Game Over

La hora de los catastrofistas

Corría el año 2008 cuando los participantes de un programa de radio debatían acaloradamente acerca de las inquietantes noticias económicas que presagiaban la entrada de España en un oscuro túnel, cuya longitud aún hoy desconocemos. Pese a los ya alarmantes indicios, aquellos creadores de opinión se limitaban a asociar la inminente depresión económica con un puñado de nombres propios, resistiéndose a hacer visible el problema estructural e institucional que subyacía en el fondo del problema. De ahí que fuera suficiente con que uno sólo de los contertulios apuntara más arriba, señalara al modelo político y especulara con la posibilidad de quiebra del Estado y con un nivel de desempleo por encima del 26%, para que el resto saltara de sus asientos al unísono y, a voz en grito, tomaran al asalto el micrófono. Aquello era un disparate por la sencilla razón –argumentaron los otros– de que “los Estados no quiebran. Es imposible, porque no se les deja. No son empresas ni particulares; ¡Son países, con su PIB y su capacidad infinita de endeudamiento!”. Dicho lo cual, dictaron sentencia: "Es usted un catastrofista". 

Sin embargo, el verdadero motivo del revuelo no fue que un outsider vaticinara un horizonte económico desolador, análisis ya por entonces en boca de un puñado de especialistas, sino que violentara la regla de oro del debate políticamente correcto y sobrepasara las líneas rojas marcadas por el régimen de 1978, líneas tácitamente aceptadas por los medios de información convencionales.

El desdichado contertulio no se había limitado a defender unos colores políticos, como era y es costumbre aún hoy día en muchos medios, sino que había puesto en entredicho al modelo político en su conjunto, de arriba abajo, sin cortarse un pelo. Y para ello –y esto era lo más grave– había argumentado razones capaces no sólo de penetrar en la mente del público, sino de instalarse dentro de ella de forma permanente. Lo cual era un serio contratiempo. Y de ahí en adelante no fue necesario que el aludido abriera la boca para incomodar al resto, su sola presencia entre ellos resultaba una agresión intolerable.

¿Quiénes son los catastrofistas?

Puesto que en nuestra sociedad las etiquetas se adjudican con extraordinaria rapidez y ligereza, y las definiciones rara vez se compadecen con su significado original –son más armas arrojadizas que otra cosa–, valga esta anécdota para reflexionar sobre qué entendemos por “catastrofista” en esta España postmoderna. Y para ello, lo primero es distinguir entre tres tipos de sujetos muy diferentes entre sí: el “catastrofista místico”, el “catastrofista involuntario” y el “catastrofista inadvertido”.

El catastrofista místico, sin duda el más coherente con el significado original del término, entiende el catastrofismo en su tradicional sentido religioso y asocia la desgracia colectiva con el Apocalipsis; es decir, ve en el desastre la mano de la justicia divina de la que nadie, sea rico o pobre, poderoso o insignificante, puede escapar. Adaptados a los nuevos tiempos, diríase que para ellos la catástrofe es la sublimación del ideal de la igualdad social. En palabras de Thomas S. Eliot, “No tememos a la muerte, tememos que nadie note nuestra ausencia; que desaparezcamos sin dejar rastro”. ¿Y qué mejor manera puede haber para evitar la intranscendencia personal que anhelar ese fin del mundo en el que todos nos igualamos en la tragedia?

Por el contrario, el catastrofista involuntario no se regocija con el desastre y lo considera siempre un suceso indeseable que debe ser evitado a toda costa. En realidad, el catastrofista involuntario no es un catastrofista al uso sino más bien un optimista, aunque a primera vista no lo parezca, pues, si atendemos a las palabras de Wiston Churchill, "un optimista ve una oportunidad en toda calamidad, mientras que un pesimista ve una calamidad en toda oportunidad". Sin embargo, es calificado de catastrofista por culpa de un grave defecto: buscar y proponer soluciones sin importarle si éstas son o no aceptables para el orden establecido. De ahí que el poder, habitualmente condescendiente con el catastrofista místico, sabedor de su carácter marginal, esotérico y entretenido, descalifique, persiga y expulse del sistema al catastrofista involuntario

Por último quedaría el catastrofista inadvertido, que es de lejos el más letal y prolífico. Y también el menos conocido. Su lugar natural –¡oh, sorpresa!– está en el poder (instituciones formales) y en sus aledaños (instituciones informales), lo que le dota de una aureola de solvencia, además de una transcendencia, que le convierte en extremadamente peligroso. Para el catastrofista inadvertido los desastres son fruto de complejos procesos cíclicos que escapan al control del hombre, por lo tanto es, en apariencia, determinista. Pero no es más que un pretexto. Pues son sus acciones y omisiones lo que, o bien da lugar a los desastres, o bien los consuma. De hecho, el catastrofista inadvertido es el catastrophes maker por excelencia. Pero esto no se de debe decir, y menos ante un micrófono. Oficialmente, que es lo que cuenta, el catastrofista inadvertido es la quintaesencia de la responsabilidad y el pragmatismo; ese ser virtuoso y sacrificado que nos tutela y al que la historia, siempre tan impredecible y cruel ella, se empeña en colocar al borde del abismo.

Punto y final a un mito

Abramos lo ojos. Las sociedades donde el calificativo “catastrofista” se usa a discreción, de manera defensiva y con el fin de vituperar a los más críticos, son sociedades en grave peligro que evidencian una inmadurez muy peligrosa, fruto de una alarmante asimetría informativa. Sin ir más lejos, qué distinto podría haber sido el presente si en vez de descalificar ad hominem a los discordantes, la racionalidad más crítica hubiera tenido libre acceso a los medios informativos, a la política y a la economía, de tal forma que durante estos años las ideas hubieran fluido en abundancia, filtradas sólo por el infalible proceso de la prueba y el error.

Llegados a este punto, no queda más remedio que reconocer que en las sociedades verdaderamente libres no existen los catastrofistas, salvo el místico, que por razones culturales es inevitable. En los sistemas abiertos, las personas, sean políticos o no, formen parte del establishment o no, son juzgadas por sus errores y aciertos, y nunca por su presunta fidelidad a uno u otro dogmatismo, su rancio abolengo o vulgaridad, sus relaciones o su independencia, su apego a lo que comúnmente se entiende como prudencia o su rebeldía frente a lo políticamente correcto. Así que cuando escuchemos a alguien responder a otro, en vez de con argumentos, calificándole de “catastrofista”, debemos estar prevenidos. Porque quizá el aludido, siempre y cuando use argumentos racionales, lo único que pretenda sea prevenir y evitar la catástrofe. Y si le ayudamos a hacerse visible, a lo mejor lo consigue.


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