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29-M: un inútil ejercicio de ruindad y oportunismo

“¿Te imaginas una Francia de virtuosos empobrecidos, con el dinero en las arcas de la nación y sin una hembra que llevarse a la boca? ¿No oyes las protestas de la calle? Nos piden que la Revolución les dé comida y les haga felices. No les eches principios, lo que quieren es pan”. Con estas palabras puestas en boca de Georges-Jacques Danton por Georg Büchner (Goddelau, 1813) en su obra La muerte de Danton, el atormentado revolucionario daba cumplida replica al inflexible visión de Robespierre de una revolución francesa que debía ser, por encima de cualquier otra consideración, virtuosa y en la que el pueblo no era más que una creación monstruosa del espíritu. En ese diálogo, que bien valdría la pena traer de nuevo al presente por elevado, Büchner contraponía el naturalismo de Danton, su pasión por la vida, sus remordimientos y su debilidad, a un frío Robespierre, en el que el celo por la virtud extinguía cualquier vestigio de humanidad. Sin embargo, aún siendo tan antagónicos, ambos personajes compartían íntimamente un mismo rasgo: estar compelidos a asumir su destino sin transformar sus discursos en artificios con los que salvarse.

Ninguna de estas dos figuras antagónicas, el estoico y virtuoso Robespierre y el apasionado y sensual Danton, tienen el más mínimo reflejo en la España política de hoy. Pues en esta tierra tan venida a menos no hay un sólo resquicio por el que la virtud penetre y dulcifique nuestro egoísmo. Pero lo más importante es que tampoco hay lugar para la pasión bien entendida. Y ambas carencias hacen que estemos en manos de personajes vehementes de sus propios intereses y ajenos por completo a esos seres humanos, compuestos de carne, de sangre, de pasiones y debilidades, que inspiraban ternuras inagotables y comprensión sin límite al desdichado Danton.

Ahora, los ciudadanos de carne y hueso asisten por enésima vez a un interesado enfrentamiento entre facciones de la casta. Un patético combate que, pese al interés de algunos por trasladarlo a las calles, es en realidad una lucha intramuros y ajena a cualquier pasión y, por supuesto, a la más elemental virtud democrática. Desengáñense, no hay épica ni convicción en la huelga general del 29 de marzo, sólo oportunismo político de cara a las elecciones andaluzas y pánico a perder el lugar correspondiente en el corralito del poder por parte de un puñado de orondos sindicalistas. Y pese a que la Ley reconozca el derecho a convocarla, después de más de tres millones de nuevos parados y años de proverbial silencio, el que UGT y CCOO ejerzan ahora tal derecho es un insulto a la inteligencia y una grave ofensa a la dignidad de esa mayoría silenciosa que carga siempre sobre sus hombros con todo el peso de las crisis, de los ajustes y de cualquier posibilidad de recuperación futura.  

Es imprescindible que el reformador acepte ser reformado

La impostura de los grupos de presión de la nación política, que desde hace muchos años acampan en las inmediaciones del poder, delata hasta qué punto se han vuelto mezquinos una vez que la crisis amenaza con alcanzarles. Lo cierto es que los trabajadores están solos y fueron abandonados a su suerte desde mucho antes de que los síntomas de este desastre empezaran a manifestarse. Expoliados por unos y otros, han contemplando con impotencia e indignación como personajes menores sin convicción alguna envilecían los más elevados derechos y preceptos, torciéndolos una y otra vez para justificar una huída hacia delante para la que ya no hay dinero. Ahora ya no es tiempo de huelgas sino de depurar responsabilidades. Y eso es lo que piensa el pueblo. Y el Gobierno debería tomar buena nota de ello para legitimarse en el ejercicio de sus funciones.

La crisis económica española, con diferencia la más grave y profunda de todos aquellos estados que se califican a sí mismos como avanzados, es, por encima de todo, el resultado de un saqueo constante que ha ido de menos a más en el transcurso de los años y en el que han participado todas y cada una de las facciones y grupúsculos de la Casta. Esa es la verdad que las personas más racionales y sensatas identificaron con horror e indignación hace tiempo. Pero lo que les produce mayor angustia es no ver la más mínima y elemental voluntad política por reformar el núcleo duro de este sistema de poder con el fin de protegerles, de cara al futuro, frente a los innumerables depredadores y carroñeros que les acechan. Ésta crisis es una ocasión única para hacer lo que hasta ayer mismo hubiera sido imposible. Pero sigue sin haber opción a ello. Quizás sea por eso que el pueblo no pueda amar a sus líderes, y los califique siempre con suspensos o con aprobados ramplones. Porque no los ve como sus líderes sino como los gestores, cuando no como los sirvientes del sistema.

El resultado es una frustración creciente que hace que, en España, la pasión sólo se manifieste de forma desordenada, como un sentimiento destructivo de envidia, rencor y odio en vez de como un poderoso estímulo constructivo. Por eso aquí nunca se va a favor de sino en contra de. Y esta triste circunstancia la aprovechan das diferentes facciones de la casta en su propio beneficio, convirtiendo a las personas en idiotizados infantes de marina que cargan contra sus adversarios cuando es conveniente.

A diferencia del pueblo francés de la Revolución de 1789, muchos españoles no quieren sólo pan, también tienen hambre de principios. No creen que la felicidad sea un derecho susceptible de ser estatalizado e incluido en una Constitución para idiotas. Necesitan creer en sí mismos y en sus propias fuerzas. Y saben que si no se blinda la Democracia, dará igual superar o no esta crisis porque volveremos a caer en el futuro y, quizás, ya no podamos levantarnos. Dicho queda.

Twitter: @BenegasJ


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