público, sino a desmantelar la España oficial, conllevó elevar los impuestos hasta cotas alucinantes e, incluso, convertir a la Guardia Civil de Tráfico en una unidad de recaudación

Conseguido lo fundamental, que era tener asegurada la financiación para las Administraciones Públicas y para el sector financiero, la negativa de Mariano no ya a ajustar el sector público, sino a desmantelar la España oficial, ese ente que va desde los enjuagues de los partidos dinásticos, las mordidas de sus tribus autonómicas y las prebendas de los paniaguados, pasando por los medios de información asimilados al régimen, hasta llegar a organizaciones de todo tipo y pelaje, empresas locales y oligopolios nacionales, conllevó elevar los impuestos hasta cotas alucinantes e, incluso, convertir a la Guardia Civil de Tráfico en una unidad de recaudación, cuyo frenesí sancionador ha aportado en 2014 nada más ni nada menos que 380 millones de euros a las arcas de la cosa.

Es absurdo, siempre lo ha sido, esperar que las soluciones provengan no ya de este gobierno, prematuramente amortizado, sino de cualquier otro que pueda sucederle. Y es que, una vez la bomba de la prima de riesgo fue desactivada por un BCEmetidoa artificiero, la crisis, lejos de suponer un punto de inflexión, tal y como algunos esperaban, ha terminado exacerbando la voracidad de los grupos de interés que persiguen beneficios particulares. Grupos que, lejos de presionar para cambiar el sistema, contribuyen, y contribuirán, a sostenerlo, aun cuando los viejos agentes, tal cual son el PP y el PSOE, desaparezcan.

Así pues, seguimos atrapados en una infernal dinámica de grupos. De ahí que, transcurridos siete años de crisis, en vez de estar más cerca de la generación de una verdadera democracia liberal, de ese imprescindible cambio en las reglas del juego, nos encontremos cada vez más lejos, al borde incluso de una involución que hace tan solo unos años nos habría parecido demencial.

Todos queremos nuestra parte de un pastel cada vez más pequeño

En efecto, salvado el match ball de la prima de riesgo, la crisis ha dado alas a esa dinámica de grupos que, precisamente, nos metió de hoz y coz en esta crisis y que es el santo y seña del régimen del 78.

Lo explicaba Mancur Olson en The Logic of Collective Action: Public Goods and the Theory of Groups (1965). Dado que organizarse para ejercer presión y promover reformas implica costes, cada individuo por separado sólo se movilizará si entiende que las ganancias rentabilizarán su esfuerzo. Paradójicamente, las organizaciones con una visión más altruista y que reportarían mayores beneficios para la sociedad, proporcionan escasas ventajas particulares. Mientras que aquéllas que generan más ganancias individuales, aportan escasos beneficios a la sociedad en su conjunto, cuando no graves perjuicios.

La entrada de un nuevo agente dispuesto a añadir más presión en el ya de por sí convulso sistema de reparto, puede ser la alternativa definitiva a ese shock que debió ser la prima de riesgo

Es evidente que movilizarse para promover cambios en las reglas del juego reportaría enormes beneficios para el conjunto de los españoles, pero escasas ganancias marginales para quienes se sumen a este empeño. De ahí que en general las personas están mucho más dispuestas a alistarse en aquellos colectivos que prometen rentas y ventajas directas e inmediatas. Lamentablemente, estos grupos obtienen sus ganancias en detrimento del contribuyente. Y al final los perdedores son quienes tienen menor capacidad de respuesta.

Que los sistemas políticos, y por ende las naciones, entran en decadencia cuando el gobierno, capturado por grupos de presión, es empujado a una política que genera de continuo graves ineficiencias, es algo que el caso español ha demostrado sobradamente. Este reparto interesado no solo resta oportunidades al ciudadano común, sino que las barreras de entrada que genera conducen inexorablemente a una progresiva reducción de la riqueza. Y cuanto más pequeño se vuelve el pastel a repartir, más tensiones afloran en la coalición gobernante.

En estas circunstancias, la entrada de un nuevo agente dispuesto a añadir más presión en el ya de por sí convulso sistema de reparto, puede ser la alternativa definitiva a ese shock que debió ser la prima de riesgo.

Feliz 2015.     


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