Game Over

El héroe Feijóo y la guerra en el seno del PP

Había un razonable temor en el PP respecto a Ciudadanos como obstáculo para alcanzar la ansiada mayoría absoluta en Galicia. Podría haberse dado el caso de que la formación naranja restara votos decisivos pero sin llegar a sumar escaños propios. Un escenario que habría abierto la puerta a una compleja coalición de izquierdas y nacionalistas que, tras ocho años de mayorías absolutas del PP gallego, podría haber cambiado las tornas. Pero, al final, no sólo se han cumplido los pronósticos sino que Alberto Núñez Feijóo ha superado la prueba con nota, desvelando incluso que las encuestas le habían infravalorado.

Desde la dirección nacional del PP tratan de capitalizar el resultado y convertir la buena nueva en patrimonio del partido y no en mérito de un nombre propio

Ahora, desde la dirección nacional del PP, tratan de capitalizar el resultado y convertir la buena nueva en patrimonio del partido y no en mérito de un nombre propio. De esta forma, pretenden marcar un punto de inflexión de cara a unas probables terceras elecciones generales. El mensaje es claro: el vía crucis del Partido Popular ha terminado. Desde ahora todo es susceptible de mejorar, aun con la lacra de la corrupción a cuestas. Y es que en la dirección del PP creen que la fatiga de los votantes puede convertirse en su principal activo si saben trasladar la idea de que vuelven por sus fueros, que lo peor ya ha pasado y que para salir de la parálisis hay que concentrar el voto. 

Feijóo anda con pies de plomo

La tesis es tan sencilla como interesada. El éxito no es de Alberto Núñez Feijóo sino de los votantes gallegos, gente práctica y sensata, de esa que a Mariano le chifla, que no ha querido para Galicia la parálisis en la que está sumida la administración central del Estado. Por lo tanto, a Alberto agradecimientos los justos porque la victoria es sobre todo del PP; incluso, en buena medida de Mariano. Así pues, pelillos a la mar queridos y vituperados votantes, y a marchar como antaño, hombro con hombro en pos de la mayoría absoluta de cara a unas terceras elecciones generales o, al menos, de una mayoría suficiente. Galicia os muestra el camino. 

Este es, grosso modo, el correlato que han confeccionado en la calle Génova, sabedores de que la mayoría absoluta en Galicia puede ser un gran activo para un rajoyismo en sus horas más bajas, y también, paradójicamente, un freno para las ambiciones personales del héroe Feijóo. Al fin y al cabo, no quedaría muy aseado que después de comprometerse con sus paisanos, de pedirles el voto no en nombre del partido sino en primera persona (muy hábil su campaña personalista), Alberto abandonara Galicia para lanzarse en paracaídas sobre Madrid. Pero Alberto, que es un tipo listo, y además desconfiado, se ha apresurado a declarar que va a ser leal a sus paisanos. Que él se debe al pueblo gallego y… a Mariano. En definitiva, que si hay que manejar los tiempos, él tampoco es manco.

Ocurre que en un partido construido de arriba abajo, tal y como sucede con todos los que hoy son en España, las corrientes están proscritas

Sin embargo, en el Partido Popular nadie ignora que las carrera sucesoria está en marcha. De hecho, empezó el mismo día en que se certificó la pérdida de la mayoría absoluta tras cuatro años de subidas de impuestos, de nula empatía y, sobre todo, de ese manejo divino de los tiempos que los más fieles venden como quintaesencia del marianismo, cuando no es más que falta de confianza: "El silencio es el valor más seguro para el que desconfía de sí mismo."

Ocurre que en un partido construido de arriba abajo, tal y como sucede con todos los que hoy son en España, las corrientes están proscritas o, cuando menos, no pueden aflorar de manera formal como ocurre en otros países, donde de un día para otro el partido en el poder puede darle la patada a su primer ministro sin que pase absolutamente nada. Lo que hay son corrientes soterradas, confabulaciones muy precarias donde nadie da la cara, y los que pecan de imprudentes caen antes fulminados por el fuego amigo que por las represalias del gran jefe.

Feijóo, que es un tipo muy astuto y desconfiado, quizá el más astuto y desconfiado de todos los que aspiran a suceder a Rajoy, incluida la poderosa Soraya, es consciente de ello, sabe que a poco que se descuide, le olerá la cabeza a pólvora. No en vano ha sufrido en carne propia represalias poco ortodoxas cuando se ha insinuado, como aquellas fotografías en malas compañías que, de pronto, aparecieron publicadas. Y a saber que otras sorpresas habrá en la recámara.

