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El gran expolio de las clases medias

¿Cuándo se jodieron las clases medias? Esta pregunta, que versiona aquella otra puesta en boca del periodista Zavalita por Mario Vargas Llosa (“¿Cuándo se jodió el Perú?”), es la que Javier Castro-Villacañas y Luis Suárez se han propuesto responder en el libro El expolio de las clases medias (Editorial Setella Maris, 2015). A priori puede parecer una tarea excesiva para un libro de reducidas dimensiones (212 páginas). Sin embargo, este ensayo, además de aportar muchas y valiosas pistas para la resolución del enigma, genera un debate que vale su peso en oro. De entrada, sus autores no se andan con remilgos. Y el título no deja lugar a dudas: señala a la víctima para, después, en las páginas interiores, identificar a sus despiadados victimarios (básicamente la clase política y la banca) y enumerar sus fechorías.

El expolio de las clases medias es un libro tan ambicioso como oportuno o, mejor dicho, necesario. Pues, se compartan o no las tesis que mantienen sus autores a lo largo de sus páginas, es de agradecer que se hayan tomado la molestia de escribirlo. Y que, además, lo hayan hecho de manera inteligente, sumergiendo al lector gradualmente en el proceloso mundo del expolio sistemático, con una parte introductoria muy bien trabada en la que primero desarrollan la pregunta “¿Cuándo se jodieron las clases medias?”; después definen el concepto “clase media”, acotándo su origen y devenir histórico con referencias aristotélicas incluidas y, también, menciones a Karl Marx y Max Weber; y finalmente aterrizan en la protagonista indiscutible, la pagana de esta crisis: la clase media española (Capítulo III).

Se trata de una odisea pavorosa, digna de Joseph Conrad, que Javier Castro-Villacañas y Luis Suárez pintan en todo su terrorífico esplendor sin ahorrarse ni una pincelada

Terminada esta parte introductoria, empieza el viaje al corazón de las tinieblas. Expedición en el que se irán desgranado pormenorizadamente las agresiones sufridas, no sólo a lo largo de estos ocho años de crisis, sino desde que se empezó a cebar la bomba. Y por más que sus autores se sirvan de algunos títulos de la filmografía española para retratar los problemas a los que tradicionalmente se ha venido enfrentando la clase media (El pisito, de Marco Ferreri; El verdugo, de Berlanga; La gran familia, de Palacios y Salvia...), el resultado es una odisea pavorosa, digna de Joseph Conrad, que Javier Castro-Villacañas y Luis Suárez pintan en todo su terrorífico esplendor sin ahorrarse una pincelada, y cuya apoteosis es un apéndice de 15 estadísticas que demuestran que las clases medias están en franco retroceso y, si nadie lo remedia, en peligro de extinción.

Son muchos los palos que este ensayo toca, y siempre, o casi siempre, de manera certera, sin confusiones ni líos; sin engolamientos ni pretensiones proféticas. Hay cuatro ejes fundamentales en el desarrollo del libro: la desigualdad entre la clase media y la clase política, cuya máxima expresión es la aplicación discrecional de las leyes; los abusos cometidos por la banca, con la cláusula de redondeo, la ignominiosa cláusula suelo, la estafa de las preferentes y la deuda subordinada; la Hacienda Pública como herramienta para el expolio legal por parte del Estado; y como colofón, los problemas añadidos que han de soportar los emprendedores (que, por supuesto, son clase media), como el estigma de la morosidad, el inaceptable precio del fracaso y la inexistencia de segundas oportunidades. Todos estos horrores y errores tienen cabida en este ensayo y, además, en el orden oportuno, para que el lector pueda construirse una imagen completa del mayor expolio de nuestra historia reciente. 

