Game Over

La gran transformación

Hace ya algunos años escribí un artículo titulado La crisis perpetua, en el que intentaba vanamente que se primaran las reformas políticas sobre las económicas. Ya por aquel entonces, el debate sobre las razones de la crisis se había enquistado en lo meramente económico, de tal suerte que cualquier crítica en profundidad al modelo político era silenciada o sencillamente ignorada.

Es ocioso reconocer que aquel texto sirvió de muy poco, por no decir de nada. A la vista está. Hoy, la desproporcionada expectación con que han sido recibidas las propuestas económicas tanto de Podemos como de Ciudadanos así lo demuestra. Y más aún en la medida en que el debate que han suscitado ha sido inversamente proporcional al testimonial interés que han merecido y merecen sus propuestas reformistas en lo estrictamente político, las cuales han quedado como floreros abandonados en una habitación vacía.

Ambos nuevos partidos, como los antiguos, a pesar de sus diferencias están de acuerdo en lo fundamental: competir por el mercado electoral dentro de los márgenes del viejo terreno de juego. Es decir, preservar y, siempre que sea posible, ampliar y mejorar el Estado de bienestar y, también, sus facultades intervencionistas. Dentro de este relato, sería suficiente con aplicar determinadas recetas –fundamentalmente económicas, por supuesto– para “mejorar” la redistribución de la riqueza y la calidad de vida de los ciudadanos. Al fin y al cabo, esa es la demanda de un español de a pie bastante más que dispuesto, a juzgar por los gráficos que a continuación añado, a renunciar a mejores oportunidades y a la autonomía individual a cambio de un Estado cada vez más omnipresente y facilitador.

Estatismo terminal

Para abrir boca, en este primer gráfico la austeridad no se compadece con el sentir mayoritario de los españoles. El 58,7% entiende que mantener o aumentar el gasto público es imprescindible para estimular la economía, mientras que solo 20,8% está a favor de que las Administraciones Públicas cuadren sus cuentas. O lo que es lo mismo, dejen de gastar más de lo que ingresan. Que siga la fiesta:

En el segundo, la mayoría (54,7%) considera que debe prevalecer la igualdad de ingresos por encima del esfuerzo de cada individuo, aunque, por alguna extraña razón, aún hay una amplia minoría de reaccionarios que cree que el mérito y el esfuerzo deben marcar la diferencia entre lo que ingrese cada individuo (41,5%):

Pero es en el tercer gráfico donde la mentalidad estatista se manifiesta en todo sus esplendor. Ni más ni menos que casi cuatro quintas partes de los españoles (74,1%) piensa que el Estado debe ser el principal garante del nivel de vida de las personas, desplazando a la responsabilidad individual a algún lugar ignoto (23,6%):

Hay muchos más datos que evidencian que la opinión mayoritaria es que el Estado debe asumir un papel aún más preponderante en detrimento de la ya residual autonomía individual. Datos que, para colmo de males, serán recibidos con gran alborozo por parte de quienes, embriagados de amargura, defienden que es la mentalidad del pueblo llano lo que nos ha llevado hasta aquí. En definitiva, que España es una nación maldita.

Claro que una cosa son los datos que arrojan las encuestas, que pueden ser utilizados para certificar determinadas teorías a conveniencia, y otra bien distinta las razones de fondo. Dicho de otra forma: una cosa es el qué y otra el porqué.

Lo malo conocido frente a lo desconocido

De hecho, estas encuestas no demuestran que los españoles opten por un Estado súper intervencionista y protector de manera espontánea, eligiendo libremente y con conocimiento de causa entre opciones diferentes. Para que esto fuera así, deberían haber experimentado otras "realidades" o, al menos, tener un conocimiento exhaustivo y fidedigno de otras alternativas. Pero nada más lejos de la realidad. Desgraciadamente, lo único que los españoles conocen es un modelo de Estado que han asumido en lo fundamental como incuestionable desde la más tierna infancia. Y las alternativas se antojan extrañas, amenazantes y no demasiado halagüeñas. Así pues, mejor lo malo conocido…

Es cierto que hay un componente cultural, es decir, exógeno. El entorno reproduce fielmente determinadas creencias y dogmas, y tiende a penalizar y estigmatizar a quienes disienten, lo cual resulta disuasorio. Pero, para disgusto de los acérrimos defensores de la rancia tradición fatalista española, no hay un componente endógeno; esto es, la mentalidad del pueblo no está condicionada genéticamente y es, pese a todo, reversible. De hecho, los españoles que viven en el extranjero no solo se integran sin dificultad en sociedades menos estatistas o con mucha más libertad para emprender y prosperar individualmente, sino que en no pocos casos terminan prefiriéndolas.

La disuasión

Otra razón que hace que los individuos, en vez de aspirar a una mayor independencia, se decanten por la sumisión hacia el Estado tiene que ver con la relación coste/oportunidad que va aparejada al ejercicio de otras alternativas. Y bastará con hojear numerosos estudios, desde el  Doing Business del Banco Mundial, pasando por el Índice de Libertad Económica del Wall Street Journal, para hacerse una idea de lo penoso que resulta emprender en España. Y cuidado con caer en la trampa. Porque iniciar una actividad económica es relativamente sencillo. El problema está en el día a día: en sobrevivir a medio plazo. De ahí que Soraya Sáenz de Santamaría trate de distraer nuestra mirada del garbanzo aludiendo a lo sencillo que es hoy darse de alta como autónomo o constituir una pequeña empresa, cuando en realidad el infierno comienza justos después de ese prometedor comienzo.

Llegados a este punto, para denunciar esta realidad, en vez de marearle con más gráficos, voy a recurrir a un sencillo post titulado Cuánto tiene que ingresar un autónomo para ganar 938€ al mes, en el que su autora explica, desde su experiencia personal, lo que supone emprender o trabajar por cuenta propia en España. Para lo cual nos ilustra con esta pequeña y sencilla tabla:

A continuación escribe: “Ya que el sistema no crea oportunidades,hace dos años y medio decidí ser yo la que apostara por mí. Y me arriesgué y emprendí. Un poco a ciegas, porque no tenía ni idea del negocio que tenéis montado con mis impuestos. […] Tengo que facturar 2.000 euros para poder ganar 938 limpios, y eso que en mi caso no tengo que pagar local ni gastos de ese tipo. […] reconozco que es agotador”. Y añade: “creo en la mentalidad emprendedora pero el sistema no lo permite”.

Esta es una de las realidades que las encuestas no desvelan: que los españoles son estatistas porque, acaso, es la única salida que se les ofrece. Están, pues, entregados a un Estado, que, como Saturno, devora a sus propios hijos. Un círculo vicioso que ni los viejos ni los nuevos políticos parecen dispuestos a romper, convencidos todos como están de que su éxito dependerá de agradar al gran público alimentando sus debilidades. Ese pragmatismo es lo que convierte a la política en el arte de lo mediocre. Y si algo abunda en esta triste, estatista y desquiciada España es la mediocridad. Hora es ya de probar otras recetas. La gran transformación, la que debe hacernos avanzar en la dirección contraria, sigue pendiente.


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