El PP está en guerra total, pero todos disimulan

Sean conspiraciones o confabulaciones, lo cierto es que en el PP hay cuatro corrientes que pugnan por la sucesión, todas personalistas, por supuesto. La primera, la que aspira a heredar directamente el cetro y la corona de Mariano es la de Soraya Sáenz de Santamaría. De todas es, sin duda, además de la mejor posicionada, la más peculiar, pues sus méritos nada tienen que ver con jugarse el tipo en unas elecciones, tal cual ha hecho Feijóo, para eso Soraya tiene a Mariano. No, su gracia está en el acceso a resortes del poder desde dentro del propio gobierno. Ahí Soraya ha ido tejiendo sus redes clientelares, colocando a amigos y aliados en lugares estratégicos y, sobre todo, construyendo ventajosas relaciones con los medios y, al decir de muchos, manejando informaciones sensibles. Sin embargo, Soraya siempre ha tenido, y tendrá, un hándicap a priori insuperable: no haber discurrido por los cauces acostumbrados dentro del partido. No es, en efecto, una pepera de pura cepa sino un cuerpo extraño, a lo sumo la valida de Mariano. Por lo tanto, que Soraya llegara a dirigir el PP conllevaría paradójicamente la liquidación del partido; es decir, la erradicación definitiva de las corrientes que en su día lo alumbraron y, después, lo refundaron. Y diríase que hace tiempo está en ello.

Para llegar lejos en política hacen falta altas dosis de maquiavelismo, incluso, muy malas artes, máxime en un partido donde los puñales vuelan a todas horas

La segunda corriente es la que encabeza Cristina Cifuentes, que al contrario que Feijóo, es bastante más perseverante que astuta, y, por añadidura, ejemplo paradigmático de cómo, en España, la carrera política se reduce a cultivar las buenas relaciones, devolver los favores recibidos y servir bien al que manda cuando toca. A falta de otros talentos, Cifuentes ha optado por ser más papista que el Papa, es decir, parecer más socialdemócrata que la mismísima Soraya. De ahí su empeño por alardear, un día sí y otro también, de que el 80% del presupuesto de la Comunidad de Madrid se lo funde en “gasto social”; y también, su entrega incondicional a la moral que la izquierda impone a la institución que ella gobierna.

La tercera corriente es la que gira en torno a Pablo Casado. Al decir de algunos, Pablo es demasiado bueno o demasiado blando, dependiendo de la simpatía que le merezca a quien lo catalogue. Sea como fuere, debería haber sido el paso natural de un PP dividido, partido en dos entre rajollistas y aznaristas desde el famoso congreso de Valencia. Y a eso se ha dedicado, a tender puentes, limar asperezas y ocupar el espacio de una tercera vía donde la reconciliación entre las partes fuera posible. Incluso, a tal fin ha dado la cara en nombre del partido por escándalos de los que no tenía noticia. Desgraciadamente, Pablo no tiene instinto asesino (en expresión figurada, se entiende). Y si bien la buena voluntad es de agradecer, para llegar lejos en política hacen falta altas dosis de maquiavelismo, incluso, muy malas artes, máxime en un partido donde los puñales vuelan a todas horas. Aún así, Casado y quienes están en su órbita representan la juventud y algunas buenas ideas, no demasiadas, ingredientes que precisamente no abundan en un PP acogotado por la corrupción, lleno cadáveres andantes y con un desolador fondo de armario.

La regeneración democrática en un sueño de verano, una frivolidad que, ante los enormes intereses que están en juego, se desvanece

Pero sean cuantas sean las corrientes, no hay duda de que, con la mayoría absoluta obtenida en Galicia, Alberto Núñez Feijóo ha sacado una cabeza de ventaja en la lucha por suceder a Rajoy, mal que le pese a Soraya… y al propio Mariano. Con lo que está cayendo sobre el Partido Popular desde hace al menos cuatro años, repetir por tercera vez consecutiva una mayoría absoluta es algo sorprendente que sólo puede entenderse desde el mérito personal y nunca como hazaña del partido. Más aún, tan desprestigiada como está la clase política en su conjunto, que lo votantes otorguen semejante confianza aun candidato resulta asombroso. Así pues, algo tendrá en el haber Feijóo que otros no tienen. Veremos hasta dónde le dejan llegar, si es verdad que guarda cadáveres en el armario o si tiene lo que hay que tener para dar un pasito al frente.

Como corolario, si se me permitiera hacer otra lectura, diría que esta montaña rusa en la que ha devenido la política española, donde vivimos en elecciones permanentes –todas falsamente decisivas–, ha obrado el efecto perverso de convertir la regeneración democrática en un sueño de verano, una frivolidad que, ante los enormes intereses que están en juego, se desvanece. Lo que ocupa y preocupa a la España política es lo de siempre: quién repartirá el pastel, quien hará girar la manivela del BOE en el futuro. Todo lo demás es poesía.


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