Game Over

La intolerable mentira de la responsabilidad compartida

Pese a toda evidencia, muchos de quienes tienen el privilegio de escribir en diarios, hablar a los micrófonos y aparecer en los debates televisivos, diluyen la responsabilidad política de esta crisis instaurando el bulo de que todos [los españoles] somos responsables. Una falacia que urge desactivar por simple cuestión de higiene. Pues al margen de que el ciudadano común está pagando un alto precio mientras que nuestros gobernantes siguen más frescos que una lechuga, socializar la responsabilidad de este desastre obedece a las consignas de una clase política que, alarmada por la pésima opinión que de ella tienen los ciudadanos, pretende inocular el complejo de culpa en la opinión pública española para escurrir el bulto y ahorrarse males mayores.

Si bien es seguro que un determinado porcentaje de ciudadanos cayó en el exceso, éste se puede delimitar fácilmente a la vista del índice de morosidad de la banca y restando la parte correspondiente a aquellas empresas que quebraron no por ser inviables sino por la sequía financiera. Si repasamos los hechos, lo cierto, moleste a quien moleste, es que la gran mayoría de ciudadanos tomaron las decisiones correctas… según la información disponible y las recomendaciones de quienes gobernaban. Hoy es fácil defender lo contrario y tratar de confundir a la opinión pública, pues el ciudadano dispone ahora de una información de la que no disponía entonces. Y de ese decisivo matiz muy pocos tienen memoria.

Fueron los políticos los que indujeron al error en masa

Explicaba en otro post precedente, cómo en 2003, Rodrigo Rato, por entonces ministro de Economía, hizo oídos sordos a las reiteradas advertencias del inminente colapso del sector inmobiliario –No estamos ante una burbuja, pero estamos en una demanda muy poderosa que se mantiene, aunque se está moderando en el tiempo– Y cómo este señor dejaba a España caminando con paso firme en dirección al abismo.

Años después, en junio de 2008 y ya durante el gobierno socialista, el entonces ministro de Economía, Pedro Solbes –hoy bien pertrechado en el Consejo de Administración de la eléctrica italiana Enel–, interpretaba los primeros y claros signos de la crisis como un túnel corto en el que se ve luz al final. Y sin cortarse un pelo, don Pedro animó a los ciudadanos a que se fueran de vacaciones y siguieran consumiendo como siempre perché la vita era bella; es decir, incitó a las familias a seguir gastando. Desde entonces y según las sucesivas valoraciones del gobierno socialista, España iba a ser inmune al estallido de la crisis subprime de 2007, al posterior cataclismo de los mercados de valores de Estados Unidos a comienzos de 2008 y a la inevitable propagación a Europa de una crisis financiera sin precedentes. Después, cuando todo se desmoronó, olvidaron lo dicho y culparon de nuestros problemas a esos mismos sucesos de los que se suponía estábamos a salvo. Fue entonces cuando empezaron a propagarse las teorías conspirativas y el relevante papel que en todo ello tenía EE.UU. Lo que equivalía a afirmar que los yankees podían permitirse el lujo de hundir Europa, por que, a fin de cuentas, que seamos el continente con la clase media más amplia, desarrollada y consumista del planeta nunca ha sido una cuestión relevante para las transnacionales norteamericanas. Y la economía americana es más fuerte cuanto menos mercado hay para sus productos.  

Nuestra última oportunidad para haber evitado el desastre absoluto fue desechada también por Pedro Solbes a finales de 2008, al afirmar que, a la vista de los datos disponibles, la situación remontaría en el segundo semestre de 2009. No satisfecho con ello, el hoy feliz consejero de Endesa y asesor para Europa de Barclays apostilló incrédulo: “hay mucha gente que está retrayéndose de consumir por temor al futuro, y a mí me parece excesivo”. Aquella postrera recomendación con membrete oficial tuvo consecuencias devastadoras. Muchos pequeños y medianos empresarios y, también, los pequeños promotores inmobiliarios, que ya se disponían a soltar lastre y tratar de salvar lo que fuera posible, fueron engañados e inducidos a hacer un último sacrificio que dos años después significó su ruina y una nueva oleada de desempleo. Los restos de aquel postrero esfuerzo, sustentado en la afirmación de que la crisis sería historia a finales de 2009, son hoy parte importante de los activos tóxicos que se amontonan en el sistema financiero. Una última dosis de veneno que terminó de rematar el flujo financiero.

Más allá de toda duda

Lo que agrava aún más la ruindad de nuestra clase política y la convierte en la principal responsable de este desastre es que conocían la enorme debilidad previa a la crisis de nuestra economía. De hecho, ya en 2004 sabían que la renta familiar de la mitad de los españoles no superaba los 11.000 euros (Anuario Económico de España 2004, La Caixa) y, también, que la tasa de variación anual positiva de la renta disponible neta no había dejado de reducirse desde 2005, pasando del 4,5% de ese mismo año a tan sólo el 1,8% en 2009, tornándose negativa en 2010 (Servicio de Estudios Económicos del BBVA). A lo que había que sumar un elevado endeudamiento privado, que en 2007 era equivalente al 201% del PIB, sólo superado por Holanda (210%) e Irlanda (209%). Es decir, quienes gobernaron España durante aquellos años eran perfectos conocedores de que a poco que el ciclo económico declinara el aterrizaje suave de nuestra economía sería imposible. Pese a ello, incitaron a millones de familias y empresarios a seguir endeudándose, condenándoles a enfrentarse a una crisis económica de dimensiones desconocidas en las peores condiciones imaginables. No dieron la voz de alarma porque el coste político en el corto plazo, para sus partidos y para sus propias carreras, les pareció inaceptable. Y prefirieron convertir a los ciudadanos en carne de cañón en la creencia de que tarde o temprano la tormenta amainaría por sí misma. Y para entonces todo se habría olvidado.

Sería un desahogo poder apoyar en estos momentos críticos a mi país, España, frente a la intransigente Alemania. Para ello no haría falta llegar al delirio, bastaría con recordar la responsabilidad de los alemanes al incentivar el despilfarro con ingentes cantidades de dinero en planes de cohesión –cuyo uso nadie controlaba en la UE – y denunciar su planificación indicativa, cuyo verdadero fin, que ahora vemos, era convertir el Sur de Europa en un mercado subvencionado y no en productor y exportador neto. También podría afirmar sin miedo a equivocarme que Europa nunca será Europa mientras esté liderada exclusivamente por el país teutón, pues desde siempre ha tenido su mirada puesta en el Este. Pero para ello sería preciso hacer como si nada hubiera pasado y aceptar la odiosa mentira de que los ciudadanos somos tanto o más responsables de este desastre que nuestros políticos. Lo cual obliga de alguna manera a legitimar un modelo político que está en las antípodas de la verdadera Democracia. Demasiado incluso para el más patriota de los patriotas. A fin de cuentas, el mejor servicio que se le puede prestar a España es el de señalar a los verdaderos responsables, porque como dijo James Bovard, la democracia debe ser algo más que dos lobos y una oveja votando qué van a comer. Y en eso es en lo que hay que estar.


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