Sin embargo, si bien no faltan las denuncias pormenorizadas de los abusos cometidos, y tampoco las disecciones hechas con la precisión de un cirujano, el libro, en su parte final, también tiene reflexiones de largo recorrido y sin los habituales encorsetamientos ideológicos. Así, si bien se califica a los populismos como soluciones equivocadas, también se carga las tintas contra los bancos centrales, los organismos internacionales de crédito y todos aquellos entes públicos y privados que han contribuido, según los autores, a que la economía especulativa campe por sus respetos. Y no duelen prendas a la hora de recurrir al fenómeno de la “financialization” (p. 176) para explicar el empobrecimiento masivo, incluso citar a Thomas Piketty (p. 179) cuando es pertinente, aunque no necesariamente se comparta su “doctrina”. Un ejercicio de honestidad intelectual que, además de dejar en buen lugar a los autores, abre el terreno de juego y añade lustre a la obra. Y es que El expolio de las clases medias no es un relato de buenos y malos, sino un catálogo exhaustivo de ineficiencias. Fallos de modelo de los que han abusado políticos y banqueros, porque podían y, además, carecían de los incentivos correctos. Así que, por el mismo precio, también hay moraleja.

En definitiva, El expolio de las clases medias es un ensayo que necesitaba ser escrito. Y, ahora que alguien lo ha hecho, debe ser leído. Una lectura muy recomendable sobre todo si usted, querido lector, no es un banquero avaricioso o un político con ínfulas, y forma parte –o formó parte en el pasado– de esa clase media que, surgida al calor del Desarrollismo de la época franquista, evolucionó a un segmento social más  heterogéneo en que hoy día parasitan ciento y la madre. Y es que las clases medias no son cualquier cosa. Al fin y al cabo, como defienden los autores, antes de la crisis eran un colchon de seguridad contra la conflictividad social, el segmento permeable que permitía tener aspiraciones legítimas y progresar a base de trabajo. ¿Qué ocurrirá si este mecanismo finalmente desaparece?

Quizá el peor enemigo de las clases medias sean precisamente

las clases medias. De hecho, se puede pertenecer a ellas y, sin embargo, defender intereses contrarios a su supervivencia

Para concluir, añadiría que quizá el peor enemigo de las clases medias no sean los políticos y banqueros sino las propiasclases medias. Al fin y al cabo, se puede pertenecer a ellas y, sin embargo, defender intereses letales para su supervivencia. De hecho, todo hay que decirlo, las clases medias han mantenido una relación demasiado sumisa con quienes las han expoliado. Y no sólo por votar recurrentemente a sus verdugos, que también, sino por colaborar con ellos de forma más activa. Me viene a la cabeza, por ejemplo, esos directores de sucursales bancarias (clase media) que persuadieron a sus clientes (clase media también) para que invirtieran en Preferentes, y les ocultaron los riesgos. O esos trabajadores que, desde dentro de las Administraciones Públicas y cuando la crisis estaba en su momento más álgido, defendieron a capa y espada sus privilegios, sabiendo que al hacerlo trasladarían los costes del ajuste casi en su integridad a la otra clase media, la que trabajaba en el sector privado. O todos esos cargos intermedios, colaboradores y asimilados, que desde los partidos políticos o sus inmediaciones, bien sean fundaciones, asociaciones subvencionadas, medios de información y derivados, han servido fielmente a los villanos porque les salía a cuenta. Quizá la respuesta a la pregunta inicial del libro “¿Cuándo se jodieron las clases medias?” tenga también algo que ver con esta lluvia fina de traiciones. Es sólo una idea.

Y es que las clases medias no son un cuerpo uniforme y monolítico, como tal vez pudieron serlo en alguna medida en el pasado. No son carne magra sino entreverada. Sus integrantes se encuentran a un lado y al otro del frente. Son al mismo tiempo amigos y enemigos, colaboracionistas y víctimas. Y éste es uno de los dramas que contribuye y mucho a que su extinción se haya acelerado: su negativa a reconocerse a sí mismas, que sus miembros se inflinjan daño mutuamente a sabiendas y cooperen con quienes las parasitan. Tal vez las clases medias hayan sido víctimas del mismo mal que aqueja a la sociedad española en su conjunto: pensar que el fin justifica los medios, sobre todo cuando el fin nos supone un beneficio. 


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