Game Over

Aquí huele a muerto

Jonathan Swift (Dublín, 1667) dijo que quien cuenta una mentira nota raramente la carga que se echa encima. Porque al poco tendrá que inventar otras veinte para sostenerla. Y a su vez, añado, precisará de otras tantas por cada una de esas veinte. Y así sucesivamente hasta que el artificio termina desmoronándose. Tal ha sido la dinámica del régimen político nacido en 1978, una concatenación de mentiras que ha llevado a España a un más que previsible colapso económico e institucional. Colapso en el que ahora nos encontramos, confusos, irritados y en no pocos casos empeñados en no ver el paralelismo que existe entre nuestra ruina particular y un modelo político ruinoso.

Empezando por el principio, la primera gran mentira fue que los españoles, todos, nos dimos una nueva Constitución y, con ella, la Democracia. Engaño que precisó, tal y como afirmaba Swift, de otro puñado de mentiras que la hicieran verosímil. La más flagrante, habida cuenta de la casi nula tradición democrática del pueblo español, que la democracia consistía en el sufragio universal. Y que la separación de poderes, los mecanismos de control adicionales y la obligación de los ciudadanos de estar siempre alerta no eran más que nimiedades de las que se podía muy bien prescindir.

Con estos mimbres no es de extrañar que nos viéramos premiados con unos partidos políticos donde el mérito, el esfuerzo y el talento, y también la honestidad e integridad personales, se desechasen en favor del servilismo, la adulación y la ciega obediencia. Y que la política quedara reservada a “profesionales” bien enfangados en la corrupción sistemática, fáciles de embridar y ajenos a las preocupaciones del común de los mortales. Con tanto jugador de ventaja y tanto político de carrera campando por sus respetos, la imprescindible separación entre lo público y lo privado terminó desapareciendo. Y hoy España es un “Régimen de Corrupción” en el que los partidos parecen más asociaciones de malhechores que organizaciones políticas.

Pero la mentira, lejos de finalizar, sigue alumbrando mentiras. Es decir, leyes que se superponen a otras leyes. Es la sublimación del engaño, habida cuenta de que la naturaleza de nuestro modelo es en esencia refractario a toda verdadera reforma. De ahí que no haya ley de Transparencia que valga porque la opacidad es el seguro de vida del Régimen. Ni ley de Emprendedores creíble porque la depredación sistemática es el sustento de la España política. Tampoco reunificación del mercado interior porque las oligarquías regionales son las cabezas de la hidra que es el Régimen.

Sin embargo, no hay duda, hemos llegado al final del camino. El artificio se desmorona. El 28% de desempleo, que se eleva casi al 60% entre los más jóvenes, el salario típico de 16.500 euros anuales, la renta disponible que desde 2004 cae imparable, el 20% de la población en el umbral de la pobreza y otro 20% pobre de solemnidad, rematado todo ello por el afán confiscatorio del Régimen así lo atestiguan. Pero no sólo los datos ponen en evidencia el final de este régimen catastrófico, también lo hace el estado de opinión mayoritario en la última encuesta del CIS, donde la preocupación por la corrupción y la clase política alcanzan respectivamente el 32,5% y el 30,7%. Porcentajes estos que, oportunamente segregados, deben ser sumados para hacernos una idea de la magnitud del descontento. Esto es, que el 62,5% de los españoles está harto de los políticos y sus andanzas.

Ya ni siquiera es imprescindible que Bárcenas desembuche ni que la juez Alaya y el juez Castro pongan negro sobre blanco. Tampoco es preciso averiguar si Hacienda somos todos o determinados DNI están exentos de explicar sus cambalaches. El régimen está muerto y se descompone rápidamente. El problema ahora es el olfato, porque, adormecido tras décadas de pestilentes engaños, ni el fuerte olor a cadáver nos despierta. De ahí que la mentira continúe, al menos hasta después del verano.   


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