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La igualdad: el Santo Grial del siglo XXI

Según explicaba Francis Fukuyama en su controvertido ensayo El fin de la Historia, en el siglo XX el mundo desarrollado descendió hasta el paroxismo de la violencia ideológica. Y el liberalismo hubo de luchar encarnizadamente, primero, con los restos del absolutismo, después, con el bolchevismo y el fascismo, y, finalmente, con un marxismo puesto al día que a punto estuvo de conducirnos al apocalipsis nuclear. Pero ese siglo,  que había comenzado lleno de confianza en el triunfo que finalmente obtendría la democracia liberal occidental, al finalizar, volvió a su punto de partida: “no a un ‘fin de la ideología’ o a una convergencia entre capitalismo y socialismo, como ya antes se predijo, sino a la impertérrita victoria del liberalismo económico y político”.

Innumerables fueron las críticas que Fukuyama recibió desde todos los flancos intelectuales, muchas de ellas feroces, no tanto por la argumentación de su idea como por lo pretencioso de un título que, lejos de abrir el debate, tuvo la inconveniente facultad de incendiarlo prematuramente. Y es que daba la impresión de que quienes con mayor virulencia cargaban contra la tesis de Fukuyama, incluso los más eruditos, se habían sentido tan violentados por el provocativo enunciado que se ahorraron la lectura del texto completo. Hasta Claudio Magris, generalmente sutil y reflexivo, en clara alusión a tan desafortunado título, despacho de un plumazo el ensayo, refiriéndose a éste como “frase que […] bien podía haber encontrado acomodo en el Diccionario de lugares comunes y de idioteces de Flaubert”.

Si algo evidenció la “temeridad” de Fukuyama fue lo numerosos y reactivos que son los enemigos del liberalismo; es decir, de la libertad

Pero más allá de la polémica, si algo evidenció la “temeridad” de Fukuyama fue lo numerosos y reactivos que son los enemigos del liberalismo; es decir, de la libertad. Y también cuan bastos son sus dominios, que se extienden desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda, pasando por todos y cada uno de los espacios intermedios supuestamente ideológicos que ven en el individuo una amenaza. Y en la uniformidad, un bálsamo.

Los hay también, o especialmente, en esas otras ideologías que son las religiones (quizá porque, como explicaba Fukuyama en su ensayo, el propio liberalismo moderno fue consecuencia de la debilidad de sociedades de base religiosa), cuyos más fervientes seguidores, en no pocas ocasiones, dan por sentado que el creador les ha dado el mandato de hacer feliz a la gente a la fuerza. Y que Dios nos libre de quienes, para salvar al hombre, quieren subsumirlo en la masa, sean estos beatos o marxistas.  

Hoy, salta a la vista que la tesis fundamental de Fukuyama, no el título sino la idea de fondo de que la democracia liberal occidental se había impuesto definitivamente al resto de alternativas, ha devenido con el tiempo, más que en una conclusión, en un nuevo punto de partida, si cabe aún más inquietante que el del pasado siglo, a pesar de que, al menos por el momento, tal circunstancia no se ha traducido en cataclismos del calibre de las dos guerras mundiales del XX.

De hecho, si algo nos está enseñando, o debería enseñarnos, la profunda crisis política y social en la que estamos incursos, es que la democracia liberal es más una idea que un absoluto. Y como toda idea, su traslación a la realidad puede contarse por experimentos más o menos afortunados, tantos como sistemas institucionales existen en los llamados países desarrollados. Y también medirse en grados de pureza, según sea el papel de cada Estado, su intervención en la sociedad y los límites impuestos a su planificación, lo que parece estar estrechamente relacionado con la eficiencia o ineficiencia de cualquier modelo político y, por tanto, de las sociedades.

La democracia liberal es de todos los sistemas conocidos el que mejor se adapta a la naturaleza humana y el único que permite a las personas aspirar al reconocimiento

Lo cierto es que, pese a quien pese, Fukuyama tenía razón en una cosa: la democracia liberal es de todos los sistemas conocidos el que mejor se adapta a la naturaleza humana y el único que permite a las personas aspirar al reconocimiento. El problema fue que la caída del régimen soviético, y la creencia de que la Historia, en cuanto a lucha ideológica, de verdad había terminado, dejó el paso franco a  ideologías gelatinosas, con su entendimiento utilitarista y facultativo de la democracia a mayor gloria de poderosos grupos de interés, elitistas unos y colectivistas otros, lo que tarde o temprano habría de conducirnos a una nueva encrucijada y al peligro de regresión. Por eso, en lo que llevamos de siglo XXI, la Historia, concluida o infinita, parece convertirse en una goma de glicerina que, a punto de alcanzar su límite de elasticidad, amenaza con devolvernos al punto de partida.

Que esto suceda o no dependerá de romper los tabúes que, como férreas cadenas, nos mantienen atados a un mundo viejo de ideas inservibles. Un buen principio sería reconocer lo evidente: que la Libertad y la Igualdad no son derechos equiparables sino dependientes, y tienen un orden concreto. Porque si bien se ha demostrado que la Libertad reduce las desigualdades, por el contrario la Igualdad no trae la libertad. De hecho, su imposición lo que trae consigo es la dictadura, aunque ésta sea tan gelatinosa como los remedos ideológicos que la convierten en el Santo Grial de la política del siglo XXI.


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