Game Over

La increíble clase media menguante

Sucedió recientemente en una universidad española. Un profesor preguntó a sus alumnos cuántos de ellos habían vivido en el extranjero. Y antes de que nadie pudiera contestar, les espetó con orgullo: “Los  que hayáis vivido fuera habréis podido comprobar que España es uno de los pocos países occidentales en los que aún hay una fuerte conciencia de clase obrera”. Los estudiantes, aturdidos, cruzaron miradas perplejas. Ninguno comprendía de qué hablaba el profesor.

Aunque a muchos les suene a broma, por anacrónica, la afirmación del profesor, sirve para poner de relieve nuestra negativa a aceptar que el proceso de empobrecimiento colectivo que hemos dado en llamar crisis, el cual comenzó a fraguarse bastante antes de 2007, ha dado definitivamente al traste con la estructuración de la sociedad española en auténticas clases sociales. En consecuencia, también ha resultado imposible consolidar una clase media amplia, estable, dinámica y, sobre todo, permeable; es decir, accesible. De ahí que, para aquellos alumnos, jóvenes de otra generación, no ya la conciencia de clase obrera sino la simple alusión a la división en clases sociales resulte casi una excentricidad. Ellos, que ya han convivido más de un tercio de su vidas con la crisis, solo distinguen entre los muy ricos y el resto de la humanidad.

De hecho, desde hace ya tiempo, más que a la “clase media”, se alude a la “clases medias”, en plural, síntoma de que tal categoría ha devenido en algo intangible, demasiado elástico y, sobre todo, más aspiracional que real. Y se da la circunstancia, por ejemplo, de que un barrendero, un técnico o un ingeniero pertenezcan al mismo segmento social si nos atenemos a sus ingresos. O peor aún, que muchas familias, que por rentas han dejado de ser clase media, sigan creyendo que lo son porque sus miembros tienen una buena educación. Y aunque sus ingresos no acompañen, y tampoco sus expectativas, se comportan como aquella aristocracia arruinada, que guardaba en un arcón sus apolillados trajes de gala y se aferraba a un status imaginario.

El mérito, el esfuerzo y el final de otras mentiras

Pero la realidad es inapelable. Y los hechos también. La artificiosa bonanza económica que va desde 1999 hasta el duro despertar de 2007, fue el final del espejismo de la sociedad de clases, de mito de la clase media y del binomio mérito-esfuerzo; en definitiva, el estertor apoteósico de un sistema político-económico que se cerraba a gran velocidad.

La concentración económica, iniciada por los gobiernos socialistas de Felipe González, acelerada por las tramposas privatizaciones promovidas por José María Aznar y el Partido Popular y rematada hoy con el corolario de la liquidación de las cajas de ahorro y su conveniente digestión por un puñado de banqueros, es el grueso correlato del secuestro de la economía a mayor gloria y beneficio de un puñado de oligarcas, para quienes, no debemos olvidar, los políticos profesionales son sus leales edecanes.

Cierto es que tuvimos una ventana de oportunidad, pero duró lo que tardó el cemento de la Transición en fraguar a nuestro alrededor. No llegamos a cruzar el umbral. Faltó visión a largo plazo, instinto de preservación, responsabilidad y liderazgo. Así, mientras hoy hacemos cábalas respeto de la salida de la crisis, analizando la consistencia o inconsistencia de los datos, seguimos sin comprender que la crisis terminó, que esto de ahora es el nuevo mundo al que hemos arribado, quizá la penúltima estación antes del cambio.

Sociedad de élites pigmeas, no de clases

Aunque a buen seguro disgustará a aquel profesor o a quienes en general insisten en la trasnochada lucha de clases, España no ha sido nunca una sociedad clasista sino elitista, pero de élites diminutas. Un conglomerado de grupos privilegiados que se han esforzado por asomar la cabeza por encima de esa masa social que bracea en una economía tomada. En efecto, por debajo de ese cartel del Estado Corporativo, no hay clases homogéneas y bien diferenciadas, sino una amorfo cuerpo social del que sobresalen, como pequeñas anomalías orográficas, pequeñas cordilleras de élites que persiguen su zanahoria particular.

Las hay en el periodismo, en esos pequeños clubs que rebotan consignas partidarias y defienden hasta la náusea un modelo político corrupto y agotado; también en la función pública, en la cual, amén de esa plaga de puestos de libre designación, que es la quintaesencia del omnímodo poder de los partidos, distintos gremios luchan por conservar un puñado de privilegios; entre los empresarios ajenos al IBEX 35, que acaparan las organizaciones patronales y conviven en estrecha simbiosis con los políticos locales; en lo que llaman “el mundo de la cultura”, donde se da la paradoja de que todo cabe pero sin embargo hay derecho de admisión; y, por último, en todos los sectores productivos, en los cuales, mientras unos viven al amparo de contratos indefinidos y convenios anacrónicos, otros malviven en la precariedad.

En definitiva, cualquier nicho de nuestra sociedad, por irrelevante que sea, ha desarrollado su élite particular. Y todas ellas, a pesar de guerrear por su cuenta, tienen un denominador común: sacar provecho de un sistema esencialmente corrupto y depredador, aún a costa del bien común.

No, en España no hay clases sociales como tales, no puede haberlas porque nunca tuvieron lugar, al menos no de forma completa, ni la segunda revolución económica ni tampoco la tan necesaria y paralela evolución política, lo cual podría muy bien haber escrito al revés. En España todo es mera apariencia, impostura.

Lo cierto es que la metamorfosis democrática se truncó y la sociedad abierta murió antes de eclosionar, asfixiada dentro de su capullo de seda. La gloriosa Transición actúo como una gruesa goma de glicerina atornillada al poder, de la que el común tiró con fuerza hasta que en 1999 alcanzó su límite de elasticidad. A partir de ahí se contrajo con una fuerza irresistible, desandando el camino y devolviéndonos al punto de partida. Por lo tanto, cuando Rajoy nos anuncia el final de la crisis, en realidad apela a la continuidad de la ficción.